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Todología con bigote
BanQUIÁ

Cajamadrid era una joya de la Corona: una caja consolidada, fuerte, extendida por todo el país, atractora de depositantes, omnipresente en eventos culturales… Más o menos sabíamos que detrás tenía a una panda de políticos indeseables a los que realmente les aprovechaba mucho controlarla, pero poniéndonos de perfil procurábamos obviar este hecho. Luego llegaron las peleas entre familias (todas del mismo partido, claro) por poner al frente a uno de “los suyos”: que si el amigo de Aznar, que si el niño bonito de Aguirre… al final se llegó a una solución salomónica y colocaron en la presidencia al tipo que había salido escopetado del FMI, aparentemente dejándolo hecho unos zorros. Pero no pasa nada, en el fondo nos habíamos quedado tranquilos de que Aguirre no se saliera con la suya y, eh, ¿qué daño podía hacer el másmejónministrodeconomíadetodoslostiemposylugares? ¡Todo controlado!

El resto de la historia también es conocido: de repente, a Cajamadrid la “obligan” a fusionarse con otras cajas, menos fuertes, menos consolidadas, menos extendidas, pero todas ruinosas o en ciernes de serlo. Al conjunto, rescate mediante —y pagado por todos—, lo transforman en banco, le dan un nombre no demasiado imaginativo y arrancan una agresiva campaña intentando vender acciones al precio que sea. El másmejónministro vuelve a salir escopetado y se refugia en casa de sus amigos telefónicos. El que nombran detrás empieza a rascar y saca mierda. Luego resulta que del Banco de España se ponen a rascar más aún —no motu proprio, sino porque también empiezan a hurgar jueces y abogados en aquello que huele— y descubren el pozo ciego, y en este caso lo de pozo es cierto, porque aquello se está comiendo dinero a espuertas y, de paso, llevándose el de unos cuantos ahorradores a los que se engaña con productos de dudosa ética y más dudosa rentabilidad. Y claro, pasa como cuando empiezas a sacar roña del teclado con un palillo, que en el momento en que ves la primera pelusa ya no puedes parar y arrascas hasta que le sale sangre al plástico.

De ahí pasamos a las noticias de hoy: que si se maquillaron las cuentas antes —lo sabíamos— y después de la nacionalización —lo sospechábamos—, que se emplearon empresas “amigas” para proporcionar un valor artificial en bolsa al banco, que si sus mandatarios eran unos jetas de manifiesta inutilidad, que si las auditorías se hicieron con plastidecores… lo de las tarjetas black al final no era más que una pachanga: de la roña del teclado hemos pasado al ventilador incrustado de polvo y suciedad. Y resulta que cada técnico bien pagado para arreglar la cosa la estaba dejando cada vez con más abolladuras.

¿Fallaron a la vez todos los mecanismos de control, como afirma algún titular que acabo de ver? Ni de coña. Es imposible que en un edificio tan gordo se incendien tantos pisos y que nadie huela a quemado. En realidad, es bastante improbable que hubiese algún mecanismo de control serio. O podría ser mucho peor: que sí los hubiera y se decidiera políticamente “pasar” de utilizarlos, porque estaba claro lo que irían a encontrarse y había muchas cabezas coronadas en juego.

La pregunta es si, sabiendo ahora todo esto (o, más bien, confirmándolo), habrá algún tipo de responsabilidad. Porque los culpables de todo esto siguen en la calle, bien abrigaditos.

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