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Todología con bigote
El protogore

Ayer hablaba con mis padres fugazmente sobre lo salvajes que pueden llegar a ser los cuentos infantiles. Habitualmente el orden en el que uno recibe sus cuentos suele ser así: primero oralmente, cuando te los contaban de pequeño para que te durmieras; era lo que podríamos llamar la versión hiperreducida de los clásicos de Perrault, los hermanos Grimm, Andersen y otros. Después, libros, tele y cine mediante, a través de las películas de Disney y otros creadores. Cuando yo era chico había innumerables ediciones ilustradas, editados por Toray, Fher y otras; nombres que siempre asociaré con cuentos.

Y ya más adelante cae en tus manos un libro que recopila todos aquellos cuentos tal y como los escribieron sus autores. Que te puede pillar con seis o siete años, ojo, porque estás en casa de tu primo y tiene todos esos libros en la estantería. Y te sientas en la cama, abres el grueso volumen verde y… oye, pues esos cuentos molan mucho más en esa versión original (aunque tú por entonces no tengas ni idea de que esa es la versión original). Y lees que a las hermanastras de Cenicienta la madre les hace cortarse el talón y un dedo del pie para que les encaje el zapato de cristal, y el príncipe se da cuenta porque los pájaros le cantan que las impostoras sangran (!). O que, para evitar un asesinato múltiple con intención canibálica, Pulgarcito urde una treta (por demás, bastante cutre) para salvar a sus hermanos… al precio de OTRO asesinato múltiple. Aunque en este caso Perrault no aclare si el ogro se merendó a sus propias hijas o no. ¿Y qué me dicen de ese lobo hambriento que se zampa a seis cabritillos sin demasiadas luces ENTEROS, para que después entre la cabra madre y el cabritillo más joven lo abran en canal para rescatar a los ya medio digeridos hermanos? A ver, que en los pueblos es verdad que se inicia a los críos en la matanza desde que son ternascos, pero esto me parece pasarse una mijita. Por no hablar de princesas que son auténticas psicópatas y ponen pruebas imposibles, incluso mortales, a sus pretendientes, hasta que siempre llega uno más listo, que no debe de ser TAN listo cuando sigue empeñado en casarse con tamaña hija del Anticristo. Se me ocurre que en las películas Disney más modernas, villanos del calibre de Úrsula la bruja del mar o Jaffar, el visir al que no le caía nada bien Aladino, huirían despavoridos ante semejante demostración de barbarismo por parte de los “buenos” de los auténticos cuentos.

Es curioso, sin embargo, cómo leíamos aquellas historias casi sin pestañear ni tener pesadillas luego, a pesar de que con esa misma edad la visión de un cartel de cine anunciando un giallo de los 80 ya nos dejaba sin dormir un par de noches. ¿Cómo debe de funcionar el cerebro de un prepúber para asimilar sin problemas ese protogore por escrito, cuando no sería capaz de soportarlo si lo viera puesto en imágenes?

Y lo más importante: cuando tenga hijos, ¿qué versión del cuento les acabaré leyendo?

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