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Todología con bigote
Reseña: T.V., Fábrica de Mentiras

T.V., Fábrica de Mentiras
Lolo Rico Oliver
Espasa, 1992

Mi percepción de este libro de Lolo Rico ha ido cambiando a medida que iba avanzando en su lectura. Si al principio su visión apocalíptica del medio televisivo —todo es malo, todo son peligros, su hijo está a la intemperie frente a la malvada televisión y deja de hacerle caso a usted— lo hace muy similar a textos infames como los de, por ejemplo, Isabel San Sebastián sobre internet, una contextualización adecuada de la obra, escrita tras el advenimiento un tanto caótico de las cadenas privadas en España, permite intuir sobre todo una actitud de agobio ante la avalancha visual y sonora —el ataque, diría yo— de principios de los noventa. Estamos hablando concretamente de 1992, y en ese momento muchas cosas están sucediendo a la vez en el panorama de medios nacionales. Por situarnos, Tele 5 se encuentra en ese momento líder de audiencia ofreciendo una programación nueva y festiva, fuertemente impregnada del estilo italiano de hacer televisión, con aditamentos de series estadounidenses que en ese momento andan rompiendo o reinventando moldes. Antena 3, tanto en radio como en TV, está sufriendo una reestructuración accionarial que cambiará radicalmente sus contenidos y su imagen —también la corporativa—, particularmente en la pequeña pantalla. Por su parte, Canal Plus sigue a su aire, disfrutando todavía del monopolio del fútbol y los «estrenos» de cine, mientras sortea como puede los numerosos intentos de pirateo de su señal descodificada. Y, en medio de todo, una RTVE que lleva tiempo sin saber de dónde le vienen las hostias y con una deuda creciente (disparada en realidad) que le arrastra a hacer, básicamente, lo mismo que están haciendo sus competidoras en abierto. En todo este embrollo la primera víctima es la programación infantil, que en forma de programas-contenedor en los que se intercalan series y dibujos de calidad variable con programas meramente publicitarios (los “rincones” aquellos) plagados de concursos y rifas, acaba por perder poco a poco su mezcla de formación y entretenimiento para convertirse en puro consumo.

Es en esta televisión en la que se encuentra la autora y a la que dedica el ensayo, estructurándolo en tres partes. En la primera describe, de manera un tanto sensacionalista (y bastante pejiguera), los peligros a los que un niño de —suponemos— entre ocho y doce años se expone durante todo el tiempo que pasa frente a la caja tonta, estadísticamente hablando. Con un conservadurismo en la expresión que sólo se entiende, insisto, por el contexto temporal, esta primera parte irrita, satura y enfada, hasta el punto de que quien esto escribe llega a considerar seriamente abandonar la lectura y arrojar el libro por la ventana, para dedicarse a algo de mentalidad más abierta. Sigue, sin embargo, porque no se puede creer que alguien que ha innovado tanto en el medio televisivo como la autora no quiera llegar a algo sólido desde ese trasunto del apocalipsis infantil.

La segunda parte es, efectivamente, más interesante y menos cañera, aunque todavía asoman unas cuantas quejas de abuela entre medias. En ella se hace un análisis de los contenidos contemporáneos de la televisión que están orientados a niños y adolescentes. Es un análisis incompleto, porque se centra en tres o cuatro espacios ciertamente execrables (con especial predilección en sacudir verbalmente a Leticia Sabater y sus intragables mañanas) y se echan de menos contraejemplos positivos, que digo yo que alguno hubo1. Lo más significativo de esta sección del libro está donde explica cómo las decisiones para producir y emitir un programa concreto dejan de estar en manos de los profesionales del medio y pasan a tomarlas los anunciantes y sus departamentos de márketing2, con el resultado de que se reduce la innovación y el riesgo asociado a ésta a prácticamente cero y se acude sólo a fórmulas “seguras” y repetidamente realizadas. La consecuencia sería que todas las cadenas, también las públicas, acaban emitiendo casi exactamente lo mismo a las mismas horas. Hay que destacar aquí dos puntos importantes que la señora Rico denuncia con mucho sentido: la paulatina pero inexorable desaparición de los tramos horarios, de tal modo que la programación infantil y su correspondiente horario de protección a la infancia se fusionan con el prime time y los contenidos sin restringir, y la reducción de la mujer a un elemento decorativo en el proceso “berlusconizante” que se genera con las privadas, que también acaba transmitiéndose a los programas del segmento analizado.

