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Todología con bigote
Aquí, un primo

En 1988, mi primo César (lo pueden encontrar aquí) y yo pasamos un verano muy entretenido; parte en Pamplona y parte en Paignton, Inglaterra. En su edificio habían puesto aquel año una antena parabólica y los ratos que pasábamos en casa lo hacíamos con la tele puesta de fondo, en la que sonaban canales exóticos con series, noticias y música, mucha música. A través del hoy desaparecido Super Channel nos enteramos de todos los éxitos y “jitos” que partían el bacalao en ese momento en las listas británicas y que todavía tardarían algunos meses en arribar a España. En el mes de agosto aprendimos qué eran los vuelos charter, que en Inglaterra los aeropuertos eran grandísimos y que en sitios como Logroño vivía gente, incluso gente muy maja. Aunque la familia que nos acogió en Paignton estaba, en simpatía y trato (y comida), bastante por encima de la media del resto del grupo, caímos igualmente en las irresistibles tentaciones de las chocolatinas que Mars y Cadbury’s ponían a precios de risa en los incontables quioscos de aquel turístico pueblo. Descubrimos que se podían comer fish&chips sin el fish, mejorando el conjunto sustancialmente, y nos hicimos adictos a un helado que mezclaba la vainilla y el clotted cream (una especie de crema que por sí sola era insípida pero que, paradójicamente, potenciaba el sabor y las calorías de todo lo que tocaba), con un barquillo infame y de nombre “99” por su precio en peniques. Y sobre todo bailamos; bailamos mucho en una discoteca que la organización de aquel curso de verano contrataba para los chavales y que fue precursora de aquellos intentos de disco-light que quisieron abrirse un nicho de mercado en España. Claro que entonces a nosotros, aún adolescentes ochenteros y sin mundo, nos parecía lo más alto de nuestras aspiraciones. Y fue muy divertido, porque lo que allí bailamos eran los éxitos que apenas unas semanas antes malcantábamos frente a la tele pamplonesa que importaba, vía satélite, las listas británicas.

Desde el día 1 de agosto le estoy mandando a mi primo una canción diaria de aquellas que oímos, cantamos y bailamos en aquel verano de 1988. La décima, nada que ver con el fútbol, es aquella con la que creo que mejor nos lo pasamos. La cantaba una chica australiana a la que todavía le harían falta algunos años para convertirse en el fenómeno de masas que es ahora. Pero aquel año llevó una vieja canción de los 60 al “top” absoluto. De las listas y de nuestro corazón y memoria:

Hoy mi primo César cumple cuarenta años, y esta es mi tarjeta de felicitación.
Te quiero mucho, primo, al menos hasta los próximos cuarenta.

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