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Todología con bigote
Berta Flores, in mémoriam 1919-2006

Siempre fue “mi abuela”. De mis abuelos no conocí a ninguno. Mi otra abuela vivía a miles de kilómetros… no es que no la quisiera, pero faltaba ese vínculo que la proximidad otorga. Por eso Doña Berta siempre fue “mi abuela”.

Mis primeros recuerdos de infancia los tengo con tres años en su piso de la calle Fray Isidoro. Son recuerdos de páginas amarillas junto al teléfono, de revistas de crucigramas a medio hacer, de coloridos regalos de Reyes en una mesa que entonces me parecía enorme, de un sofá color verde oscuro y una butaca que antes pertenecía a mi tía Magdalena y que después ocupó ella, a la que corría a sentarme cuando una u otra se iban a dormir, siempre más temprano que los demás. Son recuerdos de “calentitos” (en mi casa nunca los llamamos churros) los domingos por la mañana, de una barriada con setos y un pozo al que no nos podíamos acercar, recuerdos de un ejemplar de “ABC” que dejaban cada mañana en el balcón. Y es que mi abuela, de izquierdas de toda la vida, leía el ABC por lo cómodo que era un periódico con grapas y por las esquelas, en las que cuando fue mayor se dedicaba a mirar quién se había muerto con más años que ella. A veces pienso que yo aprendí a leer con esas esquelas y la cartelera de cine.

Recuerdo que me impresionaba el hecho de que tuviera sesenta años cuando yo sólo tenía cinco, me parecía una distancia tremebunda. Se me queda en el alma una voz agrietada y firme, acostumbrada a mandar, un carácter algo áspero como las perrunas de su pueblo, Hinojosa del Duque, que combinaba con momentos de infinita dulzura, como cuando me “escondía” las judías verdes que no quería comerme. Buscaba el beso cuando llegaba ella y cuando te veía llegar, cuando se iba a la cama y cuando te ibas a dar una vuelta. Siempre tenía dos frases fijas, “¿a dónde vas?” y “no te vayas sin comer algo”, le sublevaba que me fuera sin desayunar, al menos.

Procuraba ser moderna, aunque por dentro le escandalizaban ciertas “liberalidades” de nuestro tiempo, como meter a las novias en casa. Tenía un sentido de la Historia muy particular y una memoria prodigiosa para los acontecimientos. Me quedé siempre con las ganas (y es lo que más me reprocho) de sentarme junto a ella en plan entrevistador implacable y saber más y más de aquella época de posguerra en la que hasta respirar era difícil. Cuando te preguntaba por novias y ligues se le dibujaba media sonrisa cómplice. Una vez al mes bajaba a Sevilla para que la llevara al apoderado a cobrar su pensión y, esa misma tarde, me deslizaba de tapadillo (un tapadillo a gritos) un billete entre los dedos. “Para que te tomes una cocacola”, tercera frase fija, como parte del ritual.

Recuerdos que abarcan más de treinta años, que son los que pude disfrutarla, retazos de una vida en la que sustituyó la profesión que fue su vida, la de matrona, por la profesión de madre y abuela, activa siempre, lúcida siempre, cabezota y apasionada, con esa astucia y agilidad mental que los años, siete hijos y una temprana viudedad dan a quien se niega a ser una impedida social. Dos cosas no admiten discusión: que vivió una vida larga y provechosa y, sobre todo, que la vivió como quiso, casi hasta el mismo momento de su muerte, donde —ella sí— lo había dejado todo sin un sólo cabo suelto.

Retazos de ella que son los que me gusta recordar y que configuran la imagen que de ella permanecerá en mí hasta que yo mismo deje este mundo, que sustituirán la tristeza sobrevenida de haberse ido a un viaje del que no se vuelve y la necesidad de reconstruir sobre lo que dejó, sin perder su memoria.

Egoístamente me queda un último buen recuerdo, que me hace sonreír hoy, apenas unos días después de dejarla en la tierra a la que todos volvemos: en su último trayecto, llevaba puesta la colonia que yo le traje desde Alemania. Mi último beso para la que siempre fue “mi abuela”.

Nota final: Los que me conocen saben que raramente escribo cosas personales en este cuaderno. Una excepción es ésta, unas líneas un tanto deslavazadas sobre alguien que para mí fue muy importante y que nos dejó hace unos días. Con todo el respeto a mis lectores, esta nota no es para ellos, sino para esa persona. Por eso mismo, espero que sepan comprender que aquí haya cerrado los comentarios.

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