título
Todología con bigote
Aprendices de brujo

La Justicia, en general, suele ser una maraña de caminos tortuosos y elásticos, plagados de baches, atajos y rodeos, y que se recorren a velocidad variable para, teóricamente, llegar a un destino común. Como en esos laberintos locos de los cuadernillos de pasatiempos, una ruta aparentemente directa puede acabar enredada en el mismísimo infierno. Por eso el Derecho es, seguramente, lo más alejado que existe de una ciencia exacta. Cuando, además, aparece entrelazado con la política, se transforma en algo muy próximo a la alquimia.

Pero mientras que la alquimia presuponía unos conocimientos oscuros y arcanos que al final se resumían en pretender hacer magia con un resultado imprevisible, en la Justicia, aplicadas las debidas condiciones de contorno, es muy posible anticipar una resolución concreta, favorable o contraria al acusado. Condiciones como la situación económica y familiar de éste, la capacidad para pagarse uno o varios abogados, la proximidad a los puntos de tangencia entre el juzgado y el poder, el contexto social en el que el proceso se desarrolla o la posición, no siempre arbitraria, con que la prensa pintará el caso ante la opinión pública.
La condición de contorno principal, naturalmente, es el propio individuo objeto del proceso. Aquí hay varios niveles: desde el desgraciado que no tiene donde caerse muerto y, por lo tanto, le importa poco arriesgar una acción punible, hasta la parte superior de la pirámide, donde el acusado es capaz de influir en quienes elaboran y aprueban leyes y decretos. En algún punto de esa escala, no necesariamente el más alto, están los responsables de la propia Administración de Justicia. Y fuera de ese microverso, con ocasionales singularidades, están aquellos por los que nunca pasará ni rozando la espada de la diosa de la balanza.

No, la Justicia no es igual para todos, sino que en muchos casos funciona como instrumento para destacar las desigualdades. Cuando hablamos de delitos menores y de poca monta, habituales en la parte baja de la pirámide, mientras estos se produzcan entre dos individuos del mismo nivel es posible esperar una solución judicial más o menos equilibrada; habrá errores, sin duda, o decisiones incomprensibles, pero en general la cosa funciona con bastante ecuanimidad, dentro de la lentitud con la que ésta se produce. Pero si nos vamos a la parte más alta, o a un proceso donde la diferencia entre capas es considerable, vayan preparando las antorchas, porque lo más normal es ver a los pájaros escapando al vuelo hasta colocarse fuera de nuestro alcance para siempre. Lo primero que ocurrirá es que el de la parte alta comenzará a usar todos los medios (y el dinero) a su alcance, incluyendo los que se supone que obtuvo por métodos ilícitos, para evitar que siquiera se abra el proceso, a base de recursos, recusaciones, triquiñuelas legales para retrasar la admisión a trámite, más triquiñuelas (que incluyen ponerse enfermo con preocupante frecuencia) para no ir a declarar, obligando a retrasar aún más las actuaciones, y un largo etcétera. Si bien muchos de esos pasos responden, en puridad, al mantenimiento y defensa de las garantías procesales, en la práctica se utilizan como medios disuasorios que, volviendo a la pirámide, quedan fuera de las posibilidades de quienes han de acogerse al sobrecargado turno de oficio.

Superada esta fase, si se supera, continuará la instrucción a los imputados, nuevamente plagada de recursos y objeciones, de retrasos y armas secretas. Varios años después, lo mismo el juez instructor (que, entretanto, habrá podido cambiar, incluso varias veces) decidirá que el sumario ha concluido y, o bien archivarlo, o bien decretar apertura de juicio. A partir de ahí, otro largo período con sus correspondientes piedras y baches que puede que acabe, o puede que no, con el acusado en el banquillo y, esta vez sí, respondiendo ante un juez bajo la amenaza teórica de una temporadita en la sombra.

Y digo teórica porque no es extraño que uno de los finales de esta historia sea una condena, pero con sentencia tan corta que se decida que el reo no tiene por qué cumplirla. En el caso de que la pena sea más larga, y dependiendo de en qué posición de la pirámide esté el criminal —ya se puede nombrar así—, siempre cabe un recurso ante el Supremo que permita recortarla, cosa que suele hacer con cierta generosidad dependiendo del individuo, utilizando en algunos casos tijeras de podar alcornoques. En un caso más extremo, si la condena y el ingreso en la cárcel (o el pago de una multa apropiada) son inevitables, queda el socorrido recurso al indulto gubernamental, que no requiere de justificación ni motivación concreta. Y en el caso más desesperado (que ya es para los Elegidos con mayúscula, normalmente gente con un banco en el bolsillo del pantalón), si el indulto no es suficiente para retirar todos los efectos de la sentencia, se podrá cambiar graciosamente la ley, rodillo mediante, para no dejarnos detalles molestos ante el, a todas luces, injustamente condenado prócer.

Si, por el contrario, el individuo bajo sospecha se encuentra en los escalones inferiores y, como agravante, cometió ofensa frente a los que están arriba del todo, la Justicia es sorprendentemente rápida (en términos relativos), eficientemente contundente, y pasa de permeable a hermética en lo que dura un suspiro. Las penas son más largas, los recursos menos efectivos, los baches de repente se han rellenado con asfalto del bueno y todas las ventanillas de protesta se cierran, porque lo siento mucho, ha llegado usted tarde al reparto de privilegios y su credencial no vale ni el cartón en la que está impresa. Por si acaso, si aún se empeña usted en reclamar sus derechos, y como todavía quedan por ahí jueces que querrán hacerle caso, colocaremos una barrera de entrada en forma de tasas para que su alternativa esté entre defenderse o arruinarse. ¿Inconstitucional, dice? Pues quéjese… ah, que no, que tampoco puede porque su pase de entrada no es del color correcto.

No nombro casos concretos ni creo que haga falta: si han estado pendientes de los medios de comunicación durante los últimos diez o quince años, o incluso sólo los últimos cinco, encajarán perfectamente las situaciones abstractas que he descrito con ejemplos y nombres muy reales. Algunos de esta misma última semana, en la que se aplican con matemática sincronía condenas severas a la vez que se conceden terceros grados sobre penas ya reducidas al ridículo. Y ahí, por muchos doctores que tenga la iglesia (les recomiendo expresamente los artículos del Teniente Kaffee, con los que se aprende mucho de procedimientos y garantías), al final todos acaban coincidiendo en que no hay forma de justificar según que sentencias de según qué jueces. Lo que no significa que no fuéramos capaces de anticiparlas, por otro lado.

Por ello, permítanme corregir un poco la frase con la que cerraba el primer párrafo: a veces el Derecho se encuentra muy cerca de la alquimia; pero bajo ciertas condiciones sí que llega a ser casi una ciencia exacta.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.