título
Todología con bigote
Tranquilo, Jordi

Una de las grandes trolas de la política española de los últimos cuarenta años ha sido la de hacer creer al personal que Convergència Democrática de Catalunya es un partido nacionalista, es decir, una formación cuyo último fin es aspirar a una Catalunya independiente o, en todo caso, confederada con el resto de España. En realidad, y a las acciones de este partido me remito, jamás ha sido así. Lo que no quita que usasen el nacionalismo como un arma ciertamente poderosa para asentar y consolidar su poder e influencia, tanto en la autonomía catalana como en el gobierno central. Durante un cuarto de siglo los convergentes, con Jordi Pujol a la cabeza, consiguieron mimetizar la nación catalana en los símbolos y los dirigentes del partido, hasta el punto de que en el resto de España se identificaba a “los catalanes” por las palabras y obras del molt honorable y su séquito

Pero Pujol nunca fue realmente nacionalista, al menos no en el sentido estricto. Burgués sí, y además con conciencia de clase. El matrimonio Pujol-Ferrusola se destacó en numerosas ocasiones por su afán en la búsqueda de la “pureza catalana”; un concepto que básicamente se asentaba, para ellos, en dos conceptos: la procedencia y el dinero. Si cojeaba el primero, ya te consideraban prescindible; si fallaba el segundo, al menos se intentaban asegurar de tu voto, por lo que pudiera pasar. De manera que, según fue desapareciendo la Transición y apareciendo el pujolismo, el concepto de Catalunya se volvía maleable según le fuera conviniendo al gran estadista. Cuando venía bien se pactaban leyes y cesiones con el PSOE. Cuando los vientos corrieron del lado contrario se firmaron acuerdos con el PP, que apenas dos días antes se consideraba enemigo de lesa patria. Entre medias, la fagocitación de la Esquerra Republicana histórica en los setenta, dejándola fuera de combate durante un buen par de décadas, la adhesión inquebrantable a la Corona y el trato deferente hacia los Condes de Barcelona, y eso que seguían siendo borbones. En el año del tricentenario recordar esto llega a sonar chusco, pero pocos monárquicos juancarlistas más convencidos ha habido que Don Jordi, oigan.

Este pragmatismo —me encanta el olor del pragmatismo por la mañ… noche—, unido a la indudable habilidad de Pujol para medir los tiempos y las fuerzas, siempre sabiendo cuándo estirar y cuando aflojar la amenaza de la ruptura, permitió a Convergència mantener la hegemonía en su ámbito durante tantísimo tiempo, muy por encima del “ecumenismo” del PSC, moderando los entusiasmos independentistas de una despistada ERC y sumergiendo en la irrelevancia política tanto a la AP fraguista como al PP del aznarato —con la inestimable y activa colaboración de ambos, todo hay que decirlo—; a Pujol sólo le quedó la espina de que los convergentes, bajo su mando, nunca consiguieron la alcaldía de Barcelona. Pero por demás todo iba bien; incluso el Barça se identificó casi unívocamente con los valors de la coalición del arbolito y su líder.

Cuando se abarca de tal manera el poder, pasan tres cosas: una, que te acostumbras a él e interiorizas la idea de invulnerabilidad. La segunda, que a esa idea se añade el uso del poder y sus resquicios para tejer una firme red de estómagos agradecidos. La tercera, que cuando lo pierdes, aunque sea momentáneamente, te pones muy nervioso y se te ven las costuras. En el caso de Pujol y Convergència, los tres sucesos sucedieron. Primero se les desbancó del gobierno de la Generalitat a través de un tripartito formado por el PSC de Maragall (que ya había ganado en votos en 1999 pero no consiguió el gobierno), la ERC de un pujante Carod-Rovira e Iniciativa per Catalunya, con Joan Saura cerrando el triunvirato. Claro, cuando llevas veinticinco años manejando el cotarro y con hasta los cuñados en sexto grado bien colocaditos, de repente te encuentras con que tienes un montón de bocas que alimentar y nada que darles en forma de carguito o asesoría. Y el cabreo fue mayúsculo, con Artur Mas al frente y Pujol, ya en la reserva, desde el fondo, cuestionando la legitimidad de la victoria maragallesca y los posteriores pactos; porque además, y he aquí lo fascinante de todo esto, el socialista estaba empezando a adelantar por el carril del nacionalismo al convergente y amenazaba con mandarle al limbo en poco tiempo. Maragall, que de tonto no tenía un pelo, se limitó a mencionar en algún momento algo llamado “el tres por ciento” y, como por arte de magia, desaparecieron críticas y malos modos. Como entre bueyes no hay cornás —ya ven, este cuaderno se abona a la frase, culpen a los políticos—, el silencio dejó mudo también a Don Pasqual y, aunque muchos sospechamos que había bastante más detrás de las insinuaciones, el asunto se dejó enterrado, aparentemente para siempre.

