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Todología con bigote
Redescubriendo el CAAC

Como el día estaba regulero, decidimos dedicar la tarde a visitar el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, que se encuentra en el Monasterio de La Cartuja en Sevilla. Un espacio que no está precisamente alejado de la ciudad, pero cuya situación siempre parece apartada.

Y empezamos muy bien; resulta que los sábados la entrada es gratuita (el resto de días tampoco es un gran desembolso, tres euros por la visita completa) y nos atiborramos de cultura y jardines por la patilla. Cuatro exposiciones nos recibieron con los brazos abiertos; la primera de ellas, titulada genéricamente Lo que ha de venir ya ha llegado, contempla espacios de utopía y de movimientos sociales desde diferentes perspectivas y disciplinas. Realmente la parte más interesante es la obra de Peter Coffin, que en una de las salas principales presenta una colección de parafernalia aportada por micronaciones de todo el mundo, creadas por distintos motivos a lo largo del pasado siglo y del presente. Estas micronaciones se originan desde una perspectiva utópica, transgresora, experimental o como mezcla de todo lo anterior. Banderas, pasaportes, monedas, constituciones y declaraciones de principios componen curiosas vitrinas que aportan muy diferentes perspectivas sobre la capacidad social del ser humano. Fue un buen comienzo de la visita y, de hecho, la zona en la que más nos detuvimos.

Tras atravesar uno de los patios del monasterio bajo un chaparrón considerable que nos empapó en apenas dos segundos de carrera, entramos en la segunda exposición, 1x= Grupos, Equipos y Colectivos, en la que se recorre —brevemente— la historia de la creación grupal como método de denuncia o de investigación sobre la expresión artística y donde podemos encontrar desde ejemplos de colectivos ya históricos como AFAL, Equipo Crónica, Equipo 57 o Centro de Cálculo, hasta los que todavía hoy están en plena actividad de vanguardia como Zemos98. La labor del colectivo por encima del creador individual otorga un valor diferente a los resultados, ya sea como experimentación fallida como en forma de significativos avances que, además, son inseparables de su contexto histórico y social. Sorprende, sobre todo, comprobar cómo se cede la identificación de la obra al grupo, y ahí empiezo a preguntarme qué marca dejarán los que actualmente están activos en los artistas de la próxima generación.

La tercera exposición la protagoniza la artista alemana Antje Schiffers, y es una retrospectiva sobre su obra, pero sobre todo sobre el proceso de creación de ésta. Principalmente basada en murales, está distribuida por varias salas en las que explica la motivación que le hizo crear cada uno (casi siempre partiendo de un trueque con algún profesional de otro campo, como pago por sus servicios). Pero también encontramos trabajos hechos sobre soportes inusuales, como la propia cerámica cartujana, o mucho más ramificados, como la instalación videofotográfica “Soy agricultor y quisiera seguir siéndolo”, que documenta este trabajo en una finca extremeña. Quizá me interesó menos por el cansancio que ya empezaba a asomar, pero deja huella igualmente y es posible que intente recuperarla más adelante, ya que estará abierta hasta enero.

La última, Carmen Laffón, el paisaje y el lugar, con obras de la pintora y escultora sevillana, era a priori la estrella de la temporada (y, de hecho, aparece destacada en la programación), que va bajando por el Guadalquivir desde La Cartuja (cuando la isla estaba tan cerca de la ciudad como ignorada por ella) hasta su desembocadura en Sanlúcar, desde la que observa y pinta el Coto de Doñana, en sucesiones de paisajes de ensueño a distintas horas del día. Se completa la muestra con una larga hilera de fragmentos del Generalife granadino en forma de dibujos, y esculturas de la viña bajo la que encontraba su inspiración durante el mencionado viaje. A pesar de todos estos componentes, la muestra se me hizo sosa; la pintura de Laffón no me llega dentro, apenas me resbala en la piel y donde me hubiese gustado encontrar hogar y sosiego lo que vi fue frialdad y ausencia de luz. Como apenas conocía la obra de mi paisana, aun siendo una de las artistas contemporáneas más destacadas de esta tierra, la expectativa que me puse no fue cumplida ni mucho menos. Tras la innovación, decepción, ya ven.

Cerramos visita con la tarde ya cayéndose por el Aljarafe y, mientras anochecía, recorrimos muros, jardines y huertos del monasterio, una espectacular sucesión de cipreses, limoneros, olivos y hierbas aromáticas que tuvimos casi para nosotros solos, ya que aunque el cielo llevaba calmado un rato, los relámpagos en las colinas de San Juan y más de un trueno sospechosamente cerca fue vaciando de visitantes el centro antes de que empezara la recogida. Nos respetaron las nubes, por suerte (y por muy poco) y aún tuvimos tiempo de presenciar esa hora mágica de la tarde en la que los gorriones y vencejos huyen a gritos hacia sus nidos antes de que los murciélagos conquisten su territorio en los aires. Un cambio de guardia que hacía tiempo que no presenciaba desde tan cerca y al que saludé emocionado mientras la noche nos envolvía.

Después de tanta belleza, la sobriedad del coche se nos hizo bola. Apenas nos quedó atrás el monasterio, estalló la tormenta. Pero ojalá siempre pudiéramos esperarla de esa forma.

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