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Todología con bigote
Neuschwanstein (Noi-shvánsh-tain)

A mí me gustaría contarles que en esta época del año lugares como el castillo de Neuschwanstein disfrutan de una bien ganada paz ambiental tras varios meses de trasiego continuo y abarrotado de turistas. Y que a mediados de noviembre uno puede disfrutar, casi místicamente, de la majestuosa naturaleza que rodea a la construcción decimonónica.

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Por desgracia, eso no es así; pues en otoño, como en verano y primavera, Neuschwanstein se puebla de visitantes de todo el mundo que desean ver con sus propios ojos ese Exin Castillos a tamaño natural incrustado en mitad de la montaña, entre cuatro barrancos de considerable caída. Es lo que tienen las atracciones, que atraen con fuerza y funcionan como agujero negro que absorbe a cualquiera que porte una cámara y se encuentre suficientemente cerca. Es una manera, por ejemplo, de mantener estable la población mundial de japoneses.

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Sin embargo, y aun sin gozar del precioso don del silencio, sí que el ambiente está un poco más tranquilo. A fin de cuentas ya ha pasado la época gloriosa de principios del otoño, los fabulosos tonos rojizos y amarillos se han desplomado al suelo hace semanas y, aunque los bosques no pierden su frondosidad, lo que queda es lo perenne, verde y frío como el invierno al que anticipan. Aun con el día tan despejado y la temperatura suave, el azul del cielo es pálido y el sol juega al escondite contigo dependiendo de en qué lado de la montaña te encuentres.

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La subida al castillo, anticipada ya por la hipnótica vista desde el aparcamiento al pie de la ladera, es en cierto modo seguir el camino de baldosas amarillas. No hay aventuras de ningún tipo, la ruta está bien asfaltada y cuidada y los coches de caballos que portan a los turistas más comodones, menos capaces o, sencillamente, locos por vivirlo todo, pasan a tu lado con despiadada indiferencia. Aunque es una carretera empinada que, a ratos, te puede dejar sin aliento, antes de que pueda uno quejarse de la altura surgen las torres de entre los árboles y, luego, todo lo demás. Como si fuera el juguete de un niño gigante, el castillo aparece tan espectacular como irreal, casi de atrezzo. Poco importa, porque la ilusión pervive y uno comprende rápidamente la pasión de aquel rey loco, que tan loco no estaba, por devolver la rotundidad medieval a las murallas de sus palacios. El patio de la entrada y su primera plataforma pueden verse tranquilamente, pero conviene pararse mucho más rato en los dos impresionantes miradores que ofrecen, por un lado, una ruidosa cascada de agua hacia un pozo de rocas aparentemente sin fondo y, por el otro, la indescriptible vista del valle de la Algovia del Este (Ostallgäu), con sus colinas, tachuelillas de nada, al fondo y los lagos de los Alpes (Alpsee) y de los Cisnes (Schwansee), ahora a nuestros pies. Muy abajo de nuestros pies, en realidad.

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Dejamos al castillo tranquilo, con sus japoneses de plantilla y su excursión de adolescentes italianos con vocación de cabras (montesas), y lo rodeamos por la derecha para subir hasta la garganta del Pöllat1, una hendidura que se abre a noventa metros sobre el río y desde cuyo puente se observa la que es quizá la vista más famosa del castillo de Neuschwanstein. Obviamente, es el lugar más poblado de la zona, aunque sus habitantes sólo lo sean por unos minutos, y hasta los vértigos más recalcitrantes se hacen a un lado ante la contemplación de la obra humana y la de la Naturaleza cogidas de la mano. A pesar del ruido de las cámaras, el estruendo del arroyo y los graznidos constantes de los cuervos, y a pesar de la nada tranquilizadora marabunta que recorre el puente de extremo a extremo, haciendo bailar las tablas del piso, siempre termina uno perdiéndose en esa visión, imposible de captar en una foto exactamente como uno la presencia. No es el final de la excursión, pero sin duda es su cénit.

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Toca bajar de nuevo, dar un último vistazo (y otra docena de fotos) al castillo desde todos los ángulos posibles, y continuar el descenso hacia el poblado turista mientras mentalmente se planean futuros viajes para comprobar qué hay en las numerosas bifurcaciones que la ruta nos ofrece. Echamos un breve pero intenso vistazo al lago de los Alpes, que nos regala como despedida una de sus mejores tardes de otoño. Y de nuevo nos echamos a la carretera, esta vez de vuelta a la ruidosa y prosaica civilización, atravesando esas colinas y valles que veíamos desde la muralla del rey Luis y que, si a la ida nos parecían pintorescas y típicas, en la ruta de vuelta se nos hacen envidiablemente cálidas.

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(Más fotos aquí)


1 La Garganta del Pöllat, o Pöllatschlucht, toma su nombre del arroyo así llamado, que proviene de la palabra celta Bellat, que significa —aproximadamente— “arroyo estruendoso”, y… ¡dejen de reírse, coño!

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