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Todología con bigote
Recuperando: Mermelada de Pera

Sigo recogiendo historias del antiguo blog que tenía por ahí arrumbadas. La que viene en esta ocasión la escribí en el año 2004 y su origen está en una broma recurrente del difunto —snif— Foro Artesonado. Lo cierto es que la releo y me sorprendo de haber sido capaz de escribir algo tan largo que no hable de política.
Pues eso, que a ver si les gusta.


LA ÉPICA, SICALÍPTICA, TERRORÍFICA, HORRORÍSTICA, Y SIN EMBARGO VERÍDICA HISTORIA DE LA MERMELADA DE PERA.

Carrefour de Dos Hermanas (Sevilla), principios del siglo XXI

No podía decirse que fuera una conformista, eso desde luego, pero quizás sí que poseía una cierta tendencia a dejarse llevar por los bandazos de la vida. Al fondo de aquel oscuro estante en la sección de dulces, soportaba estoicamente los golpes de los otros botes de cristal que eran desconsideradamente removidos por los clientes en busca, quizás del tarro menos manoseado. Pero siempre pasaban de largo cuando se acercaban al que la contenía.

De acuerdo, era mermelada de pera, no puede decirse que fuese un manjar de dioses; a decir verdad, ni siquiera sabía qué hacía en el anaquel tras tantísimo tiempo. La Compañía Hortofrutícola-Conservera de Libertonia, en un nada despreciable esfuerzo por mejorar sus exportaciones ya de por sí escasas, se había fundido una pasta gansa en publicidad y campañas de marketing para promocionar el que estaba destinado a ser su producto estrella, principalmente porque la cosecha de peras había sido enorme el año anterior y el mercado andaba saturado, por lo que las consecuencias podían ser desastrosas para el agro patrio si no se daba salida al género con rapidez. Así pues, se decidió ofertar la mermelada como intento desesperado de colocar de nuevo al país en el mapa de primera división dentro del comercio mundial.

Claro, a decir verdad allí había más manzana que pera, porque no había forma humana ni mecánica de gelificar tamaña cantidad de fruta, que como por todos es sabido, es la más complicada de ligar en la fabricación de mermelada, justo por detrás del plátano. “Una fruta mu malahe”, dicen que se había oído exclamar a uno de los empleados de la fábrica, dentro de la rabia propia de tener que trabajar en horas extras no cobradas un domingo por la tarde. Pero la escasa fruta que daba nombre a la etiqueta era consciente de la importancia que tenía en hacer del producto algo creíble por el gran público. Y al principio no fue mal, puesto que al consumidor, que bien estimulado es capaz de comprar anchoas en el desierto y ponérselas en un bocadillo con batido de vainilla al lado, le atrajo poderosamente la novedad y las ventas fueron un éxito sin precedentes, como cada vez que aparece una tontería nueva en el mercado.

Pero las modas pasan, y esta se fue tan rápidamente como vino, el interés se perdió a días vista y el hecho de que Libertonia, superada la crisis agrícola, pasara de cultivar más peras de las necesarias para hacer potitos, fue determinante para interrumpir la producción de algo cuyo propósito realmente no se entendía muy bien. Y los tarros de mermelada de pera, paulatinamente, fueron abandonando los lineales de supermercados, tiendas de ultramarinos, gasolineras y algún que otro Leroy Merlin cuyo encargado confundió los albaranes de compra.

Por eso esta mermelada en concreto no se preocupaba en demasía. El hecho de que hubiese sido capaz de resistir al fondo de la estantería nueve, pasillo doce, de un gran centro comercial, la tenía convencida de que era una superviviente nata. Ninguno de los reponedores que por allí habían pasado tuvo agallas suficientes para deshacerse de tan peculiar bote, si bien es cierto que poco a poco la fueron empujando hasta el fondo, oculta inexorablemente por las consabidas estrellas del show mermeládico, la fresa y la ciruela. Y es que la fecha de caducidad lo ponía bien claro: Noviembre de 2012, con lo que nadie se atrevía a sacar de ahí un producto de tan larga vida, que podía incluso ser valiosísimo para la ciencia alimentaria. Con un poco de suerte, pensó, llegaría a ver por televisión los Juegos Olímpicos, quien sabe si acompañada de un buen pan de telera y un café caliente.

