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Todología con bigote
Contra los desacentos

Le voy a contar una cosa, amigo lector, amiga lectora: Usted tiene acento.

¿Le he sorprendido? ¡Pero si usted es de Madrid! ¡O de Valladolid! ¡O es un andaluz emigrado y le estaba costando sangre esconderlo! Pues ya ve, le he pillado in fraganti; no sólo tiene usted acento, sino que además se le nota un huevo. Y el acento.

Usted tiene acento porque se le marcan las eses, o porque no las pronuncia, o porque se empeña en pronunciar como “z” una “d” intercalada, para qué hablar de su “d” final, y no digamos ya cuando el concepto “consonante final” es simplemente inexistente. Usted tiene acento porque sesea y/o cecea, porque flecta la última vocal, o porque la pronuncia con una guturalidad tal que parece que vaya a surgir la vieja Morla de su boca. Usted tiene acento porque lleva la sinalefa en su corazón y en cada una de sus frases. Tiene acento porque hace las silbantes sibilantes, redobles con las fricativas y escupitajos tras las labiodentales. Usted tiene acento porque se empeña en que la b y la v no suenan igual, lo tiene porque hace música al hablar o porque prescinde totalmente de ella. Tiene acento porque desconoce el pretérito indefinido mientras que mima al imperfecto de subjuntivo, o porque leíza, laíza y loíza sobresaltando al pronominal con ese glockenspiel. Y, sobre todo, usted tiene acento porque cuando nota que algún otro tiene acento, es porque tiene acento distinto al suyo.

Y una vez que hemos dejado claro este principio: ¿por qué disimularlo?

¿Es usted un aspirante a actor o un artista consagrado que cree que necesita librarse de su acento para triunfar en la vida? ¿Se ríen sus compañeros de trabajo de usted porque habla raro? ¿Requiere repartir peces Babel entre sus amistades para que le comprendan cuando hace denuncia política? ¿Piensa que el idioma ése que ve en los doblajes de las películas lo habla alguna persona? ¿Sabe que esa persona también tiene acento?

Y cuando aprende un idioma extranjero, también lo habla con acento. Porque ese inglés que usted se empeña en pronunciar como si fuera del mismo Cambridge mientras lo aprende, dejará de oírlo y de hablarlo apenas tenga su certificado en la mano. Porque si tiene alguna vez que tratar con indios de la India, con escoceses de Glasgow, con americanos de Texas e incluso con alemanes de Alemania hablando el idioma de Shakespeare (siempre mejor en el klingon original), comprobará que sus largos años de meterse piedrecillas en la boca para poder pronunciar correctamente “throughout” sólo le habrán valido para no entender a un irlandés diciendo “zruoyt”. Porque, oh, sí, también los irlandeses tienen acento. Los de ese pub irlandés al que usted suele ir los domingos, por ejemplo, tienen acento sevillano. Y por eso, cuando usted hable en extranjero, lo hablará con su acento; porque lo que importa es que lo hable correctamente, y que se note el acento.

Por eso le ruego, le pido, le exijo, le conmino, le ordeno, LE EXHORTO: quiera a su acento, mime a su acento, ¡GRITE! su acento, despliegue la bandera de las vocales abiertas y cerradas, de la economía consonántica, del concierto para sibilancia y orquesta en “S” mayor, racanee las dés, uveíce las bés, explosione las tés y róbele el aliento a sus contertulios con sus frases sinalefizadas y carentes de espacios. Vocee a los cuatro vientos su idiosincrasia idioléctica y búrlese, búrlese fuerte y en público de todos aquellos que pretenden ir por la vida sin tener acento.

¿Se avergüenza usted de su acento? ¡¡¡AVERGÜÉNCESE DE USTED!!!

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