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Todología con bigote
Medio año

Buscando salidas al bloqueo del escritor, sólo se me ocurre llenar papeles con frases al azar, casi siempre inconexas. A veces, ni siquiera en el aislamiento multitudinario a 33.000 pies de altitud, donde los pensamientos se reconcentran en el libro delante de los ojos o en los baches debajo de los pies, es posible hallar un hilo concreto del que agarrarse para contar una historia cualquiera. Hay muchos días en que sí, porque el propio trasiego del pre-viaje, un compañero insospechado de asiento o las microhistorias que se desarrollan ante tus ojos en los grandes espacios del aeropuerto, permiten rellenar las páginas con cuentos que sólo lo parecen porque se despliegan con suficiente fluidez como para que parezcan irreales.

Cuando uno lee los consejos de escritores profesionales, particularmente de guionistas, que escriben apuntando hacia un fin, no siempre con fecha, la frase que más se repite es “escribe todos los días”. Esto es lo que da al oficio su categoría y elabora la escala de esfuerzos que tanto cuesta hacer visible a quienes piensan —o interiorizan— que escribir no es más que una actividad secundaria que puede interrumpirse constantemente. Mi hermano es escritor; escribe por oficio y aspira constantemente a ganarse la vida con ello. Y, según ha ido creciendo y evolucionando como profesional, se ha establecido un protocolo de trabajo donde el esfuerzo mental y físico de escribir acaban ocupando unos horarios estrictos. Y no debe de ser fácil de cumplir a diario, mucho menos cuando existe una fecha de entrega que requiere más horas de las habituales y, seguramente, menos satisfacciones al final del camino. Pero, en realidad, ¿a quién le gusta levantarse temprano durante la semana o quedarse más tiempo en la oficina “por necesidades del proyecto”? El oficio de escritor, despojado de su parte romántica, no es tan diferente en su faceta obrera.

No soy escritor. Es decir, no vivo de la escritura ni tengo obligación de escribir, seguramente tampoco vocación. Soy un aficionado que, de vez en cuando, necesita ponerle letra sin música a lo que pasa por la cabeza. Si hubiera que buscar razones a mis escritos, ésa sería la principal y, a veces, la única. Secundariamente podría pensar que lo hago ahora con más frecuencia para no perder la soltura que alcancé hace algunos años. Pero, realmente, sólo escribo con cierta regularidad desde hace poco más de diez. Releo ahora aquellos textos desde 2002, que todavía conservo en un archivo de considerable tamaño, y me parecen en su mayoría torpes, atolondrados y muy desestructurados, aunque probablemente más fogosos e ingenuos, pues provienen de una época de grandes cambios personales que estimularon una inquietud mental que me atrevería a calificar como tardía; tal que hubiese llegado con cinco o diez años de retraso.

Ahora estoy más satisfecho, en general, de lo que escribo, aunque sigo conservando la mala costumbre (es una manía, en realidad) de no revisar casi nada, como no sea una falta de ortografía o una frase que se malentiende. Por eso estoy convencido de que nunca llegaré a escribir una novela, ni siquiera una novela corta. Creo que le tengo pánico al proceso de crítica, revisiones y correcciones, inevitable si se quiere hacer bien el trabajo. Me daría vergüenza infinita publicar algo de ese calibre sin pulir y, de hecho, me producen vergüenza ajena algunos aspirantes a escritor que sueltan a la venta textos sin domar y esperan recibir (y a veces reciben) parabienes por ello. Y, sin embargo, nada de lo que publico se revisa. Soy consciente de que algunos textos salen bien de entrada, lo que me produce un asomo de felicidad. Y, para los que no, me contento pensando que, al menos, su corta extensión va a compensar la baja calidad. Que, en el mejor de los casos, no hará perder demasiado tiempo al lector, sobre todo si se los lee mientras está haciendo alguna cosa productiva. Incluso si sirven como lectura de baño podríamos hablar de una aspiración consumada; una cota que no pocos escritores desean alcanzar. Idealmente, porque el lector no pueda pasar un sólo minuto sin proseguir la lectura.

Sin embargo, escribir me es siempre difícil. Uno, que no es experto de nada, encuentra cada día a alguien que siempre sabrá más del tema sobre el que se pretende escribir. En una mayoría de casos (por suerte), además lo expresan razonablemente bien. Y no tiene sentido entonces escribir sobre algo en lo que sabes que no podrás aportar nada más, así que te haces a un lado y muestras a quien te lee adónde tiene que buscar. Y como, por otra parte, la ficción no se me da especialmente bien, además de que requiere una inversión mental y temporal que no siempre puedo llevar a cabo, se comprende que la lucidez y claridad de los textos sea tan variable. O tan caótica, si así lo prefieren.

Ha pasado ya medio año. Quedan otros seis meses. Lectoras, lectores, recorrámoslos juntos.

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