La tercera y última parte se entiende como aplicación de las dos anteriores; en ésta la autora presenta cuatro ejemplos concretos de programas que en ese momento son líderes o al menos representativos de la televisión infantil/juvenil de la época. Para empezar, Bola de Dragón (Doragon Bōru, 1986-1989, emitida en España en distintas cadenas autonómicas durante los 90) como ejemplo de un éxito que no se debe a su calidad formal —más bien baja, y ojo, que Rico hace previamente una defensa directa de la animación japonesa— ni a la de sus guiones, sino a lo novedoso de su planteamiento y sus personajes. La propia autora confiesa que no se ve capaz de entender la gran aceptación de esta serie y tiene, por ello, que preguntar sobre el particular a sus jóvenes telespectadores. Vamos, el sempiterno “nadie sabe nada” de William Goldman para este caso concreto. Continúa con Sensación de Vivir (Beverly Hills 90210, 1990-2000, emitida en Tele 5) para ilustrar la imposición audiovisual de un modelo norteamericano —californiano, para afinar un poco más— y su influencia en la percepción de un cierto modo de vida por parte de la adolescencia situada a nuestro lado del mundo. La crítica en este caso es más obvia y apunta directamente a la irrealidad tanto de las tramas como de los personajes y el escenario que, sin embargo, cala como auténtico y deseable, incluso como un objetivo vital basado en el consumismo. E ilustra dicho consumismo en el título que se da en España a la serie, que directamente es el eslogan en ese momento de la marca de refrescos que todos conocemos.

El tercer programa que menciona es la serie de terror Las Pesadillas de Freddy (Freddy’s Nightmares: A Nightmare on Elm Street: The Series, 1988-1990, emitida en Tele 5), al abordar el peligro para la infancia de una serie emitida fuera de su tramo horario teórico y, por ello, susceptible de ser vista por niños3. El cuarto ejemplo, en fin, lo dedica a un programa de música de producción nacional, Ponte las Pilas (emitido en TVE2 entre 1991 y 1992), con bastantes paralelismos con el más conocido La Quinta Marcha (1990-1993, Tele 5), al que menciona de pasada. Aquí la autora se cuestiona si este tipo de programas, que en esencia carecen de contenido más allá de ver a adolescentes bailando en un plató-discoteca, han de hacerse en una televisión pública, cuyos estatutos suponen que debe promover otro tipo de contenidos y de valores. Aunque la argumentación que hace en el texto no carece de sentido, me parece que se mete en un jardín un poco extraño.

El libro, por supuesto, está desfasadísimo. No sólo porque en ese momento es imposible prever cómo internet cambiará radicalmente nuestra vida, sobre todo en la forma de manejar y consumir productos audiovisuales, sino también porque ignora —y yo creo que esto sí era algo previsible, al menos en parte— la eclosión televisiva que tendría lugar en España poco tiempo después, con la llegada del multicanal por satélite (hasta ese momento y aparte de algún intento patrio, las parabólicas sólo ofrecían emisiones extranjeras), por cable y, más adelante, vía TDT; además de la aparición de los canales temáticos, que incluirán una variedad de frecuencias de programación infantil y juvenil de emisión diaria. Me queda la duda, sin embargo, de si no se queda corta en realidad en lo que respecta a la visibilidad y transferencia de contenidos puramente para adultos, a horarios en los que es muy probable que haya niños viendo la tele; particularmente en el segmento de mediodía y primeras horas de la tarde. De escribirse este libro hoy día, es muy probable que Lolo Rico, también con unos cuantos años más encima4, fuese todavía más apocalíptica. Sin embargo, y a pesar de que es un texto que no ha sobrevivido a su época, sí funciona como fuente documental sobre la percepción que se tenía entonces de la televisión en España en un momento realmente volcánico para el medio y sus profesionales. Aunque seguramente no fuera ésa la intención de la autora.


1 Es necesario indicar que Lolo Rico apenas menciona los espacios infantiles y juveniles de las cadenas autonómicas (con una notable excepción que veremos luego), que sí tenían una calidad en general por encima de la media, aunque es verdad que esa media no fue precisamente alta.

2 A esto le dedica un capítulo completo, de hecho.

3 Aquí Rico se pierde previamente en una disquisición cuasi poética sobre su génesis, la película Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984); para mi gusto es un análisis superfluo, porque la serie se aleja mucho del espíritu y del carácter gore del film original.

4 Pueden, si quieren, aplicar el cuento al autor de esta reseña.

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