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Todología con bigote
El cronista Benavides

Había un chiste más viejo que las camisas de Gary Cooper sobre un señor llamado Benavides que se jactaba de conocer a todo el mundo. Tanto es así que sale un día con el Papa al balcón del Vaticano y, desde la plaza, alguien que está observando con prismáticos le comenta al de al lado “no sé quién será ese señor de blanco con boina, pero el de al lado fijo que es Benavides”. Este personaje, aparentemente de ficción, es sin embargo muy real y se encuentra presente en todo periódico y tertulia de radio o televisión digna de ese nombre. Por comodidad, lo llamaremos “el cronista Benavides”.

El cronista Benavides es ese periodista antiguo que, curtidos el culo y las tripas tras décadas de pulir sillones y asistir a saraos con canapeses, considera que no existe tema más interesante en el mundo que él mismo, de manera que dirige su profesión a cantar y contar su imprescindible papel en el mundo y su influencia irresistible en quienes lo pueblan. Benavides reorienta carreras musicales y cinematográficas, aconseja a próceres, afina la habilidad de deportistas de élite, regaña a compañeros de profesión y, sobre todo, ignora a los lectores, porque para él los lectores son apenas una molestia necesaria: él sólo aspira a que le lea la Posteridad. A la que, por cierto, una vez recomendó que se pusiera mayúscula en el nombre.

Benavides es hombre de grandes amigos. Porque toda persona importante —no tan importante como él, desde luego— es gran amiga suya. Él no tiene conocidos, ni siquiera familiares, eso es para los mediocres: basta coincidir en una cena, ni siquiera en la misma mesa, para convertir en amigo del alma al motivo del homenaje. O cruzárselo por la calle. O compartir un servicio público, pues nada forja mejor las amistades que el sonido de los fluidos del extraño de al lado. Nada es imposible para el cronista Benavides, siempre dispuesto a formar parte pequeña pero decisiva de las grandiosas fazañas vitales.

Benavides es también el heraldo oficial de los entierros y puede pasarse años despidiéndose de sus amigos. Pensarán ustedes, malas personas, que es el propio cronista quien se los carga para poder rellenar su columna diaria con vivencias comunes y puntos de inflexión. Tales acusaciones son despreciables, completamente infundadas y, principalmente, inexactas. En realidad el cronista Benavides es tan influyente que un encuentro con él supone para sus amigos lo máximo a lo que pueden aspirar en la vida. Pasado lo cuál y, ante la evidencia de que jamás podrán superarlo, proceden a suicidarse de la manera más vistosa posible. De ese modo, Benavides podrá dedicarles una última columna. ¿Y cuando Benavides muera? Ah, lectores y lectoras, he ahí lo maravilloso: Benavides no puede morir, porque el Universo implosionaría; por eso tras su aparente deceso se producirá una reencarnación en otro cronista Benavides, que al día siguiente escribirá otra sentida columna explicando cómo tuvo que regañar a su antecesor porque abusaba de los puntos y comas. Y cómo, gracias a ese consejo, se convirtió en el orfebre de la palabra que alcanzó el prestigio y la fama.

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