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Todología con bigote
La reonda

Había una vez un alcalde que decidió no construir una rotonda en su pueblo. A pesar de las presiones y amenazas de promotores, constructores, jueces, fiscales, abogados divorcistas, su madre, su suegro y los compañeros de su partido, el alcalde se negaba en redondo a la redonda. La prensa lo difamó, los vecinos le retiraron la palabra, incluso sus parientes le azuzaban los perros cuando lo veían aparecer por la calle. Finalmente cedió y prometió que como alcalde que era, su deber era construir la rotonda, pero sólo si le dejaban hacerla a él. Tras aprobarse por unanimidad en el pleno, el alcalde se puso manos a la obra y laboró día y noche para tenerla lista en la fecha acordada, poco antes de las elecciones. El resto de concejales se frotaban las manos, su partido le mandaba guasáps diarios de ánimo mientras contactaban con escultores amigos, preparaban vallas publicitarias a cargo de sus propias empresas y se aseguraban de que el mantenimiento se colocase a la subcontrata adecuada, cuya sede compartía edificio con el despacho de uno de los vicesecretarios.

Llegó el gran día y allí se juntó la mundial: prensa, vecinos, perros, parientes, partido, suegro, madre, abogados, fiscales, jueces, constructores, promotores, esperaban con ilusión el momento inaugural mientras se iban pasando cheques unos a otros y formaban un círculo alrededor de la impactante obra pública. Era increíble como el alcalde, SU alcalde, se había empleado a fondo para conseguir el ansiado objetivo. La banda estaba lista para la fanfarria, el cura preparaba el hisopo y el presidente de la Comunidad Autónoma, por supusto compañero de partido, se aclaraba la voz para su ampuloso discurso.

El alcalde apareció en una esquina y se dirigió con paso firme y constante hacia la rotonda. Cortó de raíz la charanga sin que a la banda le diera tiempo de encadenar cuatro notas. De un manotazo seco tiró el discurso del presidente al suelo. Cogió las tijeras que le acercaba el concejal de Urbanismo, se dirigió al centro del redondel, lanzó una fugaz mirada con el rostro torcido a los presentes y, sin decir ni media, ni siquiera cambiar de expresión, cortó la cinta. Se oyeron unos tímidos aplausos al fondo, interrumpidos de golpe con un significativo gesto del presidente. El alcalde salió del círculo en silencio y, ya fuera, por fin habló:

— Os habéis salido con la vuestra. He aquí la rotonda.

Aun con poca convicción, hubo un asentimiento general.

— Y ahora, que os den.

Dio un pisotón en el mismo borde de la rotonda y ésta se plegó varias veces sobre sí misma, cada pliegue acompañado de un estruendo que hacía saltar a los allí reunidos. Tras unos segundos lo que quedó no ocupaba más espacio que un maletín de mano, con su asa y todo, que el alcalde agarró prestamente, metió en su coche aparcado allí cerca. Luego subió al vehículo y se alejó a toda la velocidad antes de que cualquiera de los paisanos tuviese tiempo de reaccionar del shock en el que todavía se encontraban.

En algún lugar desconocido, en medio de un paraje indeterminado, un hombre vive aislado en lo que parece un mantel circular tejido de hierba, madera y hormigón. Encima de éste se ha construido una casa rodeada por un profundo foso. El hombre se niega en redondo a salir de su círculo y dispara sin miramientos a cualquiera que se atreva a acercarse a su hogar.

El pueblo, hoy, sigue sin tener rotonda.

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