título
Todología con bigote
El síndrome de la Giralda

Definición
Denomínase Síndrome de la Giralda al comportamiento propio de los nativos de una ciudad cualquiera, por el cuál descuidan o ignoran la visita a sus monumentos y edificios más significativos, con la excusa de que pueden ir a ellos cuando quieran, ya que los tienen siempre cerca. En realidad, lo más probable es que no los vayan a ver en toda su vida.

Explicación
¿Por qué elegí este nombre? Por cercanía; particularicemos para el caso de un sevillano: éste, por regla general, jamás subirá a lo alto de la Giralda motu proprio y sin razón aparente. Siempre necesitará algún tipo de excusa que lo impulse a ejecutar dicho acto: la visita de parientes o amigos; o bien como parte de su actividad progenitora; o, precisamente, en sus años púberes acompañando o a su madre, su padre o a ambos. Si se le pregunta por qué nunca ha subido solo a la torre le responderá: “ya iré alguna vez, total siempre está ahí”. Y pasarán los años y el sevillano, o la sevillana, pasarán por la plaza Virgen de los Reyes bordeando la Catedral hasta dirigirse al Archivo de Indias, alzarán la vista al cielo, observarán la veleta que corona la torre, dudarán por un momento si entrar o no… y seguirán su camino. Otro día, pensarán, cuando venga mi colega de Granada o si vienen los clientes de Qatar, ya subiré con ellos. Y es curioso, porque quizá la mayor profesión de fe sevillana esté dedicada, no a la imagen de un cristo o una virgen, sino al campanario que corona el antiguo alminar almohade. Y, probablemente, muy pocos sevillanos habrán recorrido sus 35 rampas para llegar a él, a no ser que fuese “porque alguien más quería verlo y me lo he llevado hasta arriba”.

El síndrome de la Giralda no es exclusivo de este monumento, claro está. Cada ciudad y cada persona tiene su Giralda particular: éste que les escribe, que sí que ha subido a dicha torre porque le dio la gana, ha pasado por varios “síndromes giralderos” en otras ciudades en las que ha residido: por ejemplo, tras dos años y medio viviendo en Madrid (y múltiples visitas anteriores y posteriores, pero esas no cuentan en el síndrome), jamás ha visitado el Museo del Prado. En un segundo rizo, ha visitado dos veces el otro gran museo de la ciudad, el Centro Reina Sofía… pero ninguna de ellas mientras estuvo empadronado en la capital. Y tengo amigos, conocidos e incluso compañeros de trabajo que afirman con cierto azoramiento que lugares de sus propias ciudades, considerados de visita obligada, son para ellos completos desconocidos. Alguno se ha hecho el firme propósito de resolver tamaño hueco en su lista, pero hasta la fecha no me consta que hayan superado su propio síndrome.

Llevado al extremo, el síndrome de la Giralda podría aplicarse a libros, a películas, incluso a planes de vida, pero prefiero dejar este concepto sólo para los lugares, por su caracter tangible y atemporal, de suelos y paredes mudos y gastados por el paso de millones y millones de personas, esperando a cada momento encontrarse con aquel o aquella que les falta: el nacido y criado que siempre quiso ir, pero nunca encontró el tiempo… hasta que cesó de tenerlo.

¿Cuál es su síndrome de la Giralda? Cuéntenmelo, si quieren. Y después resuélvanlo, si pueden. Entonces vuelvan a contármelo.

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