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Todología con bigote
¡Aleluya, terminó el mundial!

Terminó el mundial de fútbol más feo que recuerdo, por encima incluso de aquella infamia llamada USA’94, que acabó con la final decidida a penaltis. Juego en general muy sucio, fútbol desaparecido tras la tercera jornada de la fase de grupos, exceso de partidos en la prórroga por la ausencia casi total de iniciativa en los equipos, ninguna sorpresa en su último tramo, copado por los equipos de siempre, y una final que dio algunos latigazos de buen juego, pero que resultó tan soporífera como el resto. Lo único destacable es que, al menos, no tuvo que rifarse desde los once metros. Visto cómo fue, lo mejor que puede decirse de esta Copa del Mundo es… que por fin se ha acabado.

Ganó Alemania, que fue la selección que dejó mejor fútbol junto a las de Colombia y Costa Rica, con el plus de experiencia y consistencia impreso por Joachim Löw desde que se hizo cargo del equipo. Me alegro por Löw, un buen seleccionador capaz de cargarse a “vacas sagradas” sin problemas y de formar un conjunto que, con pocas variaciones, ha presentado seria candidatura en los últimos cuatro torneos grandes para, por fin, conseguir el premio gordo. Es el cuarto mundial que celebra la Mannschaft (el último, hace 24 años, también ganado por 1-0 ante Argentina), una selección que, aun sin cumplir la máxima de Lineker, siempre han demostrado que es el único equipo con el que contar sin duda desde la primera fase en los últimos cuarenta años. Tampoco ha sido un camino sencillo, ojo: a punto estuvieron de caer contra una selección argelina muy seria y con mucha técnica, a la que sólo le faltó algún delantero con un mínimo de picardía para sacar partido de la entonces inexistente línea media teutona. Pero en esos detalles, también, es donde se encuentra una campeona del mundo, que le debe tanto a la increíble actuación de Manuel Neuer aquel día como a la de Götze marcando hoy, como la del resto de jugadores en perfecta sincronización durante el resto de partidos.

Magro consuelo para los que nos gusta el fútbol ha sido que a la final no llegasen ni los anfitriones ni Holanda; esta última uno de los equipos con más potencia y más agresividad en el campo, pero al mismo tiempo con una violenta concepción del juego a la que se añadió una querencia excesiva por intentar (y conseguir en ocasiones) engañar a los árbitros y los indudables esfuerzos de sus jugadores por caer antipáticos al resto del mundo. Sin discutir su calidad, la Copa del Mundo no podía permitirse a alguien tan lamentable como Arjen Robben levantándola.

Perdió Brasil; no la final, de la que fue apartado brutalmente por los ahora campeones, sino el mundial en general. Con un juego espantoso, totalmente alejado de lo que se esperaba de esta selección, y más jugando en su casa, los canarinhos se han dedicado más a dar patadas (casi ninguna al balón) y a evitar los tiros a puerta, de tal modo que lo sorprendente fue que llegasen a semifinales. La ausencia de verdaderas estrellas que marcasen la diferencia incluso dentro del racaneo provocó que estuvieran a punto de ser eliminados en octavos ante Chile (ganaron a penaltis) y que pasaran cuartos jadeando ante Colombia (2-1), para terminar con la debacle del 1-7 ante los alemanes que demostró, entre otras cosas, que Scolari no debe pisar un banquillo de fútbol nunca más, y mucho menos el de la selección brasileña, a cuyo fútbol ha insultado con su desquiciada propuesta. Esta vez no hizo falta ningún maracanazo para convertir la derrota en tragedia nacional; bastó con que Brasil vendiera su alma.

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