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Todología con bigote
Y, sin embargo, te quise

Yo me crié con la televisión, aunque ahora casi no la vea (con excepción de las series vía internet), pero mi infancia fueron muchas horas delante de la pantalla y, por mi edad, me tocó absorber como prepúber y púber lo más granado de la caja tonta española durante los años ochenta. Mis primeros recuerdos eran, sobre todo, cortinillas de programas nocturnos previos a que me mandasen a la cama. Que yo creo que era más bien un asunto de horas que de contenidos: los dos rombos no siempre significaban la patada en dirección al cuarto. Así, alguna que otra noche me dejaban ver Benny Hill o Starsky y Hutch, y los capítulos de Mazinger Z que pasaron por RTVE antes de que la UCD la suprimiera me los tragué con mis primos sin pestañear. En ninguno de los casos entendía necesariamente todo lo que sucedía en la pantalla, pero las imágenes perviven en la memoria.

Ya más adelante se empieza a entender —y sobre todo a absorber— mucho más contenido, y al final las series de la tarde o la película de la noche, o el concurso de turno —somos de la generación del *Un, Dos, Tres*— eran el tema de conversación en el patio del colegio al día siguiente. A nuestros padres les costaba sacarnos de la cama entre semana para ir a la escuela, pero los sábados éramos nosotros los que los despertábamos, casi a la misma hora, para ver la programación infantil en la primera cadena. Y la tele formaba tal parte de nuestras vidas que conocíamos tics, frases hechas, jingles e incluso gestos de nuestros personajes favoritos. Particularmente entretenido solía ser, o eso recordábamos, el espacio que ponían los domingos por la tarde donde te avanzaban la programación de la semana siguiente, gracias al cuál sabíamos qué película íbamos a ver el viernes, el día de la semana que nos dejaban quedarnos hasta tarde. Lo único que no nos gustaban eran los telediarios, tan aburridos y tan serios… además, como cuando sonaban las noticias había que estar callados, no es que nos cayeran particularmente bien los presentadores.

Crece uno, la tele cambia, los gustos cambian, llegan las privadas y de repente una rutina televisiva más o menos conocida hace crack. Quizá porque nos hacemos mayores, da la impresión de que todo se deshace y de que, de algún modo, todo es peor y menos gracioso que antes. Pierden audiencia, luego sentido, y luego la vida, muchos espacios en los que la característica principal es lo pausado y lo que dicen sus protagonistas, más que cómo lo dicen. Son sustituidos por otros adobados de tanta espectacularidad como vaciedad, primero paulatinamente y luego con la potencia de un volcán derramando lava. Cambian también los tipos de audiencia y los que nos criamos a los pechos del tubo catódico acabamos alejándonos de la antipática pantalla plana. Hay otra tele, y ya no es la nuestra.

Es un ejercicio de nostalgia, desde luego; existe el concepto de la retrorrotura, que leí por primera vez en el difunto Focoforo, y que consiste en que aquellos productos culturales que en su día te parecían lo más flipante del mundo, hoy los encuentras rancios, desvaídos y, lo peor, aburridos y sin gracia. Por eso es mejor mantener el recuerdo y no regresar virtualmente a aquella época para evitar destrozarte la memoria. No me digan que no es paradójico, precisamente hoy día con la facilidad que hay para recuperar cosas que hace años pensábamos que estaban perdidas para siempre.

Pues tampoco esto es del todo cierto, claro: a veces sí que merece la pena volver atrás y comprobar cómo se hacía aquello de lo que conservamos tan buena solera en el recuerdo. No siempre se produce la retrorrotura, sino que incluso acaban saliendo odiosas comparaciones con la televisión actual, mucho más cargada de medios y profesionales y, sin embargo… en ocasiones parece que ya no existe el ingenio, que hace treinta años sí funcionaba como suplente de lo que la técnica entonces aún no permitía hacer. Una vez más, es una cuestión de contenidos, pero también de cómo se ponían en marcha.

Por eso es tan importante, mucho más ahora, la labor de los documentalistas, para preservar precisamente todas aquellas cosas, todo aquel caudal de contenidos, imaginación e ingenio, que compusieron una parte de nuestras vidas indisoluble de lo que somos, pues funcionaba también como parte de nuestra educación. En una RTVE que se está quedando, “gracias” a los sucesivos gobiernos, cada vez más en el chasis, la titánica labor de conservar todo ese inmenso fondo audiovisual —que es, no lo olvidemos, una parte muy significativa de la historia de España— descansa en un grupo de mujeres y hombres dedicados a buscar, extraer y digitalizar contenidos, casi a contrarreloj para que no les adelante la inexorable degradación del tiempo y la humedad. Gracias a eso, que además de no ser sencillo suele encontrarse con los sucesivos recortes presupuestarios, podemos disponer del archivo de la web del Ente, un repositorio de contenidos en continuo crecimiento en el que escudriñar por los rincones para encontrar aquellas imágenes que conseguían que no apartásemos la vista del televisor.

Hoy, para sacarnos de encima un rato toda la mierda que está sacudiendo al país, quería dedicar un trocito de este cuaderno a esa panda de locos que se han empeñado en rescatar nuestra memoria televisiva y ponerla “en bonito” para que no se pierda. Sin caer en el tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sí creo que aquellos años ochenta, donde todavía estaba todo por contaminar, dieron grandes y sólidos momentos en la pequeña pantalla (que entonces era mucho más pequeña) que merecen la pena ser conservados.

Así que, si alguno de vosotros lee esto, gracias por permitirme los recuerdos.


Post Scriptum: En este enlace pueden acceder al Archivo de RTVE. Pero no he podido resistirme a incrustar aquí el que para mí es uno de los mejores espacios de producción propia que dio la TVE de los ochenta: Y, sin embargo, te quiero. Curiosamente, un programa de avance de programación, pero con un formato que por entonces era innovador y que contó con el mejor trío de presentadores del mundo mundial: Pastora (Vega), Guillermo (Summers) e Ignacio (Salas), jefazos de lengua ácida y cerebro privilegiado en una época en la que era más sencillo y daba menos vergüenza exhibirlos. Quizá por eso no duró demasiado en la pantalla, apenas un par de años. Y yo no sé, visto el programa, si aquella televisión era mejor que la de ahora, pero sí me queda la sensación de que los espacios que más echaría de menos son, precisamente, aquellos que hoy ninguna televisión se atrevería a incluir en su parrilla; ni siquiera la pública. Los que tienen mi edad o parecida entenderán lo que les digo si ven el programa. Los más jovenzuelos igual se llevan una sorpresa… aunque seguramente no estarán nada de acuerdo conmigo. Yo se lo dejo y ustedes juzguen a gusto.

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