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Todología con bigote
Preferentemente no

Una cosita que me ocurrió hace algún tiempo: por razones que no vienen al caso, tuvimos que descifrar entre mi santa y yo un contrato bancario de unas pocas páginas en el que se describe un depósito a plazo con una cierta retribución y del que se devuelve al final una parte en acciones. Nos hemos tirado un rato bien largo, dos personas “con estudios” para entender qué, cómo, cuándo y cuánto se devolvía en cada caso, además de en qué condiciones y con qué porcentaje se retribuía. Eso en un contrato más o menos claro y que, estoy seguro, no es de los productos financieros más complicados.

Cuando ustedes tienen que hacer una obra de calado en casa, llaman a profesionales (directamente o vía cuñados) que les ponen los ladrillos, les arreglan las tuberías, les parchean o renuevan su instalación eléctrica o les ponen un gotelé en la pared que no les roce. Igualmente, si están enfermos o algo no les rula bien por dentro, van al médico y, en ocasiones, es necesario intervenirles quirúrgicamente para reparar lo estropeado. Si se les avería el ordenador… bien, este último es un mal ejemplo, continuemos. Son trabajos que no se les ocurriría hacer por ustedes mismos, por sentido común: requieren unas habilidades de las que no disponen e implican unos riesgos que no están dispuestos a asumir. Gratis no, al menos.

Como el ser humano, excepto su cuñado de usted, no sabe hacer de todo, uno ha de encomendarse a gente experta en aquellas tareas o servicios que precisamos de cuando en cuando. Se establece, pues, un principio de confianza (que no siempre se cumple, es cierto) por el cuál asumimos que pagamos a un profesional una cantidad justa por realizar aquello que no sabemos, y confiamos en que lo haga bien, de acuerdo a sus conocimientos y experiencia. Esto es también válido (¡y cómo!) para los asuntos del dinero, puesto que en el mundo moderno no siempre son suficientes las cuatro reglas y, a veces, no está tan claro lo que hacemos con el parné que ganamos con el sudor de nuestras axilas. Por ello nos confiamos a otros profesionales que trabajan con números: los empleados de banca. En el banco dejamos nuestros dineros, esperamos que estén a buen recaudo (je), que podamos recuperarlos cuando los necesitamos (jeje) y que, según y cómo, podamos obtener un beneficio por depositarlos en ciertas condiciones (JUAJUAJUAJUAJUA). Son los profesionales que están tras la ventanilla los que nos aconsejan en esos qué hacer con el parné, dónde meterlo y, sobre todo, qué riesgos puede tener efectuar un tipo de inversión u otro. Los hay muy seguros, pero de poco retorno, y los hay más arriesgados (en la práctica es jugar con tu dinero), pero que si la cosa sale bien nos proporcionarán buenos dividendos. Cuando aplicamos el principio de confianza a los bancarios, éste supone que nos van a explicar todo esto y mucho más a la hora de contratar un producto financiero. Y, sobre todo, que no nos van a esconder los riesgos. Confiamos en ellos, porque nosotros no conocemos todos los entresijos de dichos productos ni tenemos la habilidad para anticipar con cierta prudencia dichos riesgos, aunque sepamos que los hay. Y no, no es cierto que tengamos la obligación de conocerlos, o una mínima base de economía (más allá de no gastar más de lo que se tiene o no poner todos los huevos en la misma cesta) para prevenir desastres. Para eso pagamos a los profesionales, para no tener esa obligación; como con la fontanería, la luz o el ordenad… bien, sigamos.

Volvamos al relato del principio: dicho contrato, lo supimos tras el proceso de descifrado, se refería a un producto de poco o nulo riesgo y escaso beneficio respecto de la inversión inicial, puesto que depende de unas acciones de una empresa muy estable en bolsa pero que, por lo mismo, sufre pocas variaciones en su valor. Tenía dos truquitos: uno, el malo, que si la acción sube se aplica la subida más baja en todo el período para calcular la retribución; dos, el menos malo, que si la acción baja no se pierde la inversión inicial, aunque no haya retribución. Así que en, el peor de los casos, era un depósito a plazo sin intereses. Sin embargo, quiero insistir en ello, para averiguarlo tuvimos que pasarnos un buen rato, párrafo a párrafo, traduciendo del “banquerés” en más de una ocasión.

Ahora piensen en un producto mucho más arriesgado y complicado, como es el de la inversión en preferentes. En estos casos los afectados han sido, sobre todo, pensionistas con ahorros de toda la vida en su caja de toda la vida, que siguió siéndolo cuando la bancarizaron y que, mientras tanto, se encomendaron a su bancario de toda la vida para que el fruto de todo su trabajo les pudiera dar alguna renta para desahogarse algo. A veces fue así, a veces fue la propia iniciativa de la caja que hizo campaña para colocar el producto ante un target que estaba muy claro desde el principio y que no era nada casual. Gento que plantó su confianza ante el empleado o el director de sucursal que conocían desde hace años y que, por propia voluntad o bien por presiones (a veces órdenes directas) de sus jefes, engañaron, estafaron y arruinaron a miles de personas asegurándoles que ponían su dinero en un producto seguro, rentable y casi sin riesgos. Una traición consciente del principio de confianza que ha tenido efectos trágicos, de tal modo que los que ahora están recuperando su dinero (suponiendo que no se hayan muerto antes) lo tienen que hacer, casi exclusivamente, tras pasar por un juzgado.

Así que, si alguna vez vuelven a oír a estos señores de las tarjetitas negras, a su cuñado de usted, o a cualquiera en general, decir que los preferentistas tendrían que haberse informado mejor de dónde se metían, tienen ustedes mi permiso para quemarles las cejas con un mechero Bic; tranquilamente y sin remordimientos.

Buenas noches.

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