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Todología con bigote
Un rayito de sol justiciero

El sistema político español sigue sustentándose parcialmente en el caciquismo. Cuando oímos esta palabra se nos suelen venir dos variantes del concepto a la cabeza: por un lado, el caciquismo latifundista andaluz, que suele obrar desde los señoritos aristócratas hacia la plebe por capataces interpuestos en forma de alcaldes o diputados provinciales; por el otro, el caciquismo minifundista gallego, donde las diputaciones tienen mucho más poder y las familias se distribuyen el terreno político respetando, dentro de lo que cabe, las fronteras. También aquí las lindes son importantes.

Sin embargo, a poco que nos fijemos, nos daremos cuenta de que esta manera de entender la política es propia también de otras muchas partes de la Península y también de las islas. No se suelen englobar en el concepto de caciques, pero lo cierto es que existe el caciquismo extremeño, el caciquismo castellano (nuevo y viejo), el caciquismo catalán (cuyos representantes se autodenominan “burguesía”), el caciquismo canario, individualizado para cada una de sus islas o el balear, mucho más centralizado, y, cómo no, los caciquismos madrileño y valenciano. Este último sí que se ha puesto de moda en los medios desde hace algunos años, conforme los diversos escándalos y corruptelas han traspasado los límites de la Comunitat y se han hecho visibles para el resto de la Iberia hispana. En buena medida han sido los detonantes de un estado de ánimo cada vez más consolidado, desde el que la sensación de podredumbre generalizada se ha vuelto palpable y pegajosa. Y así, habiendo tantos sitios donde escoger, ha sido el Levante quien ha tomado su lugar en la Historia como paradigma de la corrupción española. Y no es porque no viniera de lejos, que ya con las formas que emplearon para alcanzar ayuntamientos importantes o incluso la Comunidad Autónoma se podía hacer uno a la idea de por dónde iban a ir los tiros. Ni siquiera por el hecho de que el presidente de su diputación más al norte fuese el continuador de una dinastía que se remonta al siglo XIX, en la que sus miembros siempre han procurado arrimarse al árbol correcto para mantener sin cortapisas su dominio. A fin de cuentas, una diputación es más sencilla de conservar una vez se tiene, si se sabe cuándo hacer favores y, sobre todo, cuándo cobrarlos; pues no requiere más que indirectamente de las urnas y, pasado el veredicto de éstas, basta con ir tirando de los hilos que ya estaban atados en las legislaturas anteriores.

Una vez se teje la red clientelar (que posee nodos de todos los colores e incluso ideologías), romperla es dificilísimo. La presión que ejerce sobre los que están dentro la vuelve suficientemente compacta vista desde fuera. Y, si se quiere quebrar, es necesaria una labor constante e insistente, que no siempre llega a buen puerto porque el cacique enviará a todos sus barcos para hundir a los asaltantes. Adonde no llega un político, llegará un policía. Donde el policía ya no se atreva, se mandará a un juez. Y si el juez acaba saliendo “rana”, ya se buscará la forma de hacer que se aburra o que se acojone, para que acabe largándose en busca de pastos mejores o menos peligrosos. El partido dejará al cacique en paz mientras le entregue sus votos en las generales y contenga a las huestes el resto del tiempo para que no quieran desparramarse hasta Madrid a buscar fortuna. Y así se logran los períodos de calma chicha, en los que todo parece que va bien desde la fachada, mientras que el gorgojo se va comiendo el edificio por dentro.

A veces hay suerte: en algún momento algo se quiebra y, entonces, todo empieza a desmoronarse poco a poco. Puede tardar seis meses, pero lo normal es que sean necesarias varias décadas. En la Comunitat esa grieta se produce cuando sientan a su presidente en el banquillo por un asunto aparentemente nimio, pero que acabó resultando la viva imagen de un país corrupto. El presidente salió —¿inexplicablemente?— absuelto, pero para entonces ya estaba políticamente muerto, sus seguidores, antaño bichillos inquietos que se arrastraban aduladores a sus pies, se trocaron en alimañas ansiosas de arramblar con los despojos que dejaba el dimitido. Fue una especie de afán acaparador ante la seguridad de que vendrían las vacas flacas. Pues la grieta ya se ensanchaba y la foto no dejaba lugar a dudas: a pesar de la absolución, se podía sentar a un baranda en el banquillo. Con algo más de habilidad, incluso condenarlo. Lo principal es que se podía intentar, por encima de gorilas, curas, togados a sueldo. Y que había que intentarlo.

Y así, dando un salto en el tiempo, llegamos a la condena a Carlos Fabra, otrora todopoderoso y dinástico presidente de la Diputación de Castellón, que acaba de entrar en la cárcel. No sé yo si es exactamente una victoria, ni de quién, puesto que Fabra ya estaba fuera del cargo; ni siquiera había podido cedérselo a su hija, que es lo que se auguraba que pasaría. Además, los delitos por los que entra son fiscales y no tienen que ver con corrupción o tráfico de influencias, que también se juzgaban pero de los que el tribunal consideró que no había suficientes pruebas. El gobierno le negó el indulto (con lo que Rajoy se quita otro muerto de encima) y aún está pendiente de una decisión del TC para ver si su condena es firme o no, aunque mientras se resuelve ha de permanecer en prisión, donde deberá pasar un mínimo de tres años si el tribunal no decide en su favor. Aún así no sería descartable un indulto posterior, una salida por motivos de salud o edad, o cualquier otra triquiñuela que lo mantenga poco tiempo entre rejas. Pero, como en el caso de el curita Camps, lo importante es la grieta: si Carlos Fabra cayó, puede caer el resto; basta con que haya un puñado de jueces más valientes, más íntegros y, sobre todo, más cabezones que los demás. Es posible que el resto de caciques, en todos los estratos, estén ya cayendo en la cuenta de lo que acaba de pasar. Lo que explicaría muy bien por qué saquean ahora con mucha más ansia de lo habitual.

No soy optimista, en absoluto; pero hoy, con su permiso, me voy a calentar en ese rayito de sol que se ha colado por la penumbra de España.

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