Un día, no obstante, notó más movimiento del habitual. No se extrañó en absoluto, pues ya conocía la mecánica: “Rebajas”, se dijo. Naturalmente, al ser el primer día sufrió como nunca los empellones que su acristalado envoltorio recibía, y trató de convecerse, una vez más, de que debía aguantar estoicamente hasta el final de la jornada. Sobreviviría, ya lo había hecho otras veces. En esos pensamientos estaba embebida cuando de repente sintió que perdía pie y que la luz se desvanecía… entonces, por primera vez, se asustó de verdad. ¿Habría llegado su hora? ¿Qué le esperaba, el reciclaje, la basura… peor, el colegio de las Teresianas? Había rumores de que allí se les usaba para decorar pasteles de zanahoria, y ella odiaba todo lo que tuviera color naranja desde aquella agria discusión con un batallón completo de frascos de melocotón en almíbar sobre si primero fue el azúcar o la pectina. Cuando volvió la claridad, esperaba ver el rojo uniforme del reponedor, tirando de uno de esos carritos con palanca que tan peligrosamente toman las curvas… pero no. Aquello trepidaba demasiado como para ser un pallet. Pronto una sucesión de pitidos en secuencia no uniforme la sacó de su azoramiento: ¡estaba en la caja! Salió de dudas en cuanto se sintió rodar sobre sí misma y pudo ver las rojísimas líneas del lector de códigos de barras. No se molestó en preguntarse ni por el precio: alguien había decidido comprarla, por fin, y no era cuestión de filosofar ahora sobre el valor de uno mísmo como ente existente.

Era una sensación extraña no golpearse contra cristales en el corto tiempo que duró el viaje en coche. Embutida en el hueco libre de una bolsa de plástico, con la etiqueta aplastada frente a un puerro y la curiosa presión de una tarrina de mantequilla (“¿tuliqué?”) sobre su tapadera de metal, la mermelada de pera no tuvo demasiado tiempo de entablar conversación con sus compañeros de viaje. Por otra parte, no parecía que tuvieran demasiadas cosas que contar. El puerro no hacía más que quejarse de la tierra que aún le quedaba en su parte superior, y la tarrina se empeñaba en que acabarían juntos, espalda contra espalda, lo que a la mermelada le pareció una soberana tontería. ¿Dulce contra salado, dónde se habrá visto aquello? Señor, señor, qué juventud. Sólo esperaba con impaciencia que el trayecto fuera corto y por fin le dieran un sitio definitivo, quizás al lado de aquellas chocolatinas tan sugerentes, con sus descaradas letras en relieve, o un paquete de salchichas que se hacía llamar “Frnkfrt” (la mermelada de pera siempre tuvo problemas con las úes cuando éstas venían en grupo) y que no hacía más que despertarle fantasías poco edificantes. Había que comprenderla, eran ya muchos meses al fondo de ese estante… Súbitamente, el vehículo se paró, sintió cómo la bolsa era bruscamente arrastrada, con lo que la presión del puerro se incrementó y pensó que nunca podría deshacerse de ese olor en la etiqueta, suficientemente porosa como para que todo el bote oliera a sopa de cocido al cabo de un rato. Vio cómo de nuevo la levantaban y era suavemente colocada sobre una especie de rejilla en un habitáculo iluminado por una bombilla quizá demasiado penetrante. “No está mal el sitio”, pensó, “un poquito frío, pero debe de ser porque las paredes están casi desnudas, y tampoco es tan incómodo”. Eso sí, las salchichas se habían colocado demasiado lejos de ella como para intentar siquiera una aproximación sigilosa… y por otra parte, todo deseo de sigilo se desvaneció cuando le colocaron a la mantequilla a su lado, que no paraba de hacerle insinuaciones deshonestas, con una verborrea digna de cualquier prócer del siglo pasado, o incluso del antepasado. Del antepasado del prócer, se entiende. De todos modos, poco tiempo tuvo para reflexionar sobre ello, puesto que tras un sordo chirrido la puerta se cerró y la penetrante luz se apagó dando lugar a unas tinieblas que, por otra parte, no habían alejado la sensación de frío. La mermelada de pera no fue capaz de dormir, pensado lo cerca que la mantequilla estaba y que con la luz apagada era firme candidata a que se propasara con ella. Así que se dedicó a contar ovejitas, pero como se aburrió a la que hacía quinientas doce, revisó sus conocimientos de filosofía kantiana para intentar alejar sus temores.

Un nuevo chirrido y la oleada de luz la despertó. Vaya, sí que se había dormido, y ahora parecía que alguien andaba cerca. Vio cómo una mano entraba y agarraba a la tarrina de mantequilla, sacándola del habitáculo; mas la alegría por librarse de ella le duró poco, puesto que apenas unos segundos más tarde la misma mano (o eso le pareció) la asió sin miramientos y la sacó de ahí para ponerla sobre una mesa llena de curiosos colores y olores. Al menos ya no hace tanto frío, dijo para sí, mientras veía como era tomada simultáneamente por ambas manos y retorcida con cierta saña… ¡SPLOTSCH! Una corriente de aire comenzó a soplar desde arriba… ¿aire? Qué curioso, aunque era la primera vez que lo experimentaba, parecía que conocía ese concepto de toda la vida, pero no tuvo tiempo de pararse en ello, pues enseguida sintió algo frío y rígido hendiéndose en su delicada piel, y que comenzó a girar sobre sí mismo, levantando lo que a ella le parecieron olas de tormenta de playa. Nuevamente esa sensación de elevarse sobre el suelo, esta vez sí notó claramente cómo el mundo a su alrededor se volvía del revés, y cómo la gravedad hacía eficazmente su trabajo al caer suave, blandamente, sobre una especie de colchón amarillo que se agarró inmediatamente a ella, casi con furia. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era su despreciada compañera de habitación; sí, era la mantequilla de la que ahora era imposible apartarse, mientras la envolvía lujuriosamente. El salado sabor le resultó un tanto acre al principio, aunque no era tan aberrante como siempre había supuesto. Más bien, se aparecía casi cómodo, como si neutralizara ese exceso de dulzor que, en el fondo, siempre le había molestado un poco aunque la costumbre se lo hubiera hecho olvidar.

