título
Todología con bigote
Esos blogs que no paran de morirse

Cerramos mes, otro más, y este proyecto cumple así sus tres cuartas partes. Y el otro día se me vino a la cabeza esa letanía que de vez en cuando aparece en internet sobre la muerte del blog como medio de expresión y comunicación. Viene produciéndose más o menos desde la aparición de las redes sociales, quizá incluso antes, y procede tanto de voces, digamos, autorizadas (léase “gurusistas”) como de gente que, seamos sinceros, tuvo y sigue teniendo poca idea de lo que va esto.

El blog, weblog, bitácora o cuaderno ha sido en gran medida la puerta de entrada del internauta de a pie —el que no dispone de conocimientos de programación o redes— a un medio de dos direcciones. Desde que varios locos de la red decidieron inventar sistemas sencillos de creación de contenidos, que permitían a casi cualquiera publicar un texto en una web con un par de clics, el caudal de información que puebla esta telaraña ha aumentado exponencialmente mientras que su generación se ha ido simplificando y democratizando todavía más. Las propias redes sociales, herramientas dominantes hoy en la comunicación internetera, no se entenderían si no hubiesen existido primero los blogs y, poco después, su añadido ahora inseparable, los sistemas de comentarios. Estas dos piezas unidas le dieron un nuevo sentido al medio, que pasó de funcionar como herramienta rápida y fiable de búsqueda de información a contener conversaciones entre los creadores de contenidos y sus beneficiarios, que a su vez podían convertirse en otros creadores. Al pasar el flujo de información de ser unidireccional a ser full duplex, también se multiplicó el volumen de datos circulantes. Lo que, por supuesto, no quiere decir que toda esa información sea útil y, decididamente, dejó hace tiempo de ser fiable, al menos al nivel de hace diez o quince años.

Y hoy día, con Facebook y Twitter como canal primordial de intercambio (esta última, por cierto, llamada en sus inicios red de microblogging y no red social) los blogs siguen teniendo presencia y continúan como fuente de información insustituible, entre otras cosas porque no están sujetos a la inmediatez de los primeros y sus contenidos no resultan tan efímeros como en aquéllos, al no depender de un “me gusta” o un “RT” para continuar su difusión1. Yo empecé a escribir el mío a finales de 2002, pero hubo gente que ya lo hacía desde bastante antes. Han pasado doce años y muchos de los que entonces empezaban continúan aquí, sus blogs siguen con buena salud y los contenidos que proveen no sólo siguen siendo útiles, sino que además van actualizándose conforme a los cambios y avances que sus respectivas temáticas van experimentando. Esto es particularmente cierto en las bitácoras tecnológicas y científicas, pero también en las literarias, porque precisamente la facilidad de publicar y alcanzar a un público —por magro que sea— en apenas una chispa ha propiciado la aparición de talentos indiscutibles en el manejo de la palabra. Entretanto otros sectores han aprovechado, y siguen aprovechando los blogs como herramientas corporativas, por ejemplo, bien sea para comunicación interna como para mantener informados a sus clientes de novedades e incidencias en los productos que ofertan. El propio Twitter, por dar un ejemplo rotundo, dispone de un blog al que refiere al usuario cuando el sistema está sufriendo una caída. Google tiene un canal de información parecido, a pesar de la cantidad de opciones de que dispone para difundir sus avisos. Y prácticamente no hay medio de comunicación de masas que no disponga en su web de una sección de bitácoras para poder ir más allá de la simple emisión aséptica de noticias y complementar éstas con opiniones o utilidades que no quepan en sus estrechos márgenes.

Un riesgo conocido de los blogs es que pueden desfasarse, avejentarse. La información que allí se almacena es perenne y se mantiene accesible hasta bastante después de que el autor decida eliminarla (gracias a la caché de Google o a sitios como archive.org, por ejemplo) y la red está plagada de cadáveres de bitácoras que flotan desactualizadas desde hace tiempo, años incluso. Ello, aunque parezca inocuo, perjudica a la propia solidez de la información que en ellos se prestaba; las telarañas no son buenas compañeras de la credibilidad. Pero es interesante hacer notar que, aún así, esos fragmentos olvidados a merced de los buscadores aguantan más y son más fácilmente localizables que las hipercambiantes aportaciones en microblogging, Facebook o Tuenti. Así que ya ven, hasta de cuadernos zombis puede extraerse vida e incluso algún milagro. Digan lo que digan los gurusistas de turno, que llevan años matando a la herramienta, quizá porque no terminaron de entender su alcance y posibilidades.

¿Acabarán muriendo los blogs? No lo sé; a éste, como mínimo, le quedan tres meses de vida. Y después, ya veremos.


1 Aunque, sin duda, una combinación con estas dos funcionalidades los beneficia, al extender el alcance de las anotaciones.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.