título
Todología con bigote
En préstamo

Ante la galopante falta de ideas que me acosa hoy y el resto de la pantalla en blanco (bueno, en blanco, salpicada por miles de ventanas, que lo mismo va a ser eso. Eso y el dolor de cuello, que ya saben ustedes que me tiene locajo desde hace unos cuantos días, porque eso de tener la cabeza en el ajuste contrario al de “niña del exorcista” es una gaita tremenda; mira, ahora que lo pienso, no estaría mal como disfraz de jalogüín, el de niña del exorcista tocando una gaita… otra alternativa sería ir de Fraga tocando la gaita. O bien de gaita sexy, gaita con los tubos al aire y la bolsa de piel de camella forrada de tafetán. O bueno, de tafetán no, que se arruga, como aprendimos en “El Jovencito Frankenstein”, que también daría para un disfraz bastante apañao para el día de tus muertos, perdón, de los muertos en general, porque los muertos son muy comunistas, ¿saben? Los muertos son de todos, porque al final acaban mezclados con la tierra y se supone que la tierra es de todos; al menos, hasta que la recalifican, que entonces es del cuñao de la mujer del hermano del amigo del compañero de frontenis del constructor. Ir de constructor putilla podría ser igualmente un buen disfraz para jalogüín, aunque en este caso le pegaría más el traje a un concejal de urbanismo. Y hablando de urbanismo y de jalogüín, para miedo de verdad el que dan algunos edificios públicos, especialmente esos parques de cemento y baldosas, sin árboles ni bancos donde estar cómodos… ¿habrá algún disfraz de parque intraurbano buscón?) he decidido dejarles una simple nota que toma prestada un fragmento al azar de una página al azar de uno cualquiera de los libros que tengo acumulados en la pila de pendientes. No mencionaré al libro ni al autor; es más coherente así.

Aurek reía a carcajadas. Hanka se puso a gruñir y rugir como un oso, hasta que Silvana empezó a preocuparse de que el pequeño terminara haciéndose daño de tanto reír. Lanzaron risitas, rugidos y gruñidos, y por fin, cuando terminaron por dejarse caer agotados contra la paja, Silvana apretó la mejilla contra la coronilla de su hijo y sintió que le corrían las lágrimas por la cara. —Mi osito —le susurró—. Mi osito perdido.
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