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Todología con bigote
Aniversario

Me llega un correo de Tuiter diciendo que mi cuenta en ese servicio cumple seis años (yo juro que sólo entré a mirar), y eso me ha recordado otro aniversario aún más importante, el de este Cuaderno que ustedes leen ahora mismo. Fíjense si es importante que se me olvida toditos los años, porque El Cuaderno de Otis B. Driftwood, que es como se llama desde un principio, comenzó un cuatro de diciembre del año 2002, cuando apenas llevaba unos meses recorridos de mi primera etapa alemana y tanto el frío como los disgustos me impulsaron a poner barrabasadas por escrito.

Internet entonces no era todo campo, pero casi: aún pagábamos las conexiones por minuto y había que compartir la línea con artilugios tan pintorescos y olvidados hoy como el teléfono fijo. Bueno, no es cierto, ya existía el ADSL a precios de ópera y los afortunados que lo enganchamos nos maravillábamos de ver que páginas como la IMDb se cargaban casi de manera instantánea. Lo que sí era nuevo por entonces era lo de subir tus propios contenidos de forma sencilla. Eso que los mayores ven como un hobby nuevo, escribir cosas que subieran a la red, todavía poblada de silencio y grandes praderas, y meter ruido donde nadie nos escuchara. También éramos precavidos, por lo que pudiera estar vigilándonos, y en lugar de contar nuestra vida y ubicaciones a millares o millones de completos desconocidos —eso que siempre nos negábamos a hacer cuando nos preguntaban en casa que por dónde andábamos—, nos inventamos pseudónimos para poder llegar un pasito más allá del que de ordinario nos habríamos atrevido. También formamos círculos; no de esos que están ahora de moda con las coletas y las gafas redondas, sino de gente que, de repente, se iba contando cosas en una mesa redonda enorme, y uno hacía las sátiras, el otro te explicaba herramientas, aquella de allí te contaba lo nuevo en comunicación y medios y, de repente, un fulano del otro lado del océano te ponía sobre la pista de una base de datos con guiones de cine para imprimir y manosear a gusto. Y como se formaron grupos, se formaron también grupitos, y como suele pasar, cada grupito tenía su némesis en otro, y se montaban discusiones, pullas, riñas, quedadas, tertulias y revoluciones de cafetería.

Llegó la red social, crecimos (poco) y nos multiplicamos (mucho). Comprimimos los textos, ampliamos los círculos, amplificamos el ruido y diluimos su efecto. Ya no estábamos solos, de repente a nuestro alrededor sonaba la orquesta de las calles de al lado. Mejor dicho, todas las avenidas del mundo se convertían en el barrio, en la puerta de tu casa. Hubo que aprender a filtrar, ejercicio en el que todavía estamos, y, tras tanto tiempo de convertir los pensamientos en píldoras prensadas, al final hubo que buscar de nuevo la válvula de escape. Así que desempolvamos el blog y tuvimos que desaprender lo aprendido de la inmediatez y reaprender la pausa, el escribir bajo los efectos de la bebida caliente y la mente fría. A buscar cosas que contar, incluso cuando no las encontramos al primer vistazo y hay que levantar un par de cojines y meter la mano entre los huecos del sofá para encontrar los dos céntimos diarios.

No están todos aquí, claro; aquella primera época del cuaderno, más torpe, más osada y también peor expresada, está a buen recaudo en un par de archivos de texto de los que, de vez en cuando, sale alguna idea que me llegó a satisfacer de veras y que aterriza aquí para tapar huecos. El resto va fluyendo sobre la marcha, aunque a veces, más que fluir, se desatasca.

Pero oye, de una o de otra forma, este cuaderno ha cumplido ya doce años. Y qué mejor forma de celebrarlo que escribiendo.

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