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Todología con bigote
La voz de fondo

Me gusta hacer voces en off, aunque haya hecho muy pocas (y sólo de forma amateur) en mi vida; y me gustaría volver a hacerlas. Es una concesión al ego convenientemente disfrazada para que no lo parezca. Por eso suelo fijarme en el trabajo de quienes hacen dichas voces, tanto el de los actores de doblaje y como los de voice over (que es el término correcto para lo que quiero describir aquí). Escucho su forma de modular, la cadencia de las palabras y cómo entonan las frases. Me chirría tanto el exceso de naturalidad como el engolamiento y considero que el trabajo de un actor de voice over, por su propia naturaleza, se ve ignorado la mayoría de las veces. Raramente interiorizamos que esa voz omnipresente en tráilers de cine, anuncios épicos o concursos de la tele tiene a un profesional detrás que dedica mucho tiempo y esfuerzo a que esa voz salga impecable y consiga un efecto, sea que alguien vaya a ver una película o que mantenga el interés por lo que ve en la pantalla de su televisor. O aumentar las ventas de un producto, si de una cuña de radio se trata.

Cuento esto porque leí hoy que ha muerto Don Pardo. Tras este curioso nombre se “escondía” la voz en off que anunció durante casi cuatro décadas a los artistas que iban a participar en cada programa del mítico Saturday Night Live. Una voz potentísima y cálida que ya marcaba la intensidad del show que estaba a punto de empezar y que se convirtió en el miembro más duradero del reparto del programa, a pesar de que casi nunca se le viera el rostro. Don Pardo, como muchos actores de voice over en Estados Unidos, era una institución en el showbusiness y, como tal, se le obsequió con múltiples homenajes en vida. Incluso la serie Studio 60 on the Sunset Strip, que satirizaba al SNL, contaba con un personaje similar, de presencia mínima pero modelado a su imagen. Don Pardo no era el único que gozaba de tal aprecio en el oficio. Otros titanes de la voz de fondo, como Don LaFontaine o Rich Little hicieron un arte de su principal característica que, además, les proporcionó una vida bien desahogada.

Y claro, al leer sobre su muerte y su significado dentro de la cultura popular americana, me vienen a la memoria profesionales españoles de la cosa cuyas voces han formado y todavía forman parte de nuestra “educación audiovisual”, si me permiten la expresión, especialmente en aquellos años de la televisión única y las audiencias masivas de programas como El Precio Justo o los incontables telejuegos producidos por la factoría de Sant Cugat. Tres nombres, quizá, destacaron entonces sobre el resto: desde luego recordamos a Constantino Romero, tanto delante como detrás de los focos, como la voz por excelencia en España. Pero sobre todo estaban Primitivo Rojas, que era la voz que describía los premios en el espacio presentado por Joaquín Prat (este último, también, una voz inconfundible) y el casi omnipresente Juanjo Cardenal, que viene a ser el alma gemela de Jordi Hurtado en cualquier programa que éste haya presentado. Rojas se llegó a prestar a una autoparodia dentro de uno de los especiales de Navidad de Martes y Trece, y Cardenal ya de por sí jugaba con su “invisibilidad” en sus espacios; en uno de ellos se disfrazó á la James Whale, cubriéndose el rostro con vendas pero dejando visible un bigotazo que parece desde entonces adherido a su voz; una voz con bigote, que eso es algo que en este cuaderno se aprecia mucho. Y el tercero sería Rafael Taibo, más conocido por la voz de los documentales de Cousteau, cuya trascendencia fue tal que cuando estos se reeditaron en DVD fue Taibo el que se encargó de poner la voice over al spot televisivo. Su voz era tan importante como la del explorador francés.

Tengo la sensación de que en España, aparte de los fans de los programas respectivos, se ignora grandemente el trabajo de estos profesionales, aunque ellos —y muchos otros— hayan trabajado más allá de la tele y formen parte sonora de nuestra vida diaria sin que nos demos cuenta. Son voces a las que no asociamos instintivamente el rostro de una persona y, aunque eso deba ser inherente al oficio, tampoco somos muy dados a ponerlos de vez en cuando delante de las cámaras y reconocer su origen. Así que, por poco que sea, he decidido dedicarles hoy esta nota en el cuaderno. Y también porque a mí me gustaría hacer alguna vez lo que ellos ya han convertido en arte.

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