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Todología con bigote
Esa gente vestida de amarillo

Un aeropuerto contiene entre sus paredes un enjambre de oficios y profesiones tan amplio que casi podrían componer una pequeña ciudad-estado. Pero de entre todos ellos, hay uno que me fascina y conmueve particularmente…

«Los pasajeros con necesidades especiales embarcarán en primer lugar»

… esto seguro que lo han oído mil veces. Y en casi todas hay una persona en silla de ruedas esperando para embarcar. La acompaña otra persona, vestida de amarillo y normalmente latinoamericana, que la lleva hasta la puerta del avión, la ayuda a llegar al asiento y la deja dispuesta para el viaje. O al revés, la recibe en el aeropuerto de destino y la acomoda en la silla de ruedas para llevarla a la persona que se hará cargo de ella posteriormente. Desconozco cómo se llama la función que ejercen, así que los llamaré auxiliares para el resto de esta nota.

Normalmente no nos fijamos mucho en ellos. Es normal, son parte del trasiego aeroportuario y, si no los necesitamos pasan a nuestro lado sin hacerse notar. Sin embargo son, aparentemente, incansables: mires donde mires ves a uno de ellos recorriendo la terminal de una punta a otra, con o sin silla de ruedas, llevando o trayendo a gente que les necesita y que depende de ellos durante un rato.

Si el pasajero está en tránsito internacional, a veces ese rato dura varias horas. En uno de mis viajes de España a Alemania tuve que pasar bastante tiempo en el Prat por una conexión con mucho retraso. Cerca de donde yo estaba sentado se encontraba una señora de bastante edad, creo que chilena, que conversaba con la auxiliar que le habían asignado, que por los rasgos supuse boliviana. Le hablaba de su vida en Chile, de los parientes a los que iba a visitar, de lo largos que se le hacían los vuelos y las esperas… una mujer atada a la silla de ruedas, vaya usted a saber desde cuándo, que durante esas horas interminables de tránsito tomaba a esa persona, a quien de nada conocía, en su completa confianza y se encomendaba a ella para cualquier problema que pudiera tener. Y la auxiliar le correspondía en la conversación, con voz dulce y pausada, sin dejar de sonreír y atenta a que pudiese necesitar alguna cosa.

Sin duda estaba haciendo su trabajo, pero aquella forma de ejercerlo, que me tuvo, como digo, fascinadísimo durante un buen rato, me hizo pensar que diariamente tenemos la profesionalidad delante de nuestras narices, en este oficio y en tantos otros de aparente —sólo aparente— sencillez, y la dejamos pasar sin siquiera contemplarla unos segundos en su grandeza.

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