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Todología con bigote
Panchazos

Primero léanse estos dos tuits de abajo y reflexionen unos segundos sobre ellos:


Tranquilos, que no voy a darles la brasa con otro de los incontables artículos que existen sobre los límites del humor. Pero déjenme que les cuente un par de detalles: soy andaluz de nacimiento; la mitad de mi familia es árabe; la otra es española, pero una rama de ella está directamente emparentada con Ecuador (no con todo Ecuador, no exageremos), otra parte con Francia (tampoco toda Francia), otra con Galicia, otra con Lepe, y por los apellidos de mis antepasados probablemente alguno de ellos tuviese origen judío. Comprenderán que a lo largo de mi vida he hecho y me han hecho todo tipo de chistes de corte racial; no necesariamente racista, aunque también los hubiera. Que me llamen “moro”, aunque etnológicamente sea incorrecto, ha ocurrido durante ciertos períodos y nunca me he sentido ofendido por ello, porque nunca hubo maldad en el apelativo (también es verdad que eran otros tiempos menos convulsos). Y no comprendí el sentido peyorativo del término “sudaca” hasta muy tarde, porque la primera vez que lo oí debía de tener trece o catorce años.

Sin embargo hay palabras, como la del tuit de arriba, que me sacan mucho de quicio, porque su origen no está en ningún chiste, ni siquiera en una serie como la que se menciona (que, en todo caso, lo que sí hace es potenciar su utilización), ni mucho menos en una declaración festiva de la procedencia de una persona. En los dos años largos que viví en Madrid, esa ciudad que te venden como acogedora y en la que nadie te pregunta de donde vienes, es precisamente donde más racismo y xenofobia noté en las calles. Fue ahí donde empecé a oír el odioso “panchito” para referirse a los latinoamericanos, particularmente los de Perú, México y Ecuador, pero por antonomasia a todos. A todos los que trajeran la piel oscura, claro está, porque hasta en el racismo hay categorías establecidas.

“Ese barrio está lleno de panchitos”. “El panchito que nos trae la mercancía”. “[A un vendedor del top manta] Dame esa película, pero ¿no estará doblada al panchito, eh?”. Ni antes ni después de mi estancia en la capital he vuelto a oír pronunciar con tanta frecuencia esa palabra. Y su uso, inevitablemente, se une al desprecio. La carga xenófoba que tiene tal término es tan venenosa que oírla me provoca el asco más profundo ante la persona que la dice. Que, para colmo de males, se cree mejor y más guapo y más listo cuando la suelta, como si estuviera en un nivel superior cuando en realidad lo que deriva de esa boca es mierda. Y sí, es una cuestión de educación, de poner algo de limpieza en un cerebro podrido. Cuando la autora del tuit del principio se queja de series como “La Que Se Avecina” o similares, tiene razón en su queja; es desde ahí donde se propagan expresiones que trascienden el humor para convertirse en insultos. Es lo que tiene el humor de sal gorda, que para alcanzar a su público sigue una ruta realmente corta. Porque en realidad ese “machupicchu” no deja de ser una variante del dichoso “panchito” que nuestra hipócrita ciudad abierta ha tenido a mal popularizar.

De este modo, alguien puede decir que la palabreja en cuestión es un chiste. Y yo pensaré que ese alguien es un imbécil.

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