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Todología con bigote
El libro dormido

Un tema recurrente en mis conversaciones sobre libros con los amigos es la dificultad de leer clásicos durante la época escolar, y cómo choca eso con la obligación de tener que leerlos en las asignaturas de Lengua y Literatura, cosa habitualmente frustrante para el alumno y que, en la mayoría de los casos, los predispone en su rechazo.

Yo considero que he tenido suerte en muchos aspectos: siempre me ha gustado leer, leo desde casi antes de darme cuenta —según mis padres— y, básicamente, me he tragado libros de todo tipo, algunos ciertamente malos y otros que no me conseguían entrar ni a la de tres. En algunos de estos casos, muy raros, no pasaba del primer o segundo capítulo antes de que el libro volviera con furia a la estantería. Me cabreaba, eh, que para mí dejarme un libro sin acabar, o casi sin empezar, me resultaba muy frustrante. También tuve suerte en el colegio y el instituto con los libros que nos mandaron leer. Completo, solamente el Lazarillo de Tormes, que era cortito y divertido. Del Quijote nos dieron unos cuantos fragmentos para escoger dos, leerlos y comentarlos, pero nunca nos obligaron a leerlo entero (y menos mal, porque ya lo había intentado un par de veces y, oh, sí, ése fue uno que acabó de vuelta en el estante). Realmente lo tenía más complicado en casa, porque llegó un momento en que me tuve que poner un método para no estar leyendo siempre Mortadelos y alternar con otras cosas menos líricas. En cualquier caso, siempre quedaban en el tintero —eso que hoy llamamos LA PILA — esos tres o cuatro volúmenes que se me atragantaban con sólo ver la portada. Y no sólo el Quijote, sépanlo, que también había otros como El Señor de los Anillos, que con quince años te miraban raro por no habértelo leído nunca. Y algo tenía que haber, porque aquella versión en cómic que hizo Luis Bermejo era fácil de tragar, pero al coger el mamotreto de Tolkien daba la impresión de que el tebeo, como diría William Goldman, se había quedado con todas las partes buenas.

Tuvieron que pasar varios años y hubo que abandonar la adolescencia para despertar a los libros dormidos. Pasó con el dichoso Quijote, sí. Pasó con los relatos del Padre Brown, no se lo pierdan. Pasó con El Señor de los Anillos. ¡Pasó con Miguel Strogoff, maldita sea, que ni siquiera Julio Verne consiguió que ese libro no durmiera el sueño de los años mozos! Pero despertaron, y siempre de la misma manera: un día, normalmente de verano —más tiempo libre, más calor espantoso, menos ganas de salir a la calle y, en general, de moverte mucho— te levantas con la sensación de que tienes ganas de coger uno de esos libros. Sin pensarlo demasiado, te acercas al mueble del salón, donde el tomo en cuestión te ha mirado y sacado la lengua durante tanto tiempo, lo coges, lo abres… y ya no eres capaz de soltarlo hasta acabarlo. Y te da rabia tener que interrumpir la lectura para actividades insulsas como comer o dormir, y cuando la acabas quieres más del mismo autor, como me pasó con Chesterton —esto no pasa siempre, es verdad—. Y te preguntas: ¿cómo tardé tantísimo en leer esta maravilla? Y es bien simple, el libro estaba sólo dormido, pero quien tiene que despertar es el lector. Y no sirve de nada zarandearlo antes de tiempo.

En alguna ocasión excepcional ocurre que el libro vuelve a dormirse y una segunda lectura, bastante después del primer despertar, ya no resulta tan excitante, ni tan maravillosa, ni siquiera tan entretenida… pero esa es otra historia, mucho menos bonita que la anterior.

¿Tienen ustedes algún libro dormido?

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