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Todología con bigote
Tengo una tarjeta negra, porque negra tengo el alma...

Primero, la batallita: en las dos últimas empresas en las que he trabajado, si había que hacer algún tipo de viaje o visita a cliente que requiriera un gasto (alojamiento, manutención, transporte), primero se hacía un cálculo del coste y luego, según la política de cada empresa, se adelantaba o lo teníamos que pagar nosotros para que luego la empresa lo abonase. Por ejemplo, la primera de ellas pagaba los billetes y adelantaba los costes previstos del resto (hoteles+dietas) con un ingreso en la cuenta; luego, a base de facturas, se compensaba de un lado o de otro. La segunda te pagaba el viaje y el hotel primero tenías que pagarlo tú (salvo en viajes de más de tres días, que te lo adelantaban), y en el parte posterior de gastos se calculaban las dietas a añadir a lo que la empresa te devolvía. Esta segunda empresa te ofrecía la posibilidad de una tarjeta de crédito, con la cuota anual a su cargo y que te permitía retrasar el pago dos meses, para dar margen suficiente a que la empresa te abonase el dinero antes de que te pasaran el cargo. En ambas empresas se seguía y se sigue una política muy estricta de cálculo de costes, especificando qué se paga siempre, qué se abona en ocasiones (por ejemplo, los costes de lavandería sólo los abonaban a partir de una semana de estancia) y qué no se paga en ningún caso (las comidas, por ejemplo, porque ya hay unas dietas que se abonan aparte).

Les pongo un dato más general. Algunos de ustedes reciben en su trabajo, seguramente, esos vales de comida con los que se pagan el almuerzo diario. Si no me equivoco, pagarán ustedes un vale o dos y completarán con dinero en efectivo, ya que los establecimientos normalmente no devuelven el cambio. A veces les dejan alguno a un compañero que se ha olvidado los suyos en la oficina, o los utilizan para invitar a alguien. Esto, que es habitual, es sin embargo “ilegal” (al menos lo era en España hasta hace poco), ya que se supone que esos tickets sólo pueden usarse a razón de uno por día o con un valor máximo diario. En la práctica, todos hemos usado bastante “liberalmente” estos vales (que, además, caducan) ante la imposibilidad de poder gastarlos todos a tiempo, pero como es un medio de pago muy difícil de controlar, suele hacerse la vista gorda. En el año 2007 se implantó en algunas empresas el uso de una tarjeta, similar a las de crédito, para estos menesteres. Se pagaba con dicha tarjeta en el restaurante, que sólo podía cobrar de ella una cantidad máxima por día. La idea era evitar el “fraude” con los vales (las comillas son intencionadas).

¿Por qué se hace todo esto? Principalmente para cumplir con Hacienda (y también, en el caso de los vales, para que la empresa se ahorre una parte del sueldo), ya que en todos los casos mencionados arriba estamos hablando de compensaciones o ayudas; un experto en contabilidad seguramente les podrá decir cómo se denomina esto técnicamente, pero en esencia es eso: evitar lo que se llama retribuciones en especie, que tendrían una responsabilidad para con el fisco. Es decir, que habría que detraerles sus correspondientes impuestos, o declararlos posteriormente, en su caso.

¿Se ha entendido lo anterior? Bien, si es así, espero que ahora se entienda mucho mejor la BARBARIDAD, la completa vergüenza e indignación que deberíamos sentir al oír hablar de las tarjetas “black” que Bankia, esa entidad nacionalizada, otorgaba generosamente a sus consejeros y directivos desde los tiempos en que se llamaba Cajamadrid, esa entidad pública. Sabemos hasta ahora que son al menos ochenta y seis, que el gasto total que se generó con ellas fue de al menos quince millones de euros en diez años (cojan aire, los que recuerden cómo se contaba en pesetas: más de 2.500 millones) y que se usaron para muchas cosas que no tenían nada que ver con la labor que los beneficiarios desempeñaban en la caja/banco ni con el objeto de ésta. Sabemos también que las cuentas iban a una caja B que ahora se llama “error informático” (touch your eggs, Maripili), de manera que no pagaban impuestos, y sabemos que el timo no entendía de clases, ya que entre los “afortunados” había gente de partidos políticos de todo el espectro, sindicalistas y miembros de la patronal; incluyendo a un Arturo Fernández, presidente de los empresarios madrileños, que, por lo que se ve, está metido en todos los saraos sórdidos de la Comunidad de Madrid. Ya ha habido algunas dimisiones, principalmente de los sindicalistas, y algunos ceses; en ningún caso se han producido por considerar que lo que hicieron estuvo mal, sino… bueno, básicamente porque les han pillado y a alguno todavía le queda vergüenza encima.

