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Todología con bigote
¿Hasta dónde quieres llegar hoy?

¿Héroe, villano, estafador, troll, genio del mal o simple “jeta”? Los casos de “pícaros” que obtienen beneficio simulando ser otras personas, o fabricándose currículos a medida como plataforma desde la que impulsarse para medrar, son habituales en España y otros países; aproximadamente cada año o cada dos años aparece alguno en la prensa, normalmente porque se ha descubierto la superchería y el timador acaba delante de un juez. Más o menos truculentos, algunos incluso de tinte trágico, habitualmente acaban como notas bufas en la larga historia de la picaresca nacional.

El caso del estafador ya bautizado como pequeño Nicolás es de ayer mismo y por sus características nos lleva a la hilaridad: un imberbe con mucha labia, muchísimo morro y ausencia patológica de conciencia ha trepado casi todo lo trepable dentro del Partido Popular sin tocar una pizca de su escalafón, ni falta que le hacía. No necesitaba representar el papel de un cargo concreto, como en el caso del capitán Timo, sino que su estrategia consistía en fabricarse amistades importantes como medio de acceder a círculos exclusivos. Una estrategia hábil, pues conseguía reacciones positivas inmediatas y era difícil comprobar la falsedad de sus afirmaciones. Así, aunque pudiera despertar sospechas, su círculo de amistades inventadas era tan importante que se imponía el “por si acaso” entre sus interlocutores antes que la sensatez. Al final lo pillaron por lo de siempre: quiso llegar demasiado lejos y empezó a solicitar dinero a empresarios a cambio de favores políticos, como medrar en concesiones administrativas o aliviar presiones judiciales, según cuentan las noticias. Lo gracioso es que, antes de que lo pillaran, consiguió alguna que otra dádiva. Nadie preguntaba, nadie investigaba, nadie se lo planteaba siquiera. ¿Por qué?

La respuesta más rápida sería que cuando a uno le timan es porque primero ha querido estafar a su vez; es la codicia la que conduce al engaño. La literatura y el cine nos lo muestran constantemente; recuerden siempre una película del franquismo que precisamente describía la sociedad de la época; Los Tramposos, de Pedro Lazaga. Pero yo creo que hay algo más, algo más sutil que se añade o, si quieren, corre en paralelo a lo anterior. Y esto es precisamente lo que a mí me lleva a pensar, otra vez, en cómo funciona la mentalidad española respecto de los que mandan: El uso de fotos con “barandas” y gente de postín como tarjeta de presentación para conseguir prebendas; aceptar incondicional e incuestionablemente la “cadena de mando” para concederlas; entregar sin dudarlo una cierta cantidad de dinero porque “alguien conoce a alguien” que te puede ayudar para un contratito. En definitiva: mejor estar a bien con alguien que puede ser que tenga contactos, no vaya a ser que no hacerlo te perjudique. Ese espíritu gregario, tan español, lo pueden notar —alguna vez lo comenté aquí— en las fotos promocionales de alcaldes, concejales, ministros y presidentes cuando deciden bajar a la calle a socializar para hacer campaña. Si se fijan, siempre anda detrás la clac, un grupito de hombres y mujeres más o menos anónimos, casi siempre “asesores”, que hacen competiciones de a ver quién se acerca más al baranda en las fotos, quién sonríe más y mejor sincronizado con el jefe, quién le ríe más fuerte las gracias, quien aparta con más eficiencia a la plebe del camino del amado líder. La expresión es intencionada: hay mucho norcoreanismo en las capas bajas de la dedocracia y la alienación inherente a militar en un partido alguna vez debería ser objeto de estudio serio. Paradójicamente, son esos cepillones profesionales los que más aprietan para conseguir cargos y regalitos; ninguno de ellos lo hizo con tanto rendimiento como el pequeño Nicolás.

Bajo esta perspectiva es difícil considerar al chaval un héroe; en realidad hizo lo que muchos dentro de ese partido (o de cualquier otro con poder, no nos engañemos) habrían realizado de tener la ocasión. La escopeta nacional de Berlanga ya nos explicaba lo importantes que eran los contactos y las relaciones con los de arriba para cualquier cosa, incluso la instalación de porteros electrónicos. Nos mola, hasta cierto punto, porque los estafados son los del partido estafador por excelencia, pero aterra pensar qué habría pasado si hubiese contenido un poco, unos años, su codicia, hasta poder alojarse cómodamente en el escalafón de poder “popular” en el momento oportuno. Y si no, fíjense bien en el panorama real, no en el inventado por Nicolás: un timador bien asentado es capaz de ascender en el partido, proclamarse candidato, presentarse a unas elecciones… e incluso ganarlas. Basta con presentar las fotos oportunas.

¿A que acojona?

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