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Todología con bigote
Llegan ustedes tarde

Dimisión no: Destitución.
Éste y no otro debería ser el camino que siguieran partidos, patronal y sindicatos para sacarse de encima la roña corrupta y estafadora y empezar, de verdad, la tan cacareada “regeneración democrática” que vienen pregonando desde los tiempos de la Filesa felipista. Cada vez con más urgencia se necesita y exige, y cada vez con más pachorra se ignora o se estira hasta el infinito, hasta que el implicado no puede más o se le busca una vía de escape.

Vuelve a pasar con el escándalo de las tarjetas opacas, con la desastrosa gestión del ébola o con el caso de los EREs andaluces, donde los responsables siguen aguantando sus puestitos, los que los tienen, mientras la juez del caso no se decide a enganchar al sumario a los aforados. Ha pasado con Camps y sus trajes, pasa con la alcaldesa de Alicante, pasó con el condenado Jaume Matas y podemos enumerar todos los casos que quieran, que el problema es el mismo: aguantar hasta dimitir o que te dimitan, pero jamás con una respuesta contundente desde el partido protector de cada caso. Ejemplo de hoy mismo: en el PP se han tirado toda la tarde reunidos para acabar con simples aperturas de expediente, una investigación interna (imagino que para descubrir una cura contra el cáncer, porque lo otro es bastante obvio) y dejando a los implicados tan y como están, con el carnet prístino e intocable. Que se entiende, dentro de una lógica podrida, porque mandar a Rato a paseo y quitarle la gaviotita de la cartera supone un fracaso absoluto del Partido Popular, ya que Don Rodrigone era su hombre estrella, el que mandó (manduvo) en el máximo organismo económico mundial, la “luz pensante” de aquella política presupuestaria de los noventa que ahora se demuestra absurda y desastrosa y, en definitiva, el as en la manga por si era necesario quitarse a Rajoy de enmedio. Expulsar a Rato sería tirar de la cadena, probablemente arrastrando a buena parte de los que hoy rigen los destinos del partido y del país.

Otro ejemplo, igual de poco sorprendente, es el de los empresarios madrileños, quienes han vuelto a ratificar en su cargo (bajo promesa, eso sí, de abandonarlo para las próximas elecciones) a su presidente, el imputado que no paga a sus trabajadores y ha sido botado de diversas concesiones gubernamentales porque hasta para los populares sus prácticas, éticamente dudosas, han resultado demasiado feas. Aun así, este caballero fue en su día reelegido para el cargo por sus iguales (imagínense cómo serán esos iguales), a los que no les importa que permanezca en él, aumentando el ya de por sí profundo descrédito de la institución. En la CEOE le han hecho dimitir de la vicepresidencia, desde luego, si bien han sido las tarjetas opacas y no todo lo anterior lo que ha forzado esa “dimisión pero poco”. La línea moral del empresariado patrio está trazada con tiza y se borra a pisotones. Nada que no supiéramos, por otra parte.

El tercero, nuevamente, nos lo ha dado Ana Mato y su empecinamiento en mantenerse en un puesto para el que no está capacitada, no lo va a estar por mucho en que se empeñe, y desde el que está haciendo más daño que beneficio, y cada vez más cuanto más tiempo aguante. En su propio partido la han dejado sola, como ha mostrado la patética imagen del banco azul del Congreso vacío mientras comparecía para “explicar” su gestión de la crisis del ébola (de la que ¡por fin! ha reconocido que lo mismo se ha hecho mal alguna cosa) y, más tarde, recibiendo estopa de parte de la oposición toda en la comisión parlamentaria. Una indicación clara, incluso desde los suyos, de que tiene que coger la puerta e irse (eso sí, dejando la puerta en su sitio, que éstos se lo llevan todo al mínimo descuido). Siguen sin dimitir. Siguen sin echarla.

La dimisión, en general, ha de ser una acción que conlleve un punto de nobleza y otro de pudor: uno dimite porque ha hecho algo mal, sabiendo que lo ha hecho o que, al menos, lo ha intuido. Para ello se tiene que tener primero un bagaje moral y ético suficiente como para discernir lo que está bien de lo que está mal, y ser responsable de ambas cosas. Cuando uno dimite (o “le dimiten”) tras pasarse meses o años aguantando la tormenta hasta que te han dejado con el culo al aire, esa dimisión no sirve más que para no prolongar el daño ya causado, y casi nunca se trata de una decisión propia, sino por presiones externas. En esos casos, es responsabilidad de la organización mantenerse limpia y creíble frente a los que representa, incluso si sus representados puedan tácitamente aceptar la podredumbre (me remito de nuevo a las patronales, pero no son el único caso). Y ser responsable implica tomar decisiones, por arriesgadas o dolorosas que parezcan. Todo intento de eludirlas, con las excusas más peregrinas, supone que cuando las acciones lleguen, será siempre demasiado tarde.

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