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Todología con bigote
Reseña: "Commodore, A Company On The Edge", de Brian Bagnall

Antes de la era del PC, antes de la explosión de gigantes como HP, Dell o Apple, antes incluso del omnipresente Windows de Microsoft, la mayor compañía de ordenadores del mundo se llamó Commodore. Y su fundador, un estadounidense de origen polaco llamado Jack Tramiel, empezó reparando máquinas de escribir y vendiendo calculadoras y construyó un imperio sin tener ni idea de informática o electrónica; sólo con una engrasadísima intuición sobre lo que podría funcionar en el mercado y una agresividad a prueba de bomba, Tramiel hizo de Commodore el símbolo americano por excelencia del microordenador personal, al ser el primero que decidió producir y vender masivamente un aparato que, por entonces, poca gente tenía idea de para qué podría servir.

Brian Bagnall dedicó varios años a investigar los entresijos de Commodore, su fundador y sus principales ingenieros durante la época en la que la compañía alcanzó la cumbre. Aunque el libro coloca a Tramiel y su arrolladora personalidad en un plano de protagonismo muy similar al de Marlon Brando en El Padrino ( aparece en apenas un tercio de la obra, pero su presencia es constante incluso cuando no está), los principales actores de este emocionante drama son sus ingenieros. Entiendo que esta frase pueda parecer contradictoria y que probablemente se comprenderá mejor si se pertenece al oficio; pero la narración de las ideas, dificultades y genialidades relacionadas con el proceso del diseño de un chip, un circuito impreso y, al cabo, un ordenador personal, en una época en la que buena parte de ese trabajo era casi artesanal, resulta más propia de una película de aventuras y suspense que de un documental sobre tecnología. En este sentido, Bagnall cuenta la creación del Commodore PET como si fuese un capítulo de Megaconstrucciones. Y a los que alguna vez hemos tenido que trastear en un laboratorio con componentes y placas, mucho antes de las aplicaciones de CAI que ahora aceleran el diseño de cualquier circuito de forma espectacular, se nos escapa la lagrimilla al imaginarnos cómo tuvieron que mandar más de una prueba a la basura por apenas unos milímetros de desvío en el dibujo. Por esto, la estrella del show durante buena parte del libro es Chuck Peddle, el creador del primer procesador de bajo precio para consumo masivo, (el MOS Technology 6502), padre del PET, y el hombre que demostró que el futuro estaba dejando atrás a las calculadoras para instalarse en los ordenadores. Una de las intenciones de Bagnall con este libro fue, precisamente, rescatar a Peddle del olvido y reivindicarle como el auténtico creador del ordenador personal, frente a la historia más o menos “oficial” que otorga ese papel a los fundadores de Apple Computer.

El extenso trabajo de Bagnall, repleto de conversaciones y declaraciones de quienes trabajaron en Commodore en algún momento de aquella maravillosa época, permite reconstruir pieza a pieza tanto la historia de la empresa y sus productos como el contexto en el que se movieron. Y es importante esto porque permite al lector comprender que el mismo mundo en el que él está leyendo este libro (en el caso de quien esto escribe, en edición electrónica) depende en gran parte de las decisiones, muchas veces audaces, que se tomaron en compañías como ésta. Por eso, el análisis del carácter de Tramiel y su relación directa con dichas decisiones es tan relevante que incluso el autor permite dedicar un capítulo entero a lo que pudo ser una desgracia y se quedó en anécdota, que fue la vez en la que Tramiel estuvo a punto de morir en un accidente aéreo del avión privado de la empresa. Sin embargo no resuelve (y suponemos que quedarán sin resolver) los motivos de la abrupta salida del fundador tras fuertes discrepancias con su socio capitalista, Irving Gould el hombre que rescató a Commodore de sus primeras dificultades financieras pero que se desentendía de la gestión de la empresa, dejándola en manos de Tramiel. La marcha de éste, tan de malas maneras y justo cuando el Commodore 64 se había convertido en el ordenador más vendido del mundo1, cierra este libro. A Commodore le quedarían todavía un par de años de vacas gordas gracias a la popularización entre distintas profesiones (diseño, arquitectura, música) del AMIGA, ordenador de gama alta que pretendía ir un paso más allá del microordenador para competir en el todavía incipiente mercado de los 16bits, y que acabó siendo el canto de cisne de la firma americana.

¿Cómo es posible que una compañía que en 1984 era líder del mercado acabase desapareciendo apenas diez años después? Me temo que el libro no lo explica más que muy brevemente. El autor en su día prometió una continuación titulada “Commodore: The Amiga Years”, aunque recientemente avisó en su cuenta de Twitter de que dicho libro podría no llegar a escribirse nunca. Y, teniendo en cuenta que sus protagonistas van desapareciendo (Tramiel murió en 2012 y Gould en 2004, por ejemplo), la obra parece cada vez más lejana. Así que deberemos conformarnos con el objeto de esta reseña, que además de la historia de una compañía de ordenadores es una magnífica crónica sobre gente que llegó a cambiar de verdad el mundo.


1 Las cifras varían grandemente, pero según distintas estimaciones se vendieron un mínimo de diez millones y un máximo de diecisiete millones de unidades.

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