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Todología con bigote
Memorias del campo

Quizá porque soy nacido y criado en siudá, el campo me fascina desde pequeño, aunque siempre me hayan dado repelús los bichos (algunos). De mi infancia tengo recuerdos muy vivos de cuando mis padres me llevaban “al campo”; o mejor dicho, “al campo de”, porque siempre era el campo de uno de nuestros numerosos tíos y tías. “El campo” podía ser un chalet con finca de naranjos, una casa de pueblo de esos que tienen todas las calles en cuesta, o un simple adosado (no tan simple, en realidad) con un olivar cercano.

El campo de mi tío Paco era una de esas casas de pueblo, incrustada a los pies de una serranía sevillana en cuyas cuestas los coches quemaban el freno de mano y a veces había que calzarlos. A pesar de no haber ido demasiadas veces, con seguridad muchas menos que a los demás, se me quedan detalles en la memoria que nunca se han ido, quizá porque son recuerdos que viví con cuatro o cinco años. Son viñetas sueltas, como una chimenea en invierno con uno de mis tíos poniendo troncos; una habitación con una puerta de cristal esmerilado que daba directamente al comedor, en la que dormíamos varios primos y que quedaba en penumbra y más fresca que el resto durante las siestas del verano. Recuerdo también garrafas inmensas de agua del pozo, aunque no recuerdo que hubiera pozo, con las que se llenaban búcaros… precisamente ahí aprendí de mis primos que el “botijo” que yo leía en los libros se llamaba “búcaro” en realidad. Los mayores nos daban de beber de él, porque todavía nos era demasiado pesado para poder alzarlo. O tostadas de un pan enorme con aceite por encima… “¿Y este qué pan es, papá?” “Esto es pan de pueblo”. Y pan de pueblo era, oigan.

De la casa recuerdo sobre todo las zonas de sombra, especialmente de su patio interior, con una puerta trasera que daba a los pinos y a una iglesia semiderruida en la que nos prohibían meternos a jugar —sin mucho éxito— por miedo a que lo que quedaba de esos muros pudiesen terminar de caer con un golpe de viento. Hacíamos trampa en los dos sentidos: entrábamos, la recorríamos rápido y fuera, como si allí no hubiera pasado nada. A veces nos calaban, claro está, y de dos chillidos de las madres salíamos del sitio por patas. Entonces nos íbamos al bar de al lado, que era el bar del pueblo —igual había más, pero para mí el pueblo era todo eso—, donde había una rana de hierro con la boca abierta para jugar a meterle monedas. Y, entre medias, ese clásico cartel de “Peligro de Incendio” con un árbol y una cerilla encendida, que yo siempre asocio a aquel lugar aunque lo haya visto después en muchos más sitios. Eran los años en los que no había SEPRONA pero sí ICONA, de cuya efectividad ya se hacían bromas de toda clase.

Y me dejo cosas, como el pantano donde nos íbamos a bañar con su agua helada, o la explanada cubierta de chinos a la entrada de la casa, de donde nos echaban cada cinco minutos cuando jugábamos a tirarlos por ahí, porque pertenecían al vecino, que aparcaba ahí su coche; el caso era salir corriendo de algún sitio. Y probablemente me deje muchas más, pero mis recuerdos, firmes o modelados, se componen de esas pequeñas naturalezas, vivas y muertas.

Fui por última vez con ocho o diez años y no creo que quiera volver; seguramente la casa ya no existe (se vendió hace tiempo), los pinares y la iglesia hayan sido suplantados por alguna urbanización de “chaleres” con muros de papel y lo más probable es que el pueblo no tenga nada que ver con mis recuerdos recompuestos a lo largo de la vida. Pero para este chico de siudá que ha estado desde entonces en muchos otros campos, pinares y pantanos, esa composición impresionista que mi memoria me deja, de rayos de sol y sombras frescas de verano, de garrafas, búcaros y teleras, “el campo” a lo que más se parece siempre es a aquel campo, al campo del tito Paco.

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