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Todología con bigote
Pezqueñines

Discúlpenme lo que les voy a decir, pero lo de Monago y el diputado ese por Teruel es un sainete, un entremés apenas, para tener tema de discusión durante el fin de semana y un par de días más. Y ahí nos tienen, entretenidísimos. Que si la señora Olga (al menos a ésta la prensa no le llama por un mote anatómico), que si los vuelos a Canarias, que si el president de la Yeneralitat extremenya aclamado por sus fieles en su particular plaza de Oriente… todo eso es alpiste para las palomas: te tiene ocupado un rato picando, probablemente engorde, pero no es nada sustancioso ni nutritivo. Ni Extremadura es el único sitio donde se convoca a los creyentes a “manifestaciones de adhesión espontánea”, ni Monago ni el turolense son los peces gordos de esta almadraba.

Para empezar, veo complicado que Monago dimita. Quedan seis meses para las elecciones y, salvo orden directa de su partido o moción de censura desde la oposición (cosa muy improbable), seguirá en el cargo hasta que las urnas lo manden de nuevo a casa, suponiendo que el PP decida volver a meterlo de candidato. En segundo lugar, y sin creerme su actitud de verso suelto entre los populares (hay versos que no pasan de ripios), creo que le han metido en un jardín, seguramente desde dentro. Los gastos de viaje privado a cargo del Senado se produjeron precisamente durante su etapa en esa Cámara. No puede decirse que fueran viajes secretos y, con toda probabilidad, la única razón por lo que esto no salió antes fue porque a nadie le dio por rascar una mijita; particularmente al principio de su mandato, cuando el apoyo de Izquierda Unida a su investidura estaba todavía por definir. Otro día podremos hablar, por cierto, de este apoyo, pero no nos salgamos de la carretera aún. Sí que creo que el extremeño es un bicho incómodo para la directiva popular o, al menos, le consideran prescindible, pues Extremadura no es una comunidad decisiva ni presupuestariamente ni en términos de población; en plata, que aporta pocos diputados al Congreso. Por lo tanto, a la hora de presentar la famosa y artificial “regeneración” que nos están vendiendo, sería una pieza sacrificable.

Y así, mientras echamos el rato con Monago y su banda, nos dejamos a los atunes gordos, los que se sientan en Moncloa, en el banco azul del Congreso y en la planta noble de Génova, 13. El tiempo que estemos pidiendo a Monago su imprescindible dimisión no estaremos preguntándole a Rajoy cómo es posible que un tipo que ha estado en la dirección de su partido durante un cuarto de siglo no se haya enterado de los chanchullos de sus compañeros de banca, o por qué mantiene en su puesto a ministras incapaces de contar hasta dos sin ponerse unas manoplas, o qué hace mandándole mensajes de apoyo a su encarcelado ex-tesorero. Monago también sirve de humillo (que ni a humo llega) para que durante un rato no se hable de la pretendida ceguera y sordera de la “omnipotente” Aguirre cuando tenía a su mano derecha robando a manos llenas, a varios ex-consejeros de sanidad metidos en follones y a un puñado de “sus” alcaldes (puestos en la lista con su visto bueno, sin el cuál ni lista ni pollGAITAS) metidos en el trullo. Y tantas y tantas otras que nos distraen, por que los pezqueñines son muy monos (monagos) y reclaman toda nuestra atención.

Yo no sé si el lehendakari emeritense dimitirá o no, sobre todo después de decir que no ha hecho nada aunque devolverá el dinero (???), pero les juro que me da exactamente lo mismo, como me da lo mismo su novia o ex-novia. Yo no quiero el jurel, sino el atún, el más gordo, atraparlo, meterlo en aceite y cerrar herméticamente la lata. Quiero que nos concentremos en él (o ellos) como foco del remolino y en sus colaboradores necesarios, tanto los que ponen el cazo como los que lo llenan, que de esos todavía apenas se habla. Tirar la red, cerrar la almadraba y caer sobre las piezas a saco. Ya estoy más que harto de tomar aperitivos. ¿Ustedes no?

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