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Todología con bigote
Recuperando: Tractatus de la lectura en el baño

En aquel proyecto de hace casi diez años llamado El Florido Byte publiqué este texto en dos partes sobre las ventajas y bondades de la lectura en el baño. Pensaba que ya lo tenía subido al Cuaderno, pero resulta que no, y por no dejar que se pierda (pues El Florido sigue vivo aunque catatónico) he decidido incluirlo entre las notas de este año, aprovechando que los viernes anda esto más tranquilo.

En este caso he subido ambas partes como un único texto y, como siempre, cuelga la promesa de una tercera que puede que ocurra y puede que no. Mientras tanto, espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo. Además, ahora con las tablets también pueden leerlo en su sitio correcto. Por supuesto.


Posiblemente el cuarto de baño y el asiento del Metro sean los lugares donde más se difunde la cultura, muy por encima de colegios, bibliotecas o incluso librerías. Tanto el momento como el lugar son los más apropiados para ello, al desarrollarse en ellos actividades básicamente pasivas y en las que el individuo poco o nada puede aportar, salvo dejando trabajar en un caso a la Naturaleza y en el otro a la empresa municipal de transportes correspondiente. Dado que en España sólo existe Metro en contadísimas localidades, habrá que asumir que en el conjunto del país es el excusado el sitio preferente para el enriquecimiento intelectual de la persona.

Hay quien dice que eso de leer en el baño está mal visto, que es una costumbre que nos hace menos europeos, que queda poco elegante dejar periódicos o revistas en el aseo y otras barbaridades por el estilo. Sobre quien tales cosas afirma podríamos decir sin miedo a equivocarnos que, o bien no ha leído en su vida (más allá de “Mi Primera Cartilla” y porque era obligatorio), o bien ha alcanzado ese punto de esnobismo por el cuál es incapaz de reconocer que por sus intestinos sale lo mismo que por los de los demás; en cualquier caso, un sinsustancia. Pues no hay ocupación más serena ni más productiva que el hecho de sustituir el elemento material que devolvemos a mamá Natura por otro de tipo intelectual, etéreo si se prefiere, que nos enriquece mucho más aunque luego pueda ser causante… de otro tipo de diarreas. La lectura en el baño, junto con sacarse las pelusillas del ombligo y gritar “¡Gol!” a pleno pulmón aunque no nos guste el fútbol, es una de esas tareas que producen una satisfacción tan honda que es imposible de describir en estas breves líneas.

Ahora bien, no todo elemento de lectura es apropiado ni adecuado para su uso y disfrute en el lugar más íntimo de la casa. Debe reunir una serie de condiciones, necesarias aunque no suficientes, si se desea que el disfrute del mismo no se vea empañado por las indudables dificultades que al sitio son intrínsecas, dado que si ello ocurre, ninguna de las dos actividades que se realizan al mismo tiempo (en un asombroso ejemplo que demuestra que el ser humano sí es multitarea en no pocas ocasiones) ocurrirán con el éxito y la relajación esperada. Es más, hay una alta probabilidad de que ambas se salden con un fracaso total y tengamos que repetir la visita en el momento menos oportuno. Como toda tarea que suponga la interacción de los elementos humanos con los mundanos, requiere una serie de premisas que nos permitan alcanzar la conclusión correcta, esto es, el alivio físico y espiritual. Veamos cuáles son.

Sección I: Atributos Físicos
Para definir concretamente qué necesita un papel impreso para convertirse con todas las de la ley en lectura de baño, sin tapujos y sin cortapisas, hay que tener en cuenta dos líneas de investigación diferentes y paralelas, a saber: la puramente física (respecto al continente) y la esencialmente contemplativa (respecto al contenido). Cómo se entrelazan ambas en determinados puntos es algo que veremos a lo largo de este ensayo. Comencemos por la primera de ellas, pues.