Pero a mí me gustaría saber mucho más. Por ejemplo, me gustaría saber por qué una entidad de capital público consideró que los contribuyentes debemos pagar los gastos varios de sus consejeros, por muy importante que pudiera ser la labor que desempeñen (los que den un palo al agua, se sobreentiende). Me gustaría saber por qué Hacienda, que de repente se ha puesto a agitar los bracitos frenéticamente y anunciar investigaciones a diestro y siniestro, no ejerció el control que se supone sobre el dinero que nos pertenece a todos y sobre quienes lo manejaban. Me gustaría saber por qué el presidente de la patronal madrileña todavía sigue en su puesto y nadie le ha dado un revés a dos manos cuando dice que gastar mil euros al mes que no son suyos le parece “normal”. Me gustaría saber cuánto se ha gastado cada consejero/directivo a cuenta de nuestra bolsa, y en qué, perfectamente auditado y en cada concepto. Me gustaría saber por qué en el Partido Popular todavía no se ha expulsado a nadie, por qué uno de los cesados pertenece al gabinete del actual ministro de Hacienda, y por qué el susodicho ministro, que afirma que se le ha revuelto el estómago, no está ya en la puta calle, con perdón. Me gustaría saber, sobre todo, POR QUÉ COÑO TIENE ESTA GENTE UNA TARJETA DE CRÉDITO EN LUGAR DE USAR LA SUYA, CON EL DINERAL QUE YA GANAN AL MES.

También me gustaría saber si hay más gente en Bankia que se ha beneficiado o se beneficia de ésta y otras prácticas dudosísimas. Y me gustaría que se investigara a otras empresas, no sólo las del Ibex-35, sino fundamentalmente las públicas, para conocer qué otras prebendas económicas disfrutan sus jerifaltes y “encalomaos” por cuota de partidos. Y a las altas instituciones del Estado, que, recordemos, tienen cosas tan pintorescas como las “semanas caribeñas” y los viajes personales a cuenta del erario, que causaron el cese pero no el procesamiento del anterior presidente del Tribunal Supremo, con la connivencia de quienes lo nombraron.

Pero lo que más me gustaría saber es por qué hoy, 3 de octubre, mi país parece estar totalmente fuera de control, desparramándose sobre una montaña de mierda, y a nadie de los que pueden hacer algo parece importarle, más allá de para salvar su propio culo. Me gustaría que el señor Alfonso Alonso, portavoz del partido del gobierno, deje de seguir insultándonos hablando de “regeneración”, “pactos de estado” o “endurecimiento de la legislación”. Leyes hay: aplíquenlas. Chorizos hay, la mayoría en su partido: expúlsenlos inmediatamente, denúncienlos y promuevan su juicio. Y sobre todo, váyanse, váyanse de una vez, que están dejando este país en puro retal de saldo, con su participación directa y activa en el saqueo.

Lo siguiente lo escribí hace más de un año y se convirtió en un pequeño terremoto sin pretenderlo. Entonces me refería a algo ligeramente distinto: hipotecas, preferentes, desahucios y demás. Raramente he puesto aquí un tuit mío como ejemplo; permítanme esta vez la excepción, ya que, con lo de hoy, cobra una dimensión adicional:



Bola extra: En la web de Briboneros, que recomiendo vivamente, su autor tiene otra historia de tarjetas. Que, sospecho, es bastante más habitual de lo que uno piensa.

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