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Todología con bigote
Gente de atrezzo

El problema es que ustedes van por la vida sin mirar. Y como van sin mirar, no se fijan. Y como no se fijan, no son capaces de reconocer que en el mundo existe gente que es puro atrezzo. Aquí venimos hablando del problema de la superpoblación, de que hay que ver que no se puede ir ya por la calle, de que está todo empetao y no se cabe… y no han caído en que buena parte de esas personas son de mentira, de plástico, de metal, de gomaespuma o de cartón. Atrezzo, nada más que atrezzo.

¿No me creen? Les pongo algunos ejemplos.

Ejemplo número 1: Ustedes, como jísters en potencia (y si no, ¿qué hacen leyendo blogs, con lo vintage que son?), seguro que han acudido a esa famosa cadena americana de cafeterías con nombre de personaje de Galáctica, estrella de combate. Sí, hombre, la que te pone café de cartulina, perdón, en cartulina. La decoración de todas esas cafeterías suele ser la misma: sofás, madera, pizarras,… pretende simular un ambiente acogedor y cul, como si estuvieran en la mismísima selva costarricense. Por supuesto, todo es falsísimo; especialmente ese chico o esa chica (varían el género según el local, pero siempre cumpliendo cuota) que se sientan en el sofá de la esquina del fondo. ¿No se han dado cuenta de que nunca, jamás, han podido sentarse allí, que siempre está ocupado? Es atrezzo. Casi da el pego: café gigante sobre la mesa, portátil últramoderno en el regazo, auriculares modelo “Dama de Elche” en las orejas. De vez en cuando finge teclear, sonríe ante la pantalla y tuerce el gesto a intervalos asombrosamente regulares.
¿En qué se nota que son de atrezzo? En que la batería nunca parece gastarse. De hecho, creo que si hiciéramos el esfuerzo de despegarles del sofá, comprobaríamos que sus nalgas conforman una clavija gigante enchufada en el sofá. Que también es de atrezzo, naturalmente.

Ejemplo número 2: Aproximadamente el cincuenta por ciento de los pasajeros de un avión cualquiera. Conocen la historia, fijo: están esperando casi con histeria el momento de que la web de su aerolínea favorita abra la facturación online para poder escoger su asiento. 23:59:57…58…59… 0:00, ¡LOG IN! ¡Mi vuelo! ¡Acepto! ¡Elegir asiento! Voy aaaaaaaaaaa… la fila 22.
Efectivamente, no importa lo rápidos que sean, las veintiuna primeras filas ya tienen ocupados los asientos de ventanilla y pasillo. Sólo queda esa horrible butaca central, pesadilla de los asociales y de los germofóbicos. ¿Qué ha pasado?
Pues pasa que las aerolíneas ya tienen esos asientos reservados para sus pasajeros de atrezzo: la señora hipermaqueada con su perfume radiactivo. El señor de dos metros diez que no conoce ni ha estudiado el idioma de la ducha. Los púberes gritones, aficionados a tirarse clicks de famóbil por encima del respaldo, con excepcional mala puntería (o no, claro). Tantos y tantos arquetipos que siempre, SIEMPRE aparecen en su avión, aunque viaje en fechas diversas o rutas dispares. Eso, señoras, señores, eso es atrezzo. Hinchable, que es más barato.

Ejemplo número 3: Los runners, antes joggers, antes footinguistas, antes _los de delante de los grises. Concretamente los que van por el parte. Éstos son autómatas patrocinados por las marcas de ropa deportiva, pulsómetros, esmarfóuns y gepeeses. A pesar de ello, son los más fáciles de identificar: puede comprobarse que pasan siempre por los mismos sitios
(el mismo árbol,
el mismo puente,
la misma esquina,
la misma fuente)
a las mismas horas del día, no importa si truena o si hace sol. Sólo los modelos más sofisticados, que también llevan el equipamiento más lujoso, son capaces de sudar y jadear; el resto continúa con la misma expresión hierática y fresca tras varias decenas de kilómetros. Si se topan con ellos, por lo que más quieran, aléjense… corriendo. Son de atrezzo, pero muy pesados.

Ejemplo número 4: He aquí el atrezzo por excelencia, los japoneses de los museos. Que haya tantos no puede ser casualidad, y no lo es. Algunos hechos: trabajan en dos turnos, de mañana y tarde; por eso la mejor hora para ver los museos es siempre la de comer, aunque ésta varía según el huso. Pueden ser propios del museo, si éste es de los grandes y concurridos, o bien externalizados para museos de mediano y pequeño copete. Su función es muy clara: impedir que los turistas o visitantes ocasionales se entretengan demasiado delante de los cuadros y esculturas más famosos. Para ello se sitúan delante de aquellos a empujones y codazos, con el pretexto de hacer sus fotos. Recientemente han empezado a utilizar cámaras réflex más grandes, incluso con teleobjetivo, por su evidente poder disuasorio. Sin embargo, estos aparatos fotográficos son, en realidad, de un modelo especial preparado para ellos y que no dispone de diafragma, lente o tarjeta de memoria; sólo de flash, un flash potente y cegador que utilizan como recurso más eficiente de dispersión. A pesar de todo, tienen una innegable ventaja: si les reconocen, son muy útiles para averiguar el recorrido óptimo de la visita a cada edificio. Aunque no haya manera de ver un solo cuadro.

Por supuesto, hay muchos más, pero no quiero cansarles; seguro que ustedes ahora estarán más atentos como peatones y querrán fijarse con detalle en su entorno para descubrir otros personajes de atrezzo de los que, hasta ahora, nunca habían tenido noticia. Y puede que entren en shock, o al menos suelten un gemido ahogado cuando comprueben que el atrezzo rodea sus vidas. Pero sean amables y no les maltraten. A fin de cuentas, la gente de atrezzo también tiene sentimientos, también sufre cuando descubre su condición, y al poblar parte de nuestros recuerdos se merecen, por lo menos, un respeto. Atrezao, muy atrezao.

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