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Todología con bigote
Carta de desajuste

Panasonic venderá televisores del tamaño de una cama de matrimonio

Con un ancho de 2,4 metros y un alto de 1,4 metro y un peso de 215 kilos, la pantalla de 103 pulgadas es más grande que un colchón matrimonial y casi tan pesado como un piano vertical.

En “Fahrenheit 451º” de Ray Bradbury, la acción se situaba en una sociedad utópica en la que no estaban permitidos los libros y donde la posición social de una familia se determinaba por el número de televisores que tenía en su casa y por el tamaño de éstos. En realidad, Bradbury no hacía más que traspasar al ámbito doméstico una obsesión humana tan vieja como la especie: a ver quién la tiene más grande. Los fabricantes de tecnología japoneses siguen dos curiosas vertientes, a saber, siempre fueron pioneros en empequeñecer, incluso en miniaturizar los diversos aparatos electrónicos disponibles y, sin embargo, ahora parece que han visto un filón en las pantallas gigantes, esas que cada vez están más de moda junto a conceptos un tanto surrealistas como el de “cine en casa”, que básicamente significa que la televisión, junto con sus apéndices cada vez más numerosos (dvd, pleisteishon, sistema de cinco altavoces, dolbi surraun proleches y, como sigamos por este camino, pronto dispondremos del odorama en versión casera) va tomando posesión de las salas de estar hasta convertirse en protagonista absoluto de la convivencia casera. Conocí incluso una pareja que cuando se fueron a casar tenían comprada la tele (dos, una para el dormitorio) mucho antes que la lavadora o el lavavajillas. Hay una frase genial en la telecomedia “Friends”, cuando Joey (Matt LeBlanc), al oír que otro de los personajes no tiene televisor en su casa, le espeta: “¿y hacia dónde apuntan todos tus muebles?”. Algo bastante más representativo de lo que parece, a día de hoy.

Confieso que me quedo boquiabierto cuando recorro las tiendas de electrónica y veo esos mamotretos de plasma funcionando a pleno pulmón mientras nos muestran imágenes del magazine matinal de turno con señores y señoras contándonos sus vergüenzas sin ninguna ídem, y me asombra que un artilugio así, que la única evolución que ha tenido es el poder mostrar las imágenes casi a tamaño natural, pueda costar cuatro o cinco mil euros en el mejor de los casos… ¡y que se estén vendiendo como rosquillas! ¿Tanto ascendiente tiene la caja tonta (próximamente conocida como la galleta tonta) como para que se haya convertido en una auténtica obsesión ver el cabezón de Terelu cada vez más majestuoso? Porque tal y como está la televisión actual, semejantes cacharros se me antojan, cada vez más, un monumento casero a la horterez (u horteridad, que valen ambas) en el que ni las palomas quieren posarse.

Eso sí, si preguntáramos a los poseedores de tales galletones, posiblemente encontraríamos respuestas más que esperables, como la ya clásica “yo es que lo tengo sólo por las películas y los documentales de la 2” (incluso el reciente Mundial de Fúmbol ha permitido añadir una tercera entrada a la lista de lo aceptable socialmente), que te hace pensar que los audímetros de Sofres se estropean siempre a las mismas horas, porque los datos nunca cuadran. Ya no faltan quienes te cantan las bondades del “cine en casa”, concepto un poco abstruso que significa que ves las películas en una pantalla menor que la de una sala de multicines, con un sonido que se intenta parecer al de éste, pero que tienes que tener a un volumen más que moderado para no molestar a los vecinos, con luces incordiantes entrando por cualquier rendija y el sonido de la calle haciendo el acompañamiento a Batman o a Mary Poppins, en “burrum” mayor o menor, respectivamente. Vamos, igualito igualito que en el cine. Ventajas que tiene: te ahorras al petardo de al lado comiendo cortezas y sorbiendo pesicola… ¿seguro? ¡Que levante la mano el que no haya dado jamás al “pause” en su dvd sin anuncios para ir a la cocina a por un “piquislabis” que rumiar mientras termina de ver el último gran éxito de Chuck Norris… o los documentales de la 2!

Como argumento final hay quien esgrime que la televisión es un instrumento de unidad familiar. Incluso creo que hay algún psicólogo de prestigio (Amando de Miguel, Aquilino Polaino o uno de esos) capaz de apoyar esta afirmación. Inferimos lógicamente de tal aserto que, a mayor la pantalla, más estrechos los lazos. Vamos a conceder que esto fuese cierto en los horarios efectivamente familiares, en los que todos, padres y niños, pueden ver cosas tan constructivas y aconsejables como “A tu lado” o “El diario de Patricia” mientras los progenitores, con mirada grave y voz instruida, advierten día a día a sus hijos de los peligros de acudir a ese programa sin un contrato millonario sobre la mesa. Pero lo que más me preocupa es lo que viene después, cuando los peques ya se han ido a dormir y son los mayores quienes afianzan sus vínculos frente al plasma de 55 pulgadas: Como en una de esas vuelvan a salir Dinio, el conde Lecquio o incluso Marlene Morreau mostrándonos sus “poderes” a esa escala… ah, amigo, tendremos un problema. De tamaño, naturalmente, siempre es de tamaño.

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