Y, en realidad, el sabor de la sal era la menor de sus preocupaciones, dado que el constante vaivén al que se estaba viendo sometida desde hacía un rato no cesaba, ni tenía visos de cesar; rápidamente se vio elevada a más altura de la que ya estaba a duras penas acostumbrada, y, en su azoramiento sólo pudo distinguir una especie de cueva con rocas blancas hacia la que la extraña corriente de arrastre parecía llevarla sin solución. Presa del terror, observó cómo las rocas se cerraban sobre ella y la desgajaban en pequeños fragmentos, mientras que otra roca, ésta más blanda y húmeda, revolvía lo poco que iba quedando de su ser hasta asimilarla completamente a su odiada mantequilla, formando un todo irreconocible que fue adentrándose hacia el fondo de la caverna, que terminaba en un inacabable pozo aparentemente sin fondo, donde el constante choque con sus desagradables paredes no hacía nada por frenar su caída. Un breve respiro ante lo que parecía una especie de puerta-membrana y, de repente, sintió que se hundía en una especie de cálida piscina, en la que empezó a flotar. Comprobó con disgusto que el líquido al que había caído era insufriblemente ácido, mucho más que cualquier cosa que hubiera probado en su vida, ni siquiera entre los durísimos momentos que tuvo que pasar durante su elaboración en la gris fábrica de Libertonia. Lo peor era que ese ácido se introducía por todos sus poros y la estaba quemando por dentro… bueno, a ella y a todo lo que se le había adherido en los terroríficos minutos previos, que ya casi consideraba como parte intrínseca de su ser. ¿Casi? ¡Un momento! ¡Ahora comenzaba a entenderlo! Qué estúpida había sido… el tarro hermético, el frío de su nueva habitación, la mezcla inevitable, la caverna, la caída, la fusión… Ahora comprendía, por fin, que ese era el destino de todas aquellas mermeladas que iban desapareciendo mientras ella se quedaba sin nadie a quien contarle sus desvaríos. Era también su destino, reducirse hasta lo más elemental de su existencia, con un fin que nunca sabría hasta alcanzarlo, si es que para entonces conservaba la conciencia. La certeza de este hecho la sumió en una paz inmensa, en una tranquilidad que sólo era comparable, incluso superior, a la de aquellos interminables días en el lineal del supermercado. Feliz con su nuevo conocimiento, con la percepción de que estaba destinada a metas más trascendentes, decidió envolverse en esa sensación y, simplemente, dejarse hacer por la Naturaleza.

Y repentinamente algo empezó a ir mal. No estaba segura de cómo podía saber esto, pero estaba claro de que algo se había interrumpido en el proceso del que ya era parte. Algo parecido a un bache, un terremoto, un temblor del tejido cósmico (en el sentido de su cosmos cognoscible) que le hizo ser consciente de que algo fallaba en ese cuadro. Otro bache, y dos, y tres… y se vio impulsada hacia arriba con una fuerza irresistible, muy diferente a aquella que sintió cuando la entrada en la caverna o cuando abandonó su hogar. Rápidamente se encontró de nuevo al aire y en caída libre, junto al resto de componentes de su nuevo ser, de los que se sintió disgregada a velocidad de vértigo. Otra vez cayó en líquido, pero esta vez era pura y simple agua, sin sustancia, en todo caso con un ligero olor a amoníaco, pero en cualquier caso no tuvo tiempo de identificarlo puesto que, precedido por un fuerte estruendo, el fluido empezó a girar sobre sí mismo y a arrastrarles al fondo. La mermelada de pera supo, no sólo que había fracasado en su recién descubierta misión en la vida, sino que además no tendría otra oportunidad de llevarla acabo. Aquello era el final, el punto sin retorno… quizá lo que algunos llamaban “la muerte”.

Mientras sus últimos restos desaparecían por esta mucho menos acogedora gruta blanca, sólo fue capaz de oír unas voces, curiosamente las primeras que escuchaba desde su salida del tarro. Lo que no entendió bien fue el significado de las palabras, aunque ya no importaba mucho:

“¿Quién coño le puso canela a la tostada? ¿Es que nadie se acuerda de que soy alérgico?”

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