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Todología con bigote
Contra los libros en orden

Si usted, además de lector de este cuaderno, es lector en general (subespecie ávido), seguro que ha entrado en esos antros de pecado y perdición llamados bibliotecas. Si encima sucumben a la tentación de la carne, habrán visitado las diabólicas librerías y puede que incluso hayan comprado algo en ellas. Deténganse ahora un momento… no, ahí no, que cortan el tráfico. Y ahí tampoco, que les va a caer ese piano encima. Una vez detenidos, piensen: ¿Qué dos cosas tienen en común esos lugares, independientemente de su tamaño o del sitio donde se encuentren?

Una es obvia: Libros.
La otra también, pero menos: que están desordenados.

Vale, no están exactamente “desordenados”. Tanto en bibliotecas como en librerías siguen un sistema, ya sea por géneros, por autores, por editoriales, orden alfabético, o por esa brujería arcana llamada Clasificación Decimal Universal que hace que mire con el debido respeto a mis amigos bibliotecarios y tenga auténtico terror al señor Bookman. Es necesario para que ni ellos ni los libreros se vuelvan locos, y sobre todo para que podamos explicarles que el volumen que buscamos es azul. Pero observarán igualmente que las estanterías violan todas las leyes de la simetría, el orden y la rectitud: hay libros gordos junto a tomos delgadísimos. Ejemplares enormes y de duras tapas al lado de ediciones de bolsillo y viceversa, formando escalinatas escherianas destinadas a romper fémures arácnidos. La mayoría de las veces, incluso, con otros libros tumbados encima de manera perfectamente torcida, aumentando la entropía al peso. Eso sin contar los que los clientes sacan de un estante y dejan en la repisa de enfrente, convirtiendo a la librera o bibliotecario en cazatesoros al final del día.

Pero lo más importante es que, a pesar del método, la apariencia ha de ser de desorden. Que se sepa que ahí hay una biblioteca trasteada, trabajada, buscada y rebuscada, que esos libros no están sólo para mostrar la gracia de sus lomos y el crujido de sus páginas, sino que han sido leídos y manoseados por ávidos lectores como usted, sí, usted, que en sus tiempos mozos se empeñaba en ajustar sus libros a las estanterías de su casa asegurándose de que formaran suaves colinas y valles y de su uniformidad por colecciones. Yo lo sé, yo estuve ahí, tenía los libros perfectos, los estantes impecables, asistí a reuniones de CC.AA. (Compulsivos Anónimos); seguí un proyecto en doce pasos, el primero de los cuales era no devolver un libro a su sitio exacto, sino colocarlo en otro completamente diferente. El segundo, ya más duro, fue cuando hubo que poner los tomos en dos filas. Fue una época durísima…

…¡¡¡PERO SOBREVIVÍ!!! Y ahora mis libros ya no sólo habitan sino que también viven en las incontables baldas de mi casa, auténticos barrios multirraciales cuya desordenada diversidad da color e imperfecta alegría a través de las lecturas y relecturas y donde los huecos vacíos esperan con ansiedad conocer quién los ocupará en los próximos diez minutos o diez meses. Y ahora mi humilde morada reluce con el caos que los libros generan, puestos en fila o en pila, esperando su turno. Se sienten más felices, y a mí me gusta verlos así, como en mis librerías muy más favoritas.

Así que digamos a voz en cuello (pelao): ¡Abajo el orden! ¡Arriba las pilas! ¡Abajo las baldas ordenadas por colores! ¡Arriba la ciudad de los rascacielos con lomo! ¡Ya habrá tiempo… de ponerlos en su sitio!

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