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Todología con bigote
Contra la tercera dimensión

Tendría yo unos ocho años cuando mi padre nos llevó al Hipercor de Sevilla, que me parece que entonces era el único que había, donde habían montado una cosa llamada “Hiperlandia”, precursora del coñazo de Cortilandia en las navidades. En este caso era en primavera y la verdad es que no lo tenían nada mal puesto: habían construido en cartón piedra una especie de decorado al estilo del antiguo Egipto y se habían traído camellos y todo. Pero también, en eso de tirar la casa por la ventana, les había dado por vestir a gente de personajes de los tebeos, supuestamente para animar a los críos como si aquello fuera una disneylandia cañí. Pero a alguien se le debió de ir la mano con la idea, porque el resultado fue ver a unos supuestos Mortadelo y Filemón del tamaño de bestias pardas, cabezones y con caras que parecían salidas de una pesadilla de Magritte petao de judías con oreja. Lo peor es que aquellos mixomatosos se te acercaban intentando hacerse los simpáticos y tú ya no sabías detrás de qué columna de cartón esconderte.

— ¡Pero si es Mortadelo!
— ¡Qué va a ser Mortadelo!

Que no lo era, copón. ¿Qué hacía ahí un Mortadelo de gomaespuma, de ese calibre, con esa jeta que no tenía nada que ver con las viñetas de “Concurso-oposición”? ¿Por qué no habían hecho un Mortadelo que se pareciera ALGO?

El problema estaba en la tercera dimensión, claro. Yo no me daba cuenta entonces, pero hay personajes que nacieron para tener dos dimensiones y no salirse jamás del papel o de la pantalla. Los “moñecos”, los machanguitos que les dicen en Canarias, las “caricaturas” como las nombran en México, los tebeos, los dibujos animados, los trazos concéntricos que indican que un personaje se está moviendo, asesta un cachiporrazo o suelta un alarido (o un rebuzno) acompañado de jeroglíficas onomatopeyas… todo eso tiene dos dimensiones y ni una más, ni siquiera cuando los ordenadores generan la ilusión de una tercera que, de todos modos, nunca se llega a levantar de la página ni atraviesa el cristal líquido para posarse en nuestro sofá. En el caso de Mortadelo y Filemón, los intentos que ha habido para darles forma terrena, sea en celebraciones de centros comerciales o en una película de alto presupuesto, han resultado espantosos. No sólo por los guiones, que de eso cualquier día hablamos —y mal—, sino porque la estética conseguida ni se aproxima a la personalidad o la expresividad de los dibujos ibañezcos. Que si el objetivo era ese, a mal puerto llegó; y si no lo era, ¿a santo de qué hacerlo?

Hablo de estos dos porque son los del trauma, ya. Pero hay otros casos, cruzando el charco sin ir más lejos (¿más lejos quieren ir, exageraos?). Las adaptaciones —esta vez con CGI en vez de disfraces rellenos— de tebeos igualmente clásicos, en las que se decide añadir también la profundidad a lo que siempre fueron dibujos de dos dimensiones, acaban con unos personajes que tendrán su aquel, o no, pero que nunca llegan a lo que nos podemos encontrar en sus originales de tinta y colores. Que Garfield, por muy lograda que tenga la panza, terminaba pareciéndose a cualquier gato de cualquier video de YouTube y no al de las tiras de Jim Davis. Y no me hagan entrar en lo que han hecho con los pitufos, que saco la dragunov…

La realidad, creo, es que ya hemos pasado ese punto en el que la tecnología nos ha dejado atrás a los amantes del bidimensionalismo, todos ya con una edad, y lo cierto es que los chavales disfrutan con todos esos machangos de bytes y huesos, con barriga y espaldas y completa ausencia de trazos de movimiento y de onomatopeyas floridas. Ahí están llenando los cines o pegados al ordenador o la tele, para que no quepa duda, cada vez que estrenan o reponen estas nuevas visiones —iba a decir versiones, pero son más que eso— del tebeo que se les queda escaso. Y llegará un momento en que Mortadelo y Filemón sean verdaderamente narigudos, o que los pitufos pasen de “pequeños seres simpáticos y alegres” a destructiva tribu urbana, o que Woody y Buzz, Shrek o la familia de Los Increíbles se conviertan en el paradigma, en la idea de tebeo de esta generación —¿lo son ya, quizá?— y dentro de algunos años, con otra tecnología, otra representación, los niños y niñas que ya crecieron y recuerdan no conciban otra cosa que las tres dimensiones de sus héroes de papel —bien, de pantalla— y encuentren extraño que antes los “moñecos” no pareciesen tan palpables.

Pero a mí, con la edad que ya tengo, déjenme mis dos dimensiones, mis personajes sin voz y mis mamporros en letras mayúsculas. Me vuelvo a mis tebeos, buenas noches.

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