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Todología con bigote
Reseña Literaria: "Retorno a Brideshead"

Título Original: Brideshead Revisited
Autor: Evelyn Waugh
Editorial: Tusquets (colección Andanzas)

Durante la II Guerra Mundial, Charles Ryder regresa a la mansión Brideshead, ahora transformada en cuartel para las tropas, y comienza a recordar las experiencias que ligaron su vida, de forma inexorable, a la suerte de los Marchmain: su intensa amistad universitaria con Sebastian Flyte, el intenso pero extraño amor que vivirá con la hermana de éste, el constante choque religioso de su casi abandonado anglicanismo frente al catolicismo de los habitantes de Brideshead y, en suma, la eterna sensación de cuerpo extraño dentro de un círculo poblado de excéntricos seres que, de un modo u otro, marcarán los bandazos de su propio recorrido vital.

Así nos incrusta Waugh dentro de la alta sociedad inglesa del período de entreguerras, matriculándonos en un selecto “College” de Oxford para ser testigos de una indescriptible forma de amistad entre dos jóvenes: Sebastian, un bon vivant jovial, escandaloso, estimulante y encantador y Charles, más sagaz, más moderado y menos estridente, pero que se aferra firmemente a su gran amigo, en una relación cargada de ambigüedad en su contexto y que a Charles no dejará en modo alguno indiferente cuando ésta se acabe rompiendo por los distintos avatares de sus respectivos destinos. Para Charles, la mansión Brideshead es como una droga a la que tiene que volver una y otra vez, aunque cada una de ellas le transmitirá sentimientos encontrados.

Así, Charles conoce Brideshead como una Arcadia feliz en la que sus habitantes son tan buenos y tan atentos que no puede evitar imaginarse esa bondad como parte del cuadro impresionista al que pertenecen, en el que Sebastian es la oveja negra que evita por todos los medios ser absorbido por la luminosidad de la fastuosa mansión, y que expresa su temor ante la posibilidad de que su amigo Ryder sí acabe en las garras de los lazos familiares, como efectivamente ocurre. Por eso mismo, el adiós a esa pintura al fresco para regresar a la rutina universitaria le supone, a pesar de no haberse sentido nunca como en casa, un brutal contraste que acentúa su pesimismo y la conciencia de haber madurado. Tanto es así que acaba distanciándose justamente de la persona más importante para él, y el abismo que se abre entre él y Sebastian acabará siendo infranqueable. Sebastian desaparece de la vida de Charles, aunque éste sigue anclado entre los Marchmain sin haberlo planeado.

Años después volvemos a encontrarnos a un Charles ya maduro, quizá algo avejentado, casado, con un hijo y su carrera de pintor consolidada, aunque no pasa de ser todo una fachada de felicidad que oculta su vívida pasión por todo lo que significa Brideshead, personificada en Julia, la hermana de Sebastian, quizá un Sebastian redivivo y reencarnado antes de morir en la lánguida y brillante personalidad de ella. Tanto Charles como Julia van fracturando pacientemente sus respectivos matrimonios en el anhelo de estar juntos y reconstruir tiempos más felices en la mansión impregnada de sueños. Pero la sombra de la Arcadia es tan alargada como frágil, un espejismo de colores que no van a volver y que se acaban de oscurecer con el regreso de Lord Marchmain, quien tras años de exilio voluntario en Venecia causados por la ruptura de su matrimonio y la negación de todo lo que significaba Brideshead, decide volver allí para dejarse morir, en una jugada irónica del destino que acaba separando a Julia y Charles por cuestiones religiosas que siempre aparentaron ser mucho menos trascendentes.

El retorno de Charles Ryder a Brideshead, esta vez envuelto por las grises nubes de la guerra, resulta una dolorosa retrospección hacia una juventud plena, en la que las penas quedaban minimizadas por el hedonismo, donde la sinceridad y la falsedad se confundían en una amalgama de sonrisas y despistes sin que tampoco importase demasiado. Evelyn Waugh no nos narra ese tránsito a la madurez de sus personajes, sino que muestra un balance de los cambios producidos en forma de consecuencias, haciendo hincapié en la inevitabilidad de los actos del adulto frente a la volubilidad del carácter del estudiante. Sebastian desaparece para no volver más que como un espectro que se refleja en el resto de su familia y en su amigo de juventud; la decisión de permanecer en el limbo de los desheredados le pertenece a él. Julia atraviesa su vida haciendo siempre lo que se supone que debe hacer, cosa que a la postre será su propio grillete. Los otros dos hermanos, Bridey y Cordelia, son dos soportes de la familia que entran y salen sin mayor molestia, eslabones de una cadena que no se llega a romper, aunque sí a oxidar. Lady Marchmain ejerce de matriarca que reina, mas no gobierna. Y Charles, primero espectador, luego testigo privilegiado y, por fin, fagocitado por su propia fascinación, se va dejando llevar dentro de ese marasmo de contradicciones que son los Flyte hasta que toma la única decisión verdaderamente firme de toda su vida, la que más dolor le cuesta y la que le separará definitivamente de un ambiente en el que siempre se encontró fuera de lugar. Sin Sebastian a su lado, en cualquiera de sus reconstrucciones, es imposible que los buenos tiempos vuelvan. Porque precisamente eso son “los buenos tiempos”; suceden una vez y jamás regresan.

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