Miren, considero imposible, pero imposible casi al 100%, que alguien con tamaña capacidad de decisión y que gobernó un país de las características de Catalunya durante tantísimos años no sacara partido consciente de ello: contratos, prebendas, favores, acuerdos… ni siquiera sería acertado hablar de “mafia”, porque esto es otra cosa para la que creo que todavía no hemos inventado un término. La posición social y de imagen de Jordi Pujol, también como protagonista de la Transición y encarnación de la figura del “estadista”, que aparentemente faltaba en los gobiernos de España, contribuyó a esa aura de intocabilidad1 y honradez que se le atribuía, hasta el punto de transmitir luz sobre personajes tan siniestros como José María Aznar, pacto del Majestic mediante. En los tiempos más oscuros del país, Pujol siempre aparecía como figura de consenso, ya fuera para mostrar cohesión como para convertirse en la diana de toda crítica, desviando en ambos casos la atención de gente que, quizá, se la merecía más por entonces. Por mucha roña que supurase la política ibérica, al único que parecía que jamás le iban a pillar en algo era al molt honorable.

Y, al final, sin embargo, le han pillado. O se ha pillado él mismo antes de que lo hicieran otros. Y, en realidad, ha sido tan sencillo como tocarle donde alguien sabía que le iba a doler más: sus hijos. Los vástagos de apellido Pujol i Ferrusola han resultado ser tan ambiciosos como absolutamente torpes, dejando un rastro de migas que ni Pulgarcito con la panadería recién abierta. Y ése ha sido precisamente el problema, que al final la cosa fue tan evidente que era cuestión de tiempo que el patriarca saliese a la luz como titular de cuentas de origen y localización, digamos, dudosa. Independientemente de las excusas que el expresident pudiera dar —lo de la herencia es tan socorrido como poco elaborado—, el efecto inmediato ha sido la destrucción de la imagen que se labró y le labraron —ah, los medios cortesanos— durante tanto tiempo y de su aura de hombre de estado, de pilar corresponsable de la transición, casi de fundador de la nación catalana. Es inútil desligar esta debacle del proceso de construcción catalán, particularmente cuando los protagonistas de dicho proceso han hecho punta de lanza con los agravios económicos generados desde el gobierno central hacia Catalunya. En este caso sí, en este caso el componente nacionalista se ha exacerbado de tal manera que casi resultan tiernos los intentos de los más recalcitrantes por negar lo evidente: que quien abanderó —de forma más elegante, bien es cierto— el trillado Espanya ens roba ha resultado ser el primero que le sisaba els diners a su amada patria. Aunque seamos serios: la propia Convergència ya se ha ido ocupando en estos últimos años de desmontar el patrimonio catalán —colegios, hospitales, agua, servicios públicos— y venderlo por piezas a los amigos más complacientes. Es decir, que Jordi Pujol, aun siendo el más significativo, no es precisamente el mayor ladrón que campa por sus respetos por Catalunya ahora mismo.

Podemos hablar, si quieren, de lo oportuno del momento, con la consulta catalana en ciernes, el PP cada vez más enmerdado en corrupción y ya con exdirigentes en la cárcel, el PSOE viendo cómo se le desmoronan también las estructuras de poder aparentemente irrompibles en Andalucía; o con la Corona intentando desesperadamente borrar los últimos años del juancarlismo crápula con medidas poco más que cosméticas. En el fondo ya da lo mismo: la cultura del choriceo desde el poder, sobre todo el poder que se asienta en la costumbre, amenaza con inmunizarnos moralmente ante todos estos atropellos. A la hora de escribir este texto y tras haber confesado públicamente que durante 34 años decidió no cumplir sus obligaciones con el fisco, Jordi Pujol sigue con el título honorífico de ex-presidente de la Generalitat, con rango casi de jefe de gobierno, despacho propio, secretarias a sus órdenes y pensión de altos vuelos, todo ello pagado con los monederos de los siete millones y medio de catalanes (puros e impuros) y los treinta y tantos millones del resto de españoles, porque al cabo la cesión fiscal catalana no pasa de un porcentaje. De momento CiU sigue sin reaccionar y ERC ya ha puesto su granito de arena rechazando la creación de una comisión de investigación en el Parlamento. Lo que puede interpretarse como pura estupidez en favor de “razones de estado”… o como acojone por lo que pudiera salir detrás, que a estas alturas creo que casi no quedan alfombras sin bultos sospechosos. Bueno, pues aún así todavía encuentro a gente que pone la bandera por delante de la mugre y se indigna cuando se lo echas en cara.

En cualquier caso no creo que vaya a pasar nada: una caída en desgracia de Pujol podría causar maelstroms con tantas ramificaciones que dudo mucho de que alguien que no sea un juez quijotesco —alguno queda— se atreva a seguir hurgando en los negocios de los Pujol-Ferrusola. Sin descartar que alguno de los vástagos implicados termine de cabeza de turco, el principal daño ya está hecho y, muy posiblemente, Convergència acabe pringada también con las revelaciones de los últimos días. Lo que, por extensión, afectaría a la consulta de autodeterminación y lograría retrasarla, por lo menos, hasta que pasen las elecciones2.

Así que, parafraseando a uno de los mejores amigos del susodicho: Tranquilo, Jordi, tranquilo. Que la cosa no va a ir más lejos. Por desgracia.


1 Críticas desaforadas aparte cuando empezaron los pactos de legislatura en Madrid, se entiende.

2 Que este que suscribe está convencido, no obstante, de que es exactamente lo que Artur Mas querría: quitarse el muerto de la consulta de encima, a ser posible sin que se le note mucho.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.