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Todología con bigote
Una teta en la sopa

El otro día, comiendo en un restaurante, encontré una teta en la sopa. Era una teta bastante normal, ni excesivamente grande ni pequeña, de tono más tirando a manchaíto que a café cortado, con una areola perfectamente circular y un pezón del tamaño de una avellana (no confundir con la arvellana sevillana, que a pesar del nombre es en realidad un alcagüese o maní). Realmente no me había dado cuenta de ella hasta que, al quedar el plato medio vacío, creo que allá por la cucharada treinta y siete, empezó a asomar entre el líquido. Dado que la sopa era de pescado, y no de pollo o ternera, difícil era que procediese de semejantes animales. Lo que por otra parte sería absurdo, pues ninguno de esos prodigios de la naturaleza posee una glándula mamaria con las redondeces que presentaba ésta. Particularmente el pollo.

Al principio no supe reaccionar y me quedé allí mirando el pezón fijamente, con la cuchara enhiesta, sujeta con la mano derecha. No se movía, el pezón quiero decir; por momentos parecía que amagaba con encogerse o sobresalir un poco más, pero nada, imaginaciones. En realidad permaneció allí quieto, clavado en mi pupila. Acerqué la cuchara a la teta y la tenté con ella levemente. No pasó nada. La apreté un poco más y se hundió ligeramente, creando ondas concéntricas a su alrededor que desplazaron a los fideos hasta el borde del plato, pero eso fue todo. Irritado, la empujé hasta el fondo con la cuchara.

Y se resistió. De hecho no fue exactamente eso, sino que de repente sentí cómo el cubierto era fuertemente rechazado y, acto seguido, la teta rebotó disparada un par de metros hacia el techo, para luego caer mansamente, como sujeta por un hilo, de nuevo hacia el plato, donde tembló como un flan un par de veces hasta recuperar su posición inicial, atenta y desafiante, en el centro exacto de éste. Todo ello bajo la absoluta indiferencia del resto de comensales que había en la sala.

Golpeé furiosamente la cuchara contra mi copa y llamé al camarero, que se presentó inmediatamente, con expresión de desgana y enfado.

— ¿Llamaba el señor?

— ¡Claro que llamaba, oiga! ¡Hay una teta en mi sopa!

— ¿Una teta?

— ¡Una teta! ¡Redonda, perfecta, con su pezón y su areola! ¡Una teta de concurso!

— ¿Pero usted no la pidió?

— ¿¿Cómo voy a pedir una teta??

— Pues está en el menú, señor.

— ¿En el menú?

— Sí, señor. En el menú del día se puede escoger de primero ensalada campera, sopa de pescado, lentejas estofadas o caldo de teta. Dispense, señor, me parece que mi compañero debió de tomarle mal la comanda.

— ¿¿PERO CÓMO VAN A TENER CALDO DE TETA EN EL MENÚ??

— Ah, pues es un plato muy apreciado, señor. De hecho no solemos tenerlo con frecuencia, porque el proveedor no suele traer tetas adecuadas a menudo. Que este restaurante es de los de batalla, pero cuidamos mucho la calidad de la comida. Si hubiese venido más tarde ya no habríamos podido servírsela, me temo.

— ¡Pero es que yo no quiero caldo de teta! ¡Me parece una barbaridad eso que dice!

— Perdone, caballero, pero no le entiendo. ¿Acaso no le gustó el caldo?

— ¡Que si…! Eh, pues sí, me gustó, pero esa no es la cuestión. La cuestión es…

— … que se encontró una teta y de repente no le gustaba.

— No, no es eso, es que… a ver, ¡que la intenté tocar y salió disparada!

— Pues lo normal, caballero. Si la teta no quiere que la toquen, pues no se toca, o sale disparada. Que una cosa es que esté en la sopa y otra que se deje hacer porque al cliente le dé por propasarse.

— Pero que yo no me he propasado, es que… ¡Bueno, a ver, no me líe! Lo que yo quería decir es que…

— Ya, ya, que no es lo que había pedido.

— Pues no.

— Y quiere que se la cambie por la de pescado.

— Pues sí. ¡No! ¿Sí? La verdad es que estoy confuso… en realidad no tengo más hambre. No sé qué hacer.

— Si quiere se la podemos poner en un paquetito para llevar.

— ¿La teta?

— La teta. Y la sopa, si cree que podrá con todo.

— ¿Y qué hago con la teta?

— Usted sabrá. Lo que no irá es a dejársela aquí. Podría ofenderse.

— ¿La teta?

— La teta. Obviamente, no va a ser la sopa.

— Comprendo. Bueno, en realidad no lo comprendo.

— No hay nada que comprender. Yo le envuelvo la teta y la sopa, usted se las lleva y, mire lo que le voy a decir, por las molestias y para que no se sulfure más, a este menú le invita la casa. Fíjese bien, eh, que invitar a teta no es algo que puedan decir muchos restaurantes. Pero aquí preferimos que el cliente salga satisfecho, con o sin teta.

— Sí… bien… démela, que me la llevo y ya si eso.

— Ya si eso.

Y aquí estoy, con una teta en la repisa del salón, junto a la tele, y sin saber muy bien qué hacer con ella. Y es un engorro, no se crean. Estoy viendo cualquier programa idiota, o una película de las de hostias, y me da la sensación de que el pezón me observa desaprobadoramente. No me he atrevido a volver a tocarla, ni siquiera con los palillos chinos, no vaya a ser que del respingo me deje una marca en el techo, o quién sabe qué otras cosas podría hacer una teta ahí, suelta y a su aire. Quizá un día de estos me arme de valor, venza la aprensión que me invadió desde aquel día en el restaurante y me presente formalmente. A fin de cuentas, siempre es mejor conocer a una teta con el debido protocolo. Mientras tanto, le he comprado una docena de semisujetadores… sólo espero haber acertado con la talla, que ya tengo muy claro que esa teta es un tanto susceptible.

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