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Todología con bigote
Particularidades concertuales

Oigan, pues me lo he pasado muy bien en el concierto al aire libre celebrado en el patio de la Hubertussaal, en el palacio de Nymphenburg. La ocasión a celebrar: el 350 aniversario de la construcción del palacio. Los intérpretes: la orquesta vienesa de cámara “Ensemble 1756”, que toca piezas de los siglos 17 y 18 con instrumentos originales. En esta ocasión nos descubrieron a un grupo de compositores del siglo 17, en su mayoría desconocidos para mí, pero que seguro que los melómanos que leen este cuaderno serán capaces de identificar. Aparte de Vivaldi, Muffat y Lully, sonaron piezas de Agostino Stefanni, Johann Petz, Heinrich Franz Biber, Rupert Mayr y Jean-Ferry Rebel.

Pero no voy a darles la brasa con el desarrollo del concierto; baste decir que estuvo muy interesante de principio a fin y con composiciones realmente hermosas, pero también con un punto caótico debido a un viento, no muy fuerte pero sí muy traicionero, que se llevó juguetón las partituras del director de la orquesta, Konstantin Hiller, un par de veces. No hubo momento “la bella y graciosa moza”, aunque Hiller le echó mucho humor a la circunstancia en las breves introducciones que hacía a cada obra. La última pieza, la de Rebel, llamada genéricamente “Los Elementos”, comenzaba con un movimiento denominado “Chaos”, que Hiller consideró lo más apropiado para cerrar el concierto, entre la hilaridad de un público tremendamente soso; no descarto que alguno palmara sin darnos cuenta, dada la avanzada media de edad de los asistentes.

En realidad quería hablarles de otra cosa: ¿tocan ustedes algún instrumento? Yo tocaba —es un decir— la flauta dulce en mis tiempos escolares, aparte del sempiterno órgano Casio que acabó tras unos meses, quizá un año, sobre un armario. Actualmente tengo dos ukeleles en casa y de vez en cuando cojo uno y lo aporreo. Pero en ambos casos hago/hacía todo eso de manera mecánica, sin “arte”; nunca tuve sensación de que la música fluyera por ninguna parte de mi cuerpo mientras manipulaba esos artilugios. Sin embargo, en los conciertos presto toda la atención del mundo —tanta que a veces me olvido de hacerlo a la propia música— a los profesores de la orquesta1. Me fijo en sus manos, sus brazos, su postura sobre la silla (o de pie, si son los percusionistas o el contrabajo), la forma de moverse, la expresión de su cara: algunos, normalmente los y las violonchelistas tocan con los ojos semicerrados, excepto para seguir brevemente la partitura. Otros la miran tan fijamente que parece que van a quemar las hojas con sus pupilas. Las arpistas, por alguna razón, siempre parecen lánguidas (y todavía no he visto a ningún arpista masculino)3. Los percusionistas, auténticos pluriempleados del instrumento, suelen tener una expresión entre divertida y socarrona mientras tocan y van cambiando del bombo al triángulo o de los platillos al tambor. Los violinistas (violín y viola) son los más intensos y el lenguaje facial en ellos es, con seguridad, el más rico de todos. Y en cuanto a los instrumentos de viento, está desde el flautista virtuoso que mueve sus dedos como si fueran independientes del resto del cuerpo… y todo lo contrario, como la intérprete de esta noche, que tocaba su flauta con absolutamente cada centímetro cuadrado de su persona.

Por eso, asistir a un concierto de música clásica en vivo es un espectáculo que va más allá de las propias notas musicales. Para mí es algo maravilloso, porque nunca seré capaz de tocar un instrumento musical como esos genios2 ni sentiré la música como ellos la sienten, tanto al aprenderla como al transmitirla a los demás desde la solemnidad de una sala. Sé que hay lectores de este cuaderno que son músicos, creo que alguno incluso profesional. Mi pregunta a ustedes-vosotras es una duda eterna: Cuando tocáis, ¿qué sentís? ¿Cuál es vuestro movimiento, vuestro gesto, aquello con lo que acompañáis las notas cuando salen del instrumento? ¿Es algo descriptible?

Sacien mi curiosidad, si pueden y quieren. Gracias.

1 Que esto me recuerda siempre a una anécdota que contaban sobre Stokowski, en la que replicó a un miembro de su orquesta que quiso corregirle al llamarles músicos: “ah, sí, perdonen, olvidaba que ustedes no son músicos sino profesores; músico lo era Beethoven”.

2 Entiéndase aquí “nunca seré capaz de tocar un instrumento más allá del nivel a partir del cuál los vecinos ya no quieren echarte del edificio”.

3 Aclaro esto, ya que tanto preguntan: POR SUPUESTO, Harpo toca el arpa en casi todas las películas de los hermanos Marx, como la tocaba antes de que debutaran en el cine (y de ahí su apodo, por cierto). Hablo de arpistas en orquestas. Y no, ahí no he visto ninguno. Como curiosidad, son muchas las ocasiones que en el cine vemos personajes masculinos que son profesores de arpa de señoritas ricas… pero casi nunca se les ve tocar el arpa.

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