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Todología con bigote
¡Que cese la tradición!

Correbous, toros embolaos, despeñe de cabras, pavos y otros bichos que se empeñan en no volar, reses alanceadas, la lidia… En España tenemos un amplio catálogo de “fiestas populares” que incluyen maltratar o torturar a algún animal que poca idea tiene de dónde le han metido pero al que no parece que le entren demasiadas ganas de juerga cuando se estampa contra el suelo o es asaeteado por mozuelos carcajeantes mientras el resto del pueblo aplaude, jalea, grita y da “vivas” a lo que es esencialmente muerte. Acabado el sarao y extinguido el jolgorio, será hasta el año que viene, donde la nueva generación seguirá arrastrando las viejas costumbres.

“Tradición”, lo llaman. Defensa apasionada, exacerbada, irracional incluso, de dichas tradiciones que llega a provocar episodios de amenazas y violencia contra quien está en contra de ellas. Algo particularmente terrorífico cuando se trata de personas que viven en la localidad. En ciudades grandes uno puede expresar su desacuerdo más o menos abiertamente (y, aún así, hay lugares donde mejor hacerlo en voz baja). En los sitios pequeños, donde todo el mundo se conoce, hacerlo es virtualmente imposible, por arriesgado.

Pero las tradiciones son frecuentemente mentira. De tradición se disfrazan un sinnúmero de costumbres innobles, propias de sociedades que aún no han completado su proceso de civilización, para otorgarles un barniz de respetabilidad que justifique ese puntal de barbarie que todavía está por derribar. Normalmente una tradición, entendida como la forma atávica de hacer alguna cosa, no surge ¡plop! de un día al siguiente. En general las fiestas populares tenían un origen comercial o religioso, del que se deriva, o bien queda como resto, alguna actividad asociada a ese origen. En el caso de las fiestas religiosas, el componente sacro ha terminado diluyéndose en el folclórico, a veces desapareciendo por completo pero manteniéndose como excusa, como sucede en las numerosas romerías que pueblan el país.

Pero es la civilización, ese proceso que precisamente nos distingue —o debería distinguirnos— de las bestias, la que propicia que esas reminiscencias bárbaras vayan paulatinamente desapareciendo. Atendiendo a la definición de “tradición” que los defensores de la tortura bichera esgrimen, hoy día deberíamos seguir viendo a personas como pienso compuesto para animales en el circo, por ejemplo. O sacrificios de vírgenes en un altar para pedir lluvia a los dioses. O bebés despeñados por el barranco por considerarse no válidos para la vida guerrera. O autos de fe inquisitoriales. O, ya puestos, presuntas brujas arrojadas al río con pesos para ver si se ahogan o si flotan.1 Si no se hace ya, es porque nos fuimos civilizando hasta comprender que puede uno pasárselo bien sin tener que matar humanos creativamente. Ahora nos seguimos matando por otros motivos, pero esa es otra historia.

Con los animales, en cambio, mucha gente sigue sin tener tantos miramientos y descargan esa violencia contenida sobre bichos indefensos, en favor de tradiciones y fiestas que escapan a cualquier tipo de razón, englobando todo en el sentimiento y en el “ehto eh mu grande y no se pué esplicá”, que aparentemente sirve de carta blanca para no tener ni que planteártelo como ser racional. Incluso prohibiciones directas, basadas en la ley vigente, son soslayadas o simplemente ignoradas por las autoridades incompetentes que son responsables y participantes directas en la fiesta. Consecuentemente, intentar que se comprenda la barbarie que sustenta la costumbre se encuentra con reacciones encendidas y se considera un ataque directo a las esencias de todo un pueblo. ¡El colectivismo aplicado a la juerga y el desenfreno!

La mayor parte de estos festejos están condenados a desaparecer, porque una tradición lo es hasta que deja de serlo, en el momento en que su propia mentira ya no puede sostenerse y el que “siempre se haya hecho así” ya no es razón suficiente —o única— para que alguien quiera seguir llevándola adelante. A veces es necesario que las leyes aceleren ese proceso, y está bien que así sea porque son precisamente las leyes las que nos constituyen como sociedad civilizada. En otros casos puede ser, sencillamente, que la costumbre ya ha cansado o se vuelve innecesaria2. Y en otros puede ser porque ya no sea económicamente rentable; de hecho, y alguna vez lo he dicho en este cuaderno, la única razón por la que la lidia no se ha extinguido en España es porque sigue recibiendo fuertes subvenciones, ya que la audiencia que tiene, aparentemente, no proporciona ingresos suficientes como para sostenerla.

Hasta llegar ahí, sin embargo, tendremos que seguir combatiendo la tradición con la razón, lo que casi siempre es una batalla perdida. El paso definitivo a lo civilizado se conseguirá cuando al argumento de lo tradicional podamos oponer la sentencia: “¡Que cese, pues, la bárbara y atrasada tradición!”. Y, en cesando, no pase nada.


1 Alternativamente se puede comparar su peso con un ganso [nota del bigote, robada a Graham Chapman]

2 Siempre me pregunto si muchas de las fiestas españolas, que al final consisten en trasnochar recorriendo la ciudad y bebiendo hasta morirse, sobrevivirían sin el “evento tradicional” como excusa… me contesto que sí, con seguridad.

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