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Todología con bigote
El gran circo cayetánico

La duquesa está en las últimas y ya está montado el gran carnaval frente al palacio de las Dueñas en Sevilla. Ya están los plumillas preparados para dar las últimas horas y entrevistar a las plañideras de guardia, los fotógrafos con el teleobjetivo en ristre, los tertulianos con la nariz afilada para convencernos de que los parásitos somos los demás y los diarios monarquistas con las portadas frescas y pimpantes, las necrológicas actualizadas y a sus columñazos de plantilla registrando la Espasa para encontrar el elogio más original y floreado.

En realidad todo esto es parte del folklore ibérico: si hay algo que le gusta a la gente más que un muerto es un moribundo, que tiene el aliciente de la expectación y además te da tiempo a componer el rostro y las palabras justas en caso de que te golpee la almohadilla de un micrófono en la boca. Y en Sevilla, que de todo hace un espectáculo, despedirse de uno de sus personajes tópicos viene a ser la fiesta mediana que se abre camino entre sus mayores de la Semana Santa y la Feria de Abril. Quizá por eso su festividad local está basada (o estaba) en la exhibición al público de la momia “incorrupta” de un rey santificado. Hay siempre un regocijo interno en ese sevillano que se prepara para mostrar su faceta más solemne y dolorida, y una ocasión como ésta se da pocas veces en la vida. De hecho, dado que el heredero del título será hombre, con seguridad no despertará tal fervor en la muy noble y muy leal, más dispuesta a adorar a la corriente femenina de sus ídolos.

Por ello no me preocupa demasiado que ahora vengan unos días donde los medios nos dejen exhaustos sobre lo buena que ha sido, lo bien que ha vivido, lo cercana que era y lo que la quería el pueblo. Son las mismas atracciones del mismo circo que alimenta periódicamente las diversiones del pueblo, suaviza la imagen de una familia de zánganos y genera beneficio a los juglares modernos. Pero, como todas las diversiones, tiene alcance y duración limitados; una vez disuelto en el aire el olor del incienso, la plebe buscará otro fetiche, otra duquesa de barro a la que poder reírle las gracias. O quizá, de una vez, aparte de delante de sus ojos las velas y guirnaldas y empiece a preguntarse quiénes son esos individuos que llevan siglos vistiendo sus palacios con el sudor ajeno.

Puede que a partir de entonces la única duquesa de Alba que reciba pleitesía sea aquella que, desnuda o vestida, se dejaba pintar por Francisco de Goya.

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