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Todología con bigote
Ideas sueltas #15

Ochenta y tres
Detesto el periodismo cortesano. Desprecio sin reservas a aquellos que conscientemente destrozan el buen nombre de una profesión maldita con columnas lameculistas a mayor gloria de los parásitos oficiales. Me asquean, me repugnan, me provocan arcadas sus genuflexiones en forma de columnas y extensos reportajes, en los que se inventan si es necesario —incluso cuando no lo es— historias y narraciones idealizadas para embellecer la hagiografía de aquellos de los que esperan obtener en un futuro favores, prebendas o, en el colmo de la miseria servil, apenas una sonrisa y una palmadita en la espalda. Aunque claro, ¿qué puede esperarse de cierta prensa en un país donde se celebra un acto al que denominan “besamanos real” y se describe como si fuera la cosa más normal y moderna del mundo?

Ochenta y cuatro
Nota mental: incluir en el párrafo anterior a supuestos periodistas independientes, republicanos de corazón y autocalificados de rebeldes y contestatarios. Mi corazón, concretamente mi dedo corazón, queda elevado hacia ellos.

Ochenta y cinco
Por una extraña coincidencia estuve visitando Tübingen el día anterior de este suceso. Entre lo alegórico y lo cómico del hecho, lo único que me da pena es que el sujeto no hubiese sido español, para poder incluirlo en mi colección de celtiberismos.

Ochenta y seis
Nuestra excursión a Baden-Württemberg arroja los siguientes resultados: Rotemburo del Néckar, bien, un pueblito muy apañado con cuatro o cinco lugares muy dignos de verse. Tübingen, espectacular, casi imposible encontrarle un rincón feo y en su mayor parte es de stendhalazo continuo. Ulm, excepto la catedral y una parte de la ciudad vieja, bastante decepcionante. Al igual que en Colonia o Frankfurt, la reconstrucción tras la guerra no le sentó demasiado bien y, aún hoy, se sigue edificando con un sentido de la estética casi nulo. El monumento a uno de sus hijos más ilustres, Albert Einstein, más que un homenaje parece una venganza.

Ochenta y siete
Aunque claro, luego me pongo a pensar y me pregunto si dentro de trescientos años los estudiosos de la Historia del Arte y la Arquitectura considerarán los mamotretos que hoy salpican nuestras ciudades como el canon de perfección de la época y los alabarán del mismo modo que nosotros lo hacemos con las construcciones góticas, renacentistas, barrocas o incluso Jugendstil. Y justo después me contesto que probablemente esas construcciones no durarán en pie ni la mitad de esos trescientos años.

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