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Todología con bigote
Hoy podríamos hablar de Venezuela...

… pero antes, permítanme un inciso para hablarles de una nueva ley de seguridad ciudadana, también conocida por su denominación punk, ley mordaza, que convertirá en sospechoso a cualquiera que grabe con una cámara los abusos policiales en una manifestación (por ejemplo). O que, a punto de o tras recibir un golpe de porra de los servidores de la ley y el orden, automáticamente se vea con una multa casi impagable por soltarle un espontáneo y merecido exabrupto al porrero o porrista. Y lo mejor de todo: que en un caso o en el otro el criterio del agente de la autoridad para imponerle dicha sanción (civil y, por lo tanto, fuera de todo proceso debido) es completamente arbitrario.

Permítanme continuar el inciso para comentarles otra ley, la de propiedad intelectual reformada, redactada por gente que desconoce —o no— el funcionamiento de internet, a pedido de medios de comunicación que ignoran —o no— por qué cada vez pierden más lectores, y que obliga a pagar a dichos medios una tasa por enlazarles. No por citarles sobrepasando el derecho de cita, no por copiapegar sus contenidos en otra web pública, no por descargarse sus protegidas obras. Por enlazarlas. Y además la tasa es irrenunciable, lo que quiere decir que hay que pagarla, en lenguaje poético, por los santos cojones de su obersturmbannführer, aunque el autor del contenido le diga que no hace falta, que se lo da gratis. Pero no se le paga a dicho autor, sino a una sociedad gestora en régimen de monopolio, en la que el autor puede estar o no, y si no está, mala suerte, habé pedío muedte. El repetido “o no” se debe a que la aplicación de esa tasa —uno de cuyos principales efectos es el cierre en España del agregador de contenidos más usado, pero eso es otra historia— beneficia principalmente a los medios recaudatorios de ésta, es decir, los más complacientes con el gobierno, y perjudica a aquellos más pequeños y que basan su visibilidad en la distribución de sus contenidos de usuario a usuario, vía buscador y agregadores. Curiosamente, los más críticos con la gestión gubernamental. El segundo impacto es, inmediatamente, el freno a cualquier tipo de tecnología que pretenda crear nuevos agregadores en beneficio de la comunidad. El tercer impacto, la desesperación de miles de trabajadores públicos (entre ellos, asesorías ministeriales, consejeriales y concejariales) que utilizan esos agregadores como herramienta fundamental para sus press-clippings. Es lo que tiene cuando te gobiernan monos con metralletas. Claro que tampoco es nada extraño una vez nos encasquetaron una ley de uso de cookies que resulta, literalmente, imposible de cumplir.

Permítanme seguir, y enseguida acabo, hablándoles de cómo el gobierno afirma que la realidad no es la que usted cree que es, y que con cinco millones de parados España, sin embargo, ya no tiene crisis. O de cómo negocia en secreto tratados que suponen dejar la puerta libre a las grandes empresas para saltarse las leyes nacionales de protección al trabajador y al consumidor. O de cómo mandan recaditos a medios y empresarios para que no se salgan del redil y, si se salen, presionan con éxito para sustituir a sus editores por otros más mansitos. O de cómo su vicepresidenta intenta convencernos de que la economía mejora mientras los que financian su partido se apuntan a restablecer el trabajo como medio de supervivencia en vez de medio de vida o mientras aumentan los desahucios. Y de cómo Oceanía siempre estuvo en guerra con Eurasia y nunca fue de otra manera, ya puestos.

Cierro el inciso. Y ahora voy a hablarles de Venez… vaya, lo siento, se nos acabó el tiempo. Mejor les dejo con una berenjena:

berenjena
Hermosísima, oigan

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