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Todología con bigote
Matar a El Jueves

A El Jueves le tenían ganas. Durante los últimos años la revista se había convertido, casi, en la única publicación en papel de amplio alcance auténticamente informativa y veraz, a pesar de su carácter satírico. Con un humor que se había tornado muy amargo, muchos lo leíamos para saber qué coño pasaba de verdad en el país, ya que ni El País servía para eso. Era, grosso modo, el único medio verdaderamente crítico con gobierno y oposición, independientemente del signo de ambos. Y se hizo notar.

El secuestro de la ya famosa portada satirizando a los príncipes de Asturias (en breve reyes de España), a instancias de Zarzuela y con la colaboración muy entusiasta de un juez que ni siquiera tendría que haber admitido a trámite la denuncia, acabó saliéndole por la culata a la casa real; la susodicha portada, que no era ni de lejos la más bestia que haya podido publicar la revista en su historia, acabó teniendo una difusión infinitamente más amplia de la esperada gracias precisamente al secuestro, y disparó las ventas de la revista con posterioridad, multiplicando las burlas a la real familia y marcando un punto de inflexión en la supuesta campechanidad de los borbones. Demostró que en España todavía seguía existiendo la censura cuando de hablar de nuestros parásitos oficiales se trata y que ese pacto tácito entre los medios de comunicación de no criticarles no era más que una burla a la democracia y a la propia Constitución desde la restauración del 75. Algo bueno tuvo, no obstante: quebró en alguna medida dicho pacto y desde ahí empezaron a salir ciertas informaciones incómodas para la Zarzuela que en otros tiempos habría sido impensable revelar. No es que llegara la sangre al río, pues el cortesanismo periodístico español sigue mandando sobre la libertad de expresión, pero por un momento dio la sensación de que los reales traseros podían ser fiscalizados.

Nos equivocamos, claro, y se ha demostrado hoy. A principios de esta semana, El Jueves empezó a difundir en las redes sociales la portada que pensaban sacar el miércoles atendiendo a la noticia que mandaba en la actualidad, esto es, la abdicación del rey. Como ya ha pasado en otras ocasiones, la portada pensada originalmente (un chiste sobre la irrupción de Pablo Iglesias en la política nacional) tenía que ser sustituida por otra referida al magno evento, lo que suponía “parar las rotativas”, como en las películas y cambiarla urgentemente por la imagen que estuvimos viendo hasta ayer mismo. Extrañamente, en El Periódico aparece una viñeta de Ferreres que es casi idéntica a la portada abdicante. El miércoles la revista no está en los quioscos, las imágenes de repente dejan de aparecer y sólo un tuit tardío nos informa de que se ha tenido que retrasar la edición un día, hasta hoy. Me acerco por la mañana al kiosco y, cuando veo a Pablo Iglesias encabezando la publicación, le pregunto al quiosquero si ha llegado la de esta semana. “Es esa”, me contesta, “es que esta semana ha llegado un día tarde”. Me rasco la cabeza pero la compro igual y la hojeo rápidamente mientras regreso a casa: La portada difundida con el rey pasándole una corona llena de mierda a su hijo no aparece ni en la sección “Teníamos más portadas…”, ni en páginas centrales, donde sí sale una colección de bocetos con un pequeño texto informando de que “no conseguían decidirse por una” (???). El rumor que empezó a correr el miércoles por la noche parecía hacerse realidad: alguien ha censurado la portada. ¿La propia revista? No era imposible, pero sí difícil de creer…

Hoy hemos conocido lo siguiente (historia más o menos completa en El Diario): RBA, dueña de la revista desde hace algunos años, exigió la retirada de la portada. Las razones aún están poco claras, pero apuntan a que, con o sin presiones de Zarzuela (yo aquí sólo puedo especular… y especulo que sí, que las hubo), el propietario no sólo obliga a retornar a la portada original con Pablo Iglesias, sino a destruir los 60.000 ejemplares ya impresos con la mierdabdicación, y además “sugiere” a la redacción que no se hable de la casa real en portada durante las próximas semanas. Manel Fontdevila, autor de la portada, exige explicaciones y, según se las dan, abandona inmediatamente la revista. Poco antes de confirmar esto, Albert Monteys anuncia también su dimisión. Entre ambos formaban el núcleo duro de la publicación, con gran ascendiente en la toma de decisiones y la línea ideológica, por lo que su salida significa, efectivamente, la desintegración de la revista tal y como la conocíamos en los últimos lustros.

Pocas horas después les siguieron Guillermo Torres (uno de los más veteranos de la revista), Isaac Rosa, Paco Alcázar, Bernardo Vergara, Luis Bustos y Manuel Bartual, que había cerrado su serie regular hacía dos semanas y decidió cancelar las colaboraciones esporádicas que tenía pactadas. Me consta que otros se lo están pensando, igual que me consta que para los que se han ido ha sido una decisión valiente y muy difícil. Han puesto su dignidad y sus principios por delante de todo lo demás, lo cuál les honra, y mucho.

El paso del antiguo rey al nuevo no cambia nada de este régimen: sigue habiendo intocables, constitucionalmente intocables incluso, que estarán blindados y protegidos por una tropa de políticos, jueces, empresarios y periodistas —y, por desgracia, también ciudadanos de a pie— aduladores, vasallos, serviles, entregados cortesanos que preferirán vender su alma a su señor, pasándose la libertad de expresión y la de prensa por el forro de sus calzoncillos, tan cagados como la dichosa portada. Es lo que he afirmado aquí muchas veces: las libertades deben ganarse día a día, gota a gota, porque basta una sacudida para desintegrarlas. Esta vez no hizo falta poner una bomba, bastó la orden del empresario. Pero el principio es el mismo.

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