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Todología con bigote
Gallardón y la tierra quemada

Correoso como sólo podía serlo él, más de derechas que Atila el Huno, pero con maneras de encantador de serpientes, seguramente Alberto Ruiz-Gallardón es el personaje que más votos de centro ha dado al PP desde que se fundó este partido, para deleite y a la vez pesar de muchos de sus correligionarios, que lo llegaban a ver —jijiji— como un rojete peligroso. Con amistades muy sólidas entre altos mandos del PSOE madrileño, así como el apoyo incondicional del jefe del principal poder mediático del país —Cebrián / PRISA—, Gallardón navegó por las inquietas aguas políticas de la Villa y Corte, pasando por encima de temibles enemigos como Esperanza Aguirre, hasta alcanzar un ministerio, el de Justicia. Acabaría siendo su techo político, como ayer se confirmó.

Aunque pudiera parecerlo —y se ocupó muy mucho de que lo pareciera—, el yerno del franquista Utrera Molina nunca fue un verso suelto, sino que estuvo siempre fuertemente incrustado en el partido. Cuando Fraga lo nombró en sustitución del defenestrado contestatario Verstrynge, ya sabía que progresar en ese partido era una carrera de fondo, pero sobre todo que debía apoyarse siempre en quien ostentara el poder orgánico, y no en quien aspirase a alcanzarlo. Muy poca gente en el PP (y en AP) entendió como él el funcionamiento del monolito azul. Pero al final él mismo cayó en las redes del aparato, probablemente por haberse labrado una falsa sensación de seguridad con el beneplácito de su actual jefe, Mariano Rajoy, tan correoso como él pero con la ventaja de estar un nivel de poder por encima.

El discurso que Albertito ha dado en su despedida, florilegiado y coñazo como suelen serlo los suyos, ha dado unas cuantas pistas de lo que se ha cocido en las estancias de Moncloa. La reforma de la ley del aborto, pergeñada por él, pero con seguridad a pedido y con muchas indicaciones del resto del consejo de ministros (en particular la ahora dominante rama opusina), tenía mucha pinta desde el principio de funcionar como globo sonda y, a la vez, como cortina de humo de otros proyectos que corrían paralelos. Los pasos dados desde el anteproyecto, con una propuesta que se adivinaba de máximos pero que realmente se desbastó muy poco en los meses que siguieron desde su aprobación por el gobierno, parecían demasiado lentos y cautelosos —a pesar de todo— como para pensar que fuese una idea con visos de prosperar. Entretanto, el Tribunal Constitucional iba alargando sine die la discusión y sentencia sobre el recurso de inconstitucionalidad presentado por el PP cuando se aprobó la hoy vigente ley de plazos. Que el ponente de ese debate fuese un histórico político popular parece indicar que ambas decisiones están conectadas entre sí y que pronto conoceremos el dictamen definitivo. Pero, mientras eso sucede, ha habido protestas en la calle (a las que el gobierno no hace caso), protestas en el hemiciclo (a las que el partido mayoritario manda a paseo), protestas en el seno del PP (que sí pueden poner nervioso a Mariano) y protestas en el propio consejo de ministros, aunque de cara a la galería todos afirman estar a muerte con Gallardón y defender el carácter colegiado de las propuestas gubernamentales. Gallardón, en su despedida, dio a entender con poco disimulo que sus compañeros del banco azul, empezando por su presidente le habían dejado solo. Y por eso ayer no anunció solamente que dejaba su cargo de ministro, sino su escaño en el congreso y su sitio en la ejecutiva del Partido Popular. Todo con efecto inmediato, lo que indica que el cabreo con su partido es descomunal… y que probablemente nadie en él va a llorar su marcha.

Alberto Ruiz-Gallardón se marcha, pero no gratis. Por el camino ha dejado la capital más endeudada de la historia, y para varias décadas; ha dejado también una reforma del Poder Judicial que lo coloca más a merced, si cabe, de los partidos gobernantes. Ha entregado el Registro Civil a manos privadas. Ha perpetrado una Ley de Tasas judiciales que convierte una garantía constitucional —a falta también de dictamen por el TC— en un privilegio para ricos, además de prevenir con él otros derechos, como el de protesta, en conveniente coordinación con las leyes mordaza del ministro meapilas de Interior. En resumen, le ha resuelto a Rajoy un montón de trabajo sucio mientras se llevaba los estacazos. Ahora, cuando entramos en período electoral, Mariano se quita al penúltimo estorbo que le quedaba en el partido1, a falta de la lideresa madrileña, demostrando de nuevo que nunca deja prisioneros. Gallardón se va, se va, se va, dejando un páramo quemado tras de sí. Y, como en Madrid, con pocas perspectivas de poder regenerarlo. Y menos aún de que responda por sus infamias.


1 Puede ser casualidad, pero no lo creo: mientras Fraga estuvo vivo, a Gallardón no se le tocó un pelo en ninguna ejecutiva, más allá de protestas de Aguirre y algún otro. Y eso que al faraón no le habría disgustado ser califa en lugar del califa, como alguna vez llegó a insinuar.

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