título
Todología con bigote
Épica trágica

Incluso en el hiperprofesionalizado fútbol actual, un Mundial sigue siendo fuente de luminosas hazañas e inconmensurables tragedias. Ni siquiera en los tratados de Historia más sesudos se describen los hechos con tanto detalle y emoción como en los incontables libros escritos sobre gestas del balompié. La Historia de los Mundiales, desde su creación en 1930, provee al aficionado de tal caudal de datos, nombres, hechos y momentos estelares que es más fácil que responda correctamente preguntas sobre el “maracanazo” de 1950 que sobre los últimos tres o cuatro gobernantes de su país, incluyendo el actual. Pues así es la fuerza y la capacidad de arrastre del fútbol.

Y es que la épica, no sólo en este deporte, se ceba siempre con ambas caras de la moneda, la triunfadora y la trágica. Por eso en las crónicas se colocan al mismo nivel la espectacular victoria de la selección de Brasil frente a la italiana en la final de 1970 como la igualmente espectacular (por otros motivos) derrota de los canarinhos frente a los azzurri en la segunda fase del campeonato de 1982, que además supuso la inesperada eliminación de los primeros. Aunque las tragedias siempre resultan más interesantes; histórica y dramáticamente dan mucho más juego y la transformación de héroes a villanos, o la génesis de estos últimos a lo largo de noventa minutos sobre el campo, adorna la literatura con mucho más colorido.

Cada país, además, tiene su propio corpus trágico en lo que respecta a los Mundiales. Volvamos a Brasil, ganadora de cinco campeonatos y esperando el sexto y que, sin embargo, marca su historia mundialista en un punto de inflexión llamado Maracanaço, aquella derrota imprevista y fuera de programa en su “otro” mundial, en su propia casa, frente a una selección de Uruguay que luchaba contra doce jugadores, casi doscientos mil espectadores, un país entero e incluso la propia organización, y que casi tuvo que pedir perdón por llevarse lo que los brasileños ya consideraban suyo. Probablemente no haya un partido de fútbol más estudiado y relatado que ése y, por más análisis que se le hacen, aún nadie es capaz de explicar convincentemente que pasó en Rio de Janeiro aquella noche.

Como no hubo forma humana de explicar aquel “milagro de Berna” que supuso que la selección de la República Federal Alemana, presente por primera vez tras la guerra en el gran campeonato, venciera en una extrañísima —y épica, cómo no— final a la gran favorita, Hungría, que llevaba cuatro años sin perder un partido y prácticamente arrollando en todos los que había jugado hasta entonces. Aquel tanto de Rahn a pocos minutos del final, sumado a la desbandada de jugadores que huyeron del país tras la invasión soviética, defenestró definitivamente a la todopoderosa selección magiar.

Probablemente la selección que más y mejor asume su condición de soldadito de plomo sea la inglesa. A pesar de ser los inventores oficiales de este juego, tardaron veinte años en asistir por primera vez a un mundial, y ya entonces se marcharon a casa a las primeras de cambio. Ganaron “su” campeonato en 1966 en Wembley y pareció que ya habían cumplido con lo que tocaba, puesto que desde entonces sus participaciones en este torneo y en la Eurocopa de naciones se saldan con fracasos que, en ocasiones, rozan lo absoluto. Tan interiorizada tienen esa condición de ir para regresar de vacío que incluso la canción Three Lions, el himno oficial de la escuadra inglesa en la Eurocopa del 96, celebrada en casa, en lugar de hablar de las victorias por venir se teñía del espíritu trágico de los leones, simbolizado en la cada vez más lejana Copa Jules Rimet que alzó Bobby Moore tras vencer a Alemania.

O la selección holandesa del 74 y del 78. ¿Qué hay más trágico, futbolísticamente hablando, que ser la mejor selección en dos mundiales consecutivos y palmar en ambos frente a la anfitriona en la final? Probablemente se recuerde y se recordará mucho más a la naranja mecánica perdedora de Cruyff y Neeskens que a la que ganó con autoridad la Eurocopa del 88 o a la finalista de 2010, a pesar de que seguramente fueron campeonatos mucho más complicados y de mayor dureza, particularmente el mundial sudafricano. Porque en la Eurocopa el campeón estaba casi cantado y en el Mundial… bueno, la épica cayó del lado vencedor, por una vez.

España se ha encontrado con la tragedia ahora, creo que por primera vez en la historia de los mundiales. Antes no se podía considerar una escuadra trágica per se: Lo máximo alcanzado había sido una cuarta posición en la Copa de 1950 (tras quedar última en la ronda final) y una Eurocopa en el 64 que, además, se jugaba en casa. Más allá de eso lo normal era, en el mejor de los casos, palmar en cuartos de final, si exceptuamos una derrota ante Francia en la final del campeonato europeo del 84; pero como era en París, tampoco es que contase mucho. Que sí, que es verdad que del optimismo desmedido al inicio de cada torneo se pasaba a la decepción pesimista del “lo de siempre” tras la inevitable eliminación, pero nada que se pudiese entender como trágico, mucho menos como épico, una vez pasada la resaca del fracaso al día siguiente. Pero claro, de repente se ponen a ganar campeonatos como locos, a pasar de la maldición de cuartos a ganarle a Italia en una tanda de penaltis, o incluso a acostumbrarse a que las decisiones dudosas de los árbitros caigan de su lado. Y así se escribe la historia, con un Mundial de fútbol flanqueado por dos Eurocopas consecutivas y, ahora sí, los ojos de todo el mundo puestos en “La Selección”, así con mayúsculas.

Y, de repente, la caída, el hundimiento de un equipo que quería hacer grandes cosas en la segunda cuna del fútbol y se encuentra, tras el segundo partido, con que tiene que hacer las maletas y volverse a casa con la cabeza gacha, gachísima. Además siendo humillada por Holanda, a quienes derrotaron en la final precedente y rematada por Chile, su principal rival de grupos en ese mismo campeonato. Esa broma pesada del bombo acabó convirtiéndose en la somanta de palos que, esta vez sí, alcanzó los mimbres de lo trágico… pero que ni siquiera ha podido revestirse de épico. Para los que nos hemos chupado ya unos cuantos mundiales y eurocopas semejante batacazo entraba dentro de lo posible, así que a la larga nos lo hemos acabado tomando con humor y cierta nostalgia, porque perder y revolcarte en la hiel del fracaso tiene más gracia que andar justificando las victorias. Pero claro, presenciando este torneo ya hay chavales que la primera vez que pudieron entender qué significaba un gran campeonato de fútbol tendrían, pongamos, unos seis años en 2008 y han visto esto con doce, edad suficiente como para empezar a cagarse en los muertos de toda la federación española e internacional. A esos, ¿cómo les explicas que lo que acaban de ver era, realmente, lo normal?

Y es por eso que, desde hace unos días, España tiene ya su propia participación trágica en unos mundiales. En mi opinión, no está mal que así sea. Volverán tiempos mejores, otras generaciones y nuevos triunfos. Y, para la próxima tragedia, a la selección también le acompañará lo que le ha faltado en ésta: la épica.


NOTA AL PIE: He dudado antes de escribir esto, pero creo que debo hacerlo. Como sé que alguno estará tentado de comentar sobre la frivolidad de hablar de tragedias cuando en este mundial, particularmente, las tragedias de verdad se están produciendo fuera de los estadios, al que sea le voy a pedir, por una vez y sin que sirva de precedente, que simplemente se abstenga. Este post va de lo que va: de fútbol. No le busquen más vueltas.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.