Dentro de lo físico, qué duda cabe, se encuentra el problema principal: el tamaño. El espacio disponible durante el acto determina, inevitablemente, la talla del artilugio de lectura que deberá acompañarnos en nuestro instructivo a la par que relajante quehacer. En general, debe ser suficiente para poder apoyarlo en nuestras rodillas y sostenerlo con una sola mano en los momentos más críticos de la labor (fundamentalmente su principio y su final), pero no tan grande como para que resbale sobre ellas o se curve hacia los laterales, dificultando tanto su lectura como su manejo. De aquí podemos inmediatamente extraer la primera conclusión de este tratado: quedan totalmente prohibidos los periódicos de ninguna especie. Estos enemigos del desarrollo cultural son especialmente desaconsejables en aseos de pequeño tamaño, pues requieren en la mayoría de los casos ocupar el espacio donde deben reposar los pies justo en esos momentos críticos mencionados arriba.
Por la misma razón, aunque no de forma tan tajante, se deben descartar las revistas, incluidas las del corazón y los suplementos dominicales, cuyo tamaño supere en más de un diez por ciento las medidas 210×297mm (DIN A4 estándar), salvo que sus portadas posean una densidad de al menos 110 g/m3 que permitan evitar la curvatura descrita. Estas restricciones dejan un razonable margen de maniobra al lector compulsivo, y permiten la inclusión dentro de las lecturas normalizadas de productos tales como tebeos u hojas parroquiales.
Así como existen restricciones sobre el tamaño máximo, también las hay respecto del tamaño mínimo, pues nuestro ítem de esparcimiento no debe ser arbitrariamente pequeño dado que, nuevamente en los estadios críticos de tan delicada operación, impediría la correcta apertura en una posición fija (apretando o sin apretar el centro de gravedad del medio impreso) durante esos imprescindibles segundos. Nuestra sugerencia en este sentido sería tomar como valores normalizados, por este orden, el Teleprograma y el Selecciones del Reader’s Digest.

En cuanto a la calidad del papel, y salvo las observaciones hechas arriba sobre la densidad mínima de las cubiertas, no existen requerimientos especiales, aunque (eso sí) se recomienda que sea moderadamente resistente al agua y no se agujeree ante la primera salpicadura, teniendo en cuenta esta eventualidad como altamente probable.

Para terminar con este apartado, es importante recordar que la inclusión de determinados elementos opcionales proveerá al lector de un mayor disfrute de la lectura, así como de una actitud más relajada cuando se acerque su –inevitable, por otra parte- finalización. Dentro de los accesorios recomendados se encuentran las solapas externas (mejor si son de sobrecubierta en papel normal satinado y no de cartulina), las cintas de punto de lectura (no confundir con el punto de arroz), los señaladores de metal (por su mayor peso respecto de los de cartón) o, en caso extremo, una tira de papel de tamaño adecuado que aleje la inmediata preocupación de tener que recordar el punto de interrupción lectora. El papel higiénico (sin usar) puede servir como solución de urgencia, pero por motivos estéticos y de discreción debe ser retirado a la primera oportunidad que se tenga.

Sección II: Contenido.
Una vez resuelta la cuestión geométrica, es tan importante o más saber escoger el contenido o motivo de la lectura que llevaremos al servicio. Dado que, de acuerdo con el refrán popular, el libro de los gustos está en blanco (y, por tanto, se desaconseja totalmente como lectura de baño), no nos detendremos en la calidad del texto “per se”, pues la disquisición metafísica que seguiría ha de ser demasiado larga y difusa como para incluirla dentro del presente tratado. En cambio, nos interesa mucho más la distribución del susodicho contenido a lo largo de las páginas de su soporte.

Partimos de la base de que la mayoría de seres humanos con cierto uso de razón (lo que es una suposición tan arriesgada como cualquier otra) conocen perfectamente los mecanismos que su cuerpo tiene para la eliminación de los malos espíritus, así como las señales que éste da en cuanto a su posible duración y características. Bajo esa premisa, la elección del texto que nos acompañará en tan delicada tarea no debería ser demasiado difícil. Nunca está de más, no obstante, especificar algunas líneas maestras para ello, con el fin de optimizar el equilibrio entre el fragmento leído y el evacuado.

Algunos autores sostienen que la brevedad es imprescindible para el objetivo que se persigue; nosotros estamos de acuerdo sólo en parte. Es perfectamente posible llevar consigo lecturas más o menos largas, siempre y cuando se ajusten a las normas especificadas en la sección anterior. Pero es necesario hacer algunas puntualizaciones acerca de la estructura:


  1. La primera e imprescindible: el texto debe estar organizado en capítulos, cuanto más breves mejor. Idealmente deberían constar de no más de un par de páginas cada uno, y deberían estar numerados y apropiadamente intitulados, con el fin de poder recordar rápidamente dónde se interrumpió la lectura, caso de que esto ocurra de forma imprevista. En su defecto, puede sustituirse la división por capítulos por el uso adecuado de puntos y aparte, con separación entre párrafos de aproximadamente 2,5 líneas, recomendando siempre aquellos textos que empleen a tales efectos el recurso de las tres estrellas (verbigracia ‘* * *’, nada que ver con los congeladores Corberó).
  2. La segunda puntualización se refiere al tipo de letra: un tamaño de 12 puntos es considerado estándar para la mayoría de lecturas. Si el tamaño es menor, corremos el riesgo de no conseguir avanzar lo suficiente en la lectura, con el consiguiente estrés y alteración de la psique durante el acto, justo en el momento en que más equilibrada debe estar. Si es mayor o mucho mayor, podría darse el caso de terminar el capítulo antes que el acto principal, lo que suele conllevar una sensación de vacío que puede influir negativamente en el desarrollo de la tarea.
  3. La tercera se refiere al idioma: en la medida de lo posible es casi obligado elegir textos en la misma lengua que la persona domine mejor (para el caso que nos ocupa, el castellano o español), pudiéndose excepcionalmente elegir documentos en otro idioma que el lector conozca en profundidad, aunque no sea completamente bilingüe. Para estos casos deben aplicarse los siguientes factores de corrección:

    • Número de páginas: multiplicar por 0,8 (esto es, para una lectura habitual de dos páginas por capítulo, reducirlo a 1,6, lo que poéticamente se conoce como “una página y pico”).
    • Tamaño de letra: multiplicar por 1,2 (pasaríamos entonces de un estándar de 12 puntos a, aproximadamente, 14; redondear siempre a la cifra superior).
    • Espaciado entre párrafos para capítulos largos o inexistentes: permanece igual.

  4. La cuarta, en fin, toma en consideración la independencia intertextual, que no debe confundirse ni con la falta de adscripción política ni con la ultimísima definición otorgada al clásico vocablo “plagio”, sino que se refiere al hecho de que el material de lectura forme un todo argumental en su extensión íntegra (incluidas portada, contraportada y solapillas) o si, por el contrario, se compone de diferentes hilos de pensamiento, unitarios e independientes entre sí, en lo que supondría, por poner un ejemplo medianamente inteligible, la diferencia entre un libro de cuentos de Monterroso y la edición comentada de “Guerra y Paz”. La observación de este último aspecto es especialmente crítica, puesto que si la lectura es larga, continua e interesante1, se corre el riesgo de permanecer en ese claustro de paz más tiempo del que la buena educación (y el sentido común) permite, amén de ser mucho más difícil el localizar un punto de interrupción apropiado, con el consiguiente perjuicio tanto para usuarios como para aspirantes2. Por el contrario, un conjunto de lecturas cortas, inconexas e igualmente interesantes3, no sólo limitará eficientemente el tiempo a emplear en tan entrañable sala, sino que permitirá su uso tanto en ocasiones esporádicas como en los casos más crónicos.

En esta segunda sección se ha tratado, pues, de optimizar el paralelismo tiempo+cantidad existente entre las tareas de adquisición y deposición, buscando para ello la combinación más adecuada de estructura y contenidos. Pero entendemos que en esta vida moderna cargada de estrés y prisas, usted, amigo lector, no dispone del suficiente tiempo ni fuerzas para analizar las lecturas idóneas que debe portar en su corto, pero intenso viaje a lo trascendente. Es por ello que dedicaremos el próximo –y último – capítulo de este tratado a analizar una serie de modelos básicos que puedan servirle de guía para cuando llegue tan entregado –y a veces tan deseado – momento de simbiosis con el medio que nos rodea.


1 Esto se sobreentiende, claro, si no, ¿para qué la llevamos a tan virtuoso lugar?

2 Aspirantes A usuario, no DEL usuario, lógicamente.

3 Esto se sigue sobreentendiendo, ¿verdad?

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