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Todología con bigote
¿El principio, por fin?

Pasé ocho años en un colegio “de curas” (concertado, sí) que no era especialmente meapilas, en el sentido de que estaba en la media del gremio, pero no por encima. Tenía un profesor en la EGB que estudió interno en otro colegio de la misma congregación, a finales de los años cincuenta. De vez en cuando nos contaba batallitas de cuando los curas les cascaban a porrazo limpio por cosas como salirte de la fila de clase para beber agua u olvidarte de comulgar al asistir a misa (obligatoria, por supuesto). Eran los años de apogeo del nacionalcatolicismo y los desmanes asotanados recibían apoyo claro tanto de las familias de los niños como del Estado que los mantenía1. Todo fuera por la gloria eterna del caudillo, ya saben.

Pongo esto de fondo porque la que me parece noticia de la semana, muy por encima de la finada duquesa (qué bien viene un fiambre para según qué cosas) ha pasado un poco de puntillas. No diré que desaparecida, porque la he llegado a ver en portada de medios digitales de gran difusión, pero sí que la han sacado del proscenio con bastante rapidez. Me refiero, claro está, a la investigación de los presuntos abusos a niños por parte de sacerdotes de la diócesis de Granada.

¿Por qué me parece tan importante? Porque si no me falla la memoria es la primera vez que se investigan este tipo de delitos relacionándolos directamente con la iglesia católica española, que hasta ahora se había puesto muy de perfil a la hora de hurgar en sus trapos sucios en general y en los de abusos en particular. Durante los últimos años hemos asistido a una cadena de denuncias y juicios en distintos países europeos a miembros de dicha iglesia por delitos similares. Niños que pasaron por ese horror hace muchos años y que sólo ahora encuentran en la Justicia una respuesta a su dolor, porque durante todo ese tiempo sintieron vergüenza de confesarlo o, en caso de hacerlo, fueron miserablemente ignorados.

La Justicia en Europa se ha puesto las pilas e incluso en países tan católicos como Irlanda han surgido casos similares que ahora se encuentran bajo la acción judicial, como también hemos visto que ha pasado en Alemania o Bélgica. Pero hay una excepción notable: precisamente España. El país europeo católico por antonomasia, la nación que vivió cuarenta años bajo una dictadura fuertemente impregnada e influida por los apostólicos romanos2, en la que los curas gozaban tanto de poder como de impunidad, apenas ha empezado a escarbar en las consecuencias de dejar la educación en las manos de tal oligarquía. Y ya es raro, no me digan que no, que en pleno apogeo de las investigaciones sobre abusos no haya surgido un solo caso de aquellos en el Estado donde las sotanas mandaban casi tanto como los uniformes caqui o los tricornios. Y que desde la Administración se hayan hecho más esfuerzos por apedrear al que buscaba que por darle facilidades.

El caso del que hablamos ahora es “moderno” e incluso se intenta desviar el tiro agrupando a los curas presuntamente pederastas en una secta propia, como si eso fuera a distraer su pertenencia a la más antigua, más intrigante y menos castigada institución occidental que existe. En general es imposible mantener el statu quo durante tantos años como afirman las denuncias sin que los presuntos tuvieran un paraguas encima protegiéndolos del jarreo que debería caerles en un juicio. Por eso, si las cosas se hacen bien y los hechos se prueban ciertos, el tornado que puede venírsele encima a la iglesia católica es considerable, y eso es algo que la Conferencia española querría evitar a toda costa, con seguridad.

Porque claro, si esto sale bien sería sólo el comienzo. A partir de ahí se podría empezar a escarbar más atrás en el tiempo para documentar fehacientemente y, en su caso, juzgar, hechos similares en las décadas pasadas, las del nacionalcatolicismo sin fisuras, las de los curas y monjas agresivos y agresores que siempre nos cuentan en las batallitas pero nunca delante de un juez; en muchas ocasiones porque el juez no quiso escuchar. O nos encontraríamos más detalles y puede que más culpables en otros sucesos de diferente naturaleza, como los casos de bebés robados, tratados con sordina por la jerarquía eclesiástica desde el momento en que “los suyos” se vieron implicados con nombres y apellidos. O, ya apuntando más alto, empezaríamos a evaluar de verdad la responsabilidad de estos golpepechistas en el asentamiento y consagración de la dictadura; de la española y de tantas otras.

Y por eso la noticia me parece tan importante. Porque en algún momento había que hacerlo y ese momento, aunque se empeñen en contárnoslo en voz baja, parece que por fin ha llegado. Amén.


1 Este profesor, mismamente, era profundamente devoto a pesar de los golpes recibidos. Cosas veredes.

2 Y casi otros tantos sufriendo los efectos de ésta, pero esa es otra historia más larga.

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