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Todología con bigote
De luces y grises

A menudo me preguntan cómo puedo aguantar vivir en Alemania con el tiempo que hace. Se ve muy raro que alguien de procedencia mediterránea y acostumbrado a la luz y el calor se queje (tan) poco del frío, la lluvia o la nieve. A veces respondo que soy un sevillano atípico al que esos detalles no importan demasiado, pero eso es sólo una verdad a medias.

Por lo general, las temperaturas extremas las aguanto bien. Bien abrigao, se entiende. El invierno pequeñoburgués tiene como principal inconveniente el ir por la calle como uno de los robores esos del Doctor Who, así como de pasarte un tercio de la estación quitándote cosas al llegar a los sitios y aproximadamente el mismo tiempo poniéndotelas para salir a la calle. La nieve es muy bonita, incluso espectacular, durante los primeros meses; posteriormente es una molestia cuando se hiela, convirtiendo en deporte de riesgo ir a comprar el pan (y sometiendo a tu rabadilla a pruebas muy duras) y, para cuando se va retirando, churretes sucios en los bordillos que no ves la hora de que desaparezcan. Todo para que, seis meses después, te vuelvas a quedar embobado mirando las calles y los parques cubiertos de blanco.

La lluvia, por su parte, es tan coñazo aquí como en cualquier otro lado, no importa la frecuencia con la que caiga. Y no se crean que por ser alemanes van a hacerse los valientes para decir “esto no me impide mi ratito de salir” cuando las calles están encharcadas. Que el “comodismo” también se estila, sobre todo si además de caer agua hace ese viento helado tan propio del entretiempo, y la gente sale, sí, pero forrados hasta los dientes y siempre para meterse en algún lado con la calefacción a tope y un café hirviendo entre las manos. Ser un héroe está muy bien, pero mejor si es en verano. Como considero mi casa un lugar más que acogedor y pleno de diversiones, qué necesidad hay de dejarse el buen humor bajo el aguacero, digo yo.

Aguanto bastante menos el nublao porque sí. Esos días grises y plomizos que sabes que ni va a llover ni a nevar y que simplemente tienen a cúmulos y nimbos que deciden que de los Alpes no pasan, haciéndose fuertes sobre tu cabeza y explicándote que ese día el cielo está de baja. Noviembre y febrero suelen ser mis meses odiados porque los períodos de gris ceniza son más habituales. Como una mijita (poca) de obsesivo-compulsivo tengo, soporto medianamente esos días feos si considero que la época es la adecuada. Pero pónganme un cielo cubierto y sin precipitaciones en pleno mes de junio, que me oirán soltar obscenidades en forma de frente frío.

Pero todo esto no dejan de ser las típicas quejas del abuelo cebolleta capaz de detectar una borrasca apenas le duele un cuarto la cabeza. Sin embargo, sí que hay una cosa a la que ni me he acostumbrado ni creo que sea capaz jamás de hacerlo, y es la falta de luz en invierno. A mí, que no me gustaba la noche ni cuando era adolescente, que siempre he sido de salir a la calle con soles de justicia y recibiendo sus rayos hasta que a algún imbécil le dio por abujerear la capa de ozono, pocas fechas me “deprimen” tanto como el día del cambio a la hora invernal, cuando de repente la tarde cae mucho antes de lo previsto y con tonalidades más apagadas, la noche se arroja sobre la ciudad a traición y para cuando te vas a la cama tus ojos llevan ya varias horas agotados por la luz artificial. Son sobre todo las primeras semanas cuando más desorientado y de peor humor me siento; y me pasa cada vez, a pesar de los años que llevo aquí. También me pasaba en España, no crean, a pesar de que su latitud y su mayor desfase respecto de la hora solar aparentan unos días más largos; terminar de merendar cuando ya era casi de noche hacía los inviernos todavía más largos. Así que, cuando me preguntan qué es lo que peor llevo de Alemania, la respuesta correcta casi siempre es: quisiera más luz.

No pasamos gratuitamente por las estaciones. La Naturaleza y sus cambios son siempre más fuertes que nosotros y tienen el poder de estimularnos o apagarnos con una ráfaga de viento, un cielo encapotado o dos rayos de sol colándose por una rendija. El choque de unas regiones a otras, la necesidad de adaptar el cuerpo a los golpes incansables de la meteorología o mantener reservas de ánimo y humor para los meses neblinosos suponen esfuerzos ímprobos a los que no siempre estamos dispuestos. Sin embargo, a veces basta con una chispa de luz, el cielo azul pálido sobre una plaza nevada y el aire frío que te tensa la nariz y que, sin embargo, respiras todo lo hondo que puedes mientras ves a chavales deslizándose cuesta abajo por la ladera del parque, con el césped durmiendo bajo la nieve.

Y, de repente, los grises se esfuman.
Y ese día todo está bien.

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