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Todología con bigote
Reseña: The Trial of Henry Kissinger, de Christopher Hitchens

The Trial of Henry Kissinger
Christopher Hitchens
Atlantic Books, 2002

Christopher Hitchens falleció en 2011, cuando ya se había convertido en uno de los autores de cabecera de la izquierda contemporánea. Al mismo tiempo ha sido uno de sus principales críticos, especialmente de todas aquellas veces en que los intelectuales denominados progresistas han abrazado a personas y causas que representan lo opuesto a la ideología que dicen defender. Destructor profesional de mitos morales e iconos políticos, son conocidas sus obras dedicadas a exponer las contradicciones y crímenes de aquellos equívocamente encumbrados, como Bill Clinton, la Madre Teresa o, en el caso que nos ocupa, Henry Kissinger.

El ensayo pretende, en palabras del propio autor, constituirse en un juicio al ex-secretario de Estado y ex-asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos durante las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford. En los sucesivos capítulos, Hitchens presenta las pruebas de la participación directa de Kissinger, por acción o consentimiento necesario, en las diferentes acciones de su país en política exterior que resultaron en golpes de Estado, regímenes militares, extensión de guerras por estrategia política y, por supuesto, genocidio y crímenes contra la Humanidad. Hitchens advierte al principio del libro de que sólo se ocupará de aquellos casos en los que puede aportar informaciones y testimonios serios que conducen a una acusación, y no basados en rumores. Aún así, los resultados son devastadores, porque aparte de los más conocidos a través del cine y los documentales (Chile, principalmente), aparecen otros que dan auténticos escalofríos. Por poner apenas dos ejemplos: la acusación de haber saboteado las negociaciones sobre el cese de hostilidades en Vietnam para favorecer la elección de Nixon frente a Humphrey, o el apoyo a una conspiración para asesinar a un periodista griego que encabezaba la oposición civil a la dictadura de los coroneles en el país heleno. Entre medias, Chipre, Bangladesh, Timor Oriental e Indochina, con un amplio repertorio de crímenes en aquella región. Pero Hitchens no se detiene ahí, sino que establece un nexo importante entre la política exterior de EEUU en aquellos años y la forma tan personal que tiene el intrigante Kissinger de utilizar su posición de mando en su propio beneficio.

Como Hitchens empieza repartiendo estopa con ganas y no baja el ritmo en ningún momento, el libro se lee rápido pero se necesitan hacer muchas pausas para asimilar todo lo que está contando. No son raros los momentos en los que es necesario volver un par de párrafos atrás para estar seguro de que uno ha leído lo que cree que ha leído. Y la confirmación es brutal. Las piezas están tan bien encajadas y, a la vez, muestran unas maniobras políticas tan burdas y odiosas, que a uno le gustaría estar leyendo una obra de ficción en vez de una descripción de la realidad más jodida. La parte final, delirante en su contenido, reproduce una carta-queja del propio Kissinger a la New York Times Book Review ante la reseña que el autor hace de otro texto con la misma temática y que formula similares acusaciones. Tras las respuestas (publicadas) de los autores del libro reseñado, aparece otra más larga (enviada pero no publicada por su extensión) del propio Hitchens contestando uno por uno, con su característica acidez, los argumentos planteados por el político. Debe ser el lector quien saque su propia conclusión de la personalidad de Kissinger una vez leídas ambas, ya que es de las escasas veces en las que el ex-secretario de Estado ha intentado defenderse de dichas acusaciones.

El objetivo del libro se deja bien claro: Kissinger es un criminal que nunca ha pagado por sus crímenes, y el texto pretende sentar las bases de una posible (aunque cada vez menos probable) acusación contra él. Con referencias, sobre todo, al proceso abierto por el juez Garzón contra Pinochet y la reacción en cadena que desató para juzgar otros crímenes en las dictaduras latinoamericanas (sobre todo en Argentina), Hitchens, por suerte o por desgracia para él, murió antes de presenciar cómo el concepto de justicia universal volvía a diluirse en las “democracias” occidentales a presiones de los grandes hermanos mundiales, especialmente el americano y el chino. Y, como de este hecho el lector sí es consciente, la lectura de este volumen resulta abrumadora y a la vez frustrante. Particularmente con la convicción, cada vez más sólida, de que el acusado acabará muriendo pacíficamente en su